Hurry Up Tomorrow: entre el desamor y la fragmentación psíquica
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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. Hay películas que, después de verlas, dejan sensaciones encontradas. No sé si les ha pasado alguna vez, pero a mí me suele suceder a menudo. Esta vez me ocurrió con Hurry Up Tomorrow (2025), el último trabajo del talentosísimo director Trey Edward Shults, reconocido por obras como Krisha (2015), Viene de noche (2017) y Las olas (2019).
Por César Arturo Humberto Heil
En esta oportunidad, Shults se une al músico Abel Makkonen Tesfaye, más conocido como The Weeknd, para construir una obra extraña y por momentos surrealista sobre un músico —el propio Tesfaye interpretándose a sí mismo— que acaba de terminar una relación de manera traumática y no logra soportar la ruptura. Esta ruptura no solo quiebra emocionalmente al protagonista, sino que funciona como punto de partida para una fragmentación psíquica que la puesta en escena intenta representar. Esto lo arrastra a una crisis personal que pone en juego su carrera: está perdiendo la voz por el estrés y entra en conflicto con su representante y amigo Lee (Barry Keoghan).
En paralelo, vemos a Anima (Jenna Ortega), una joven inestable que acaba de incendiar una casa rociándola con gasolina, aunque al principio no se nos brindan más detalles.
Una puesta en escena arriesgada
Los caminos entre Tesfaye y Anima se cruzan, y es ahí donde la película verdaderamente comienza. Hasta ese momento, el filme parece una sucesión de imágenes sueltas y música con escaso contenido narrativo, casi como un videoclip. Lo más destacado es la experimentación estética de Shults: cambios de formato —incluido el 4:3—, cámaras giratorias, luces rojas, humo, sobreimpresiones, cámaras en constante movimiento y una parafernalia visual cercana a la lisergia de una mente convulsionada por el desamor, las drogas y el alcohol.
Toda esa parafernalia visual parece querer traducir la mente rota del protagonista, aunque la película no termina de integrar esa búsqueda estética con un desarrollo emocional sólido.
Hurry Up Tomorrow no es más que eso: un juego trasnochado entre Shults, Tesfaye y Reza Fahim cuya unión resulta en una obra inclasificable. No encaja ni con el musical, ni con el videoclip, ni con el thriller, ni siquiera con el fan film. Deja más preguntas que respuestas y la sensación de que sus 107 minutos son eternos y que podrían haberse aprovechado mejor.
Del drama musical al thriller obsesivo

Del encuentro entre Abel y Anima surge una suerte de thriller obsesivo, en el que Anima se presenta como una chica amable en busca de una aventura y termina convertida en una fan desquiciada y obsesionada, muy al estilo de Annie Wilkes en Misery (1990).
Anima busca que su ídolo deje de hacerse daño y, además, pretende que le explique qué trauma lo llevó a escribir cada una de las letras de sus canciones.
El momento en que Anima secuestra a Abel, lo amarra a la cama de un hotel, le pone sus temas y exige explicaciones sobre las letras, hasta llegar al clímax en el que lo rocía con gasolina para prenderle fuego, es grandioso y verdaderamente inquietante. Pero llega demasiado tarde y deja la impresión de que se desaprovechó una oportunidad valiosa.
El mayor problema del filme es que trata temas como la fama, el dolor, la redención, el vacío, la pérdida, los vínculos humanos y el fenómeno fan de forma superficial y apresurada, lo que impide conectar emocionalmente con los personajes y con los temas expuestos. Shults apuesta por un experimento visual de enorme ambición, pero la película nunca consigue que esa audacia formal dialogue con el drama que pretende contar.
Un protagónico sin alma y secundarios a la altura

La actuación de Abel Tesfaye es su punto más débil. Su performance no está a la altura de la complejidad que el personaje exige y su interpretación se reduce a parlamentos sin profundidad ni matices, acompañados de gestos igualmente limitados. Su actuación se siente plana y casi sin alma: es como si le faltara pisada escénica.
Distinto es el caso de Barry Keoghan, quien, en su breve papel como manager, está sólido y convincente, como nos tiene acostumbrados desde su memorable trabajo en El sacrificio del ciervo sagrado (2017), de Yorgos Lanthimos.
También sorprende gratamente Jenna Ortega, una actriz que hasta ahora no había demostrado demasiado, en parte por estar asociada a propuestas infantiles y adolescentes. Aquí, ya más madura, demuestra que puede afrontar personajes más complejos, como esta fan pirómana.
Conclusión

Hurry Up Tomorrow me dejó con una dualidad marcada: por un lado, la sensación de haber visto una propuesta diferente, visualmente ambiciosa y con momentos potentes; por el otro, la decepción de una película incompleta, que podría haber sido una excelente radiografía de la crisis de un artista, pero que solo alcanza a perfilar una mirada vacía y performática, más cercana a una pesadilla inconexa que a un relato sólido. En definitiva, Hurry Up Tomorrow es una película que sabe cómo lucir, pero no cómo sentirse.
Disponible: Prime Video
