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Niño, hombre, humano, monstruo.

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Por César Humberto Heil.

Monstruo, de Anthony Mandler, debutante en el largometraje de ficción y reconocido director de innumerables videoclips, es una de esas pequeñas joyas que uno encuentra en las plataformas de streaming.
Su simple trama: un joven afroamericano de clase media es acusado de cómplice y partícipe necesario en un homicidio en ocasión de robo, pasa a un segundo plano gracias a la habilidad, casi maestra, del director, que puso al servicio de la historia una variedad de recursos cinematográficos y no solo eso, sino que los combinó de tal manera para que todo fluya de forma natural para el espectador. 

Mandler se muestra como un virtuoso conocedor del lenguaje del cine y hace gala de su ecléctico estilo, al combinar la voz en off del protagonista Steve Harmon, interpretado por el actor Kelvin Harrison Jr, una narrativa disruptiva, en donde la temporalidad se muestra fragmentada, desordenada y por momentos caótica, grabaciones en blanco y negro realizadas por el personaje, las cuales a su vez incorporan al film el género documental, enormes elipsis temporales para abreviar las escenas del juicio y hasta quitar complemente el sonido en un momento clave de la película. 

Y qué decir de la fotografía, la cual va alternado entre los tonos cálidos y super saturados para los recuerdos del personaje, y fríos y desaturados para los momentos más duros como las escenas de cárcel o del juicio. 

En cuanto a la historia, que está basada en la novela del mismo nombre, de Walter Dean Myers y, como dije al comienzo, parte de una anécdota ya vista y trillada, tiene algunos conceptos interesantes destacados en el guion. Toda la trama gira inexorablemente alrededor de una sola palabra: confianza. Steve se ve inmerso en un infierno por confiar en alguien que conoció circunstancialmente. Para él, la confianza es la base de cualquier relación humana, aunque esto termine causándole graves problemas legales. Pero también sirve para mostrarnos cómo ciertas pandillas callejeras utilizan la confianza como resguardo para no ser “buchoneados” a la hora de cometer un delito. Códigos de la calle. 

Otra palabra que está también presente, es la que da origen al título: monstruo, la cual alude a la brutalidad de los hechos perpetrados durante el robo, pero también a cómo una gran parte de la sociedad ve a los menores afroamericanos. Da lo mismo que sean estudiosos y vengan de una familia acomodada, siempre serán vistos como posibles monstruos sueltos, como una amenaza social latente.

Pero Steve no es el monstruo que el fiscal quiere hacerle ver al jurado, es un adolescente de clase media, que vive con sus padres, que ama el cine, sacar fotografías y salir a grabar con su celular por las calles de Nueva York, mientras sueña con llegar a ser un gran artista. Es en una de esas grabaciones en donde conoce a James King, un simpático delincuente de baja escala, con quien irá teniendo encuentros ocasionales, los cuales lo llevarán lentamente hacia un camino equivocado.

Monstruo es una película indispensable, valiosa, reflexiva, que hace foco en la confianza y en el paso de la adolescencia hacia la madurez y en cómo, muchas veces, algunos actos de juventud pueden poner en riego nuestro prometedor futuro.

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