El hijo del carpintero: La primera tentación de Cristo
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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. Cuando se anunció El hijo del carpintero (2025), película de terror centrada en la infancia de Jesús y protagonizada por Nicolas Cage, muchos aficionados al género recibimos la noticia con curiosidad y entusiasmo. La mezcla de cine bíblico y terror psicológico parecía una apuesta arriesgada, pero también sugerente, capaz de ofrecer algo distinto dentro de ambos terrenos.
Por César Arturo Humberto Heil
El hijo del carpintero (The Carpenter’s Son), está dirigida por el cineasta egipcio Lotfy Nathan y tuve la oportunidad de verla antes de su estreno comercial. Aunque cuenta con una ambientación muy cuidada y actuaciones convincentes, el resultado final termina siendo irregular, con un ritmo excesivamente lento que la vuelve, por momentos, poco estimulante para quienes esperaban una historia de terror más convencional.
La narración se abre con el nacimiento de Jesús y la huida de José (Nicolas Cage) y María (FKA Twigs), perseguidos por las tropas de Herodes el Grande, que desatan una matanza de niños en la aldea. Desde ese instante, José carga con la responsabilidad de proteger al futuro mesías, una tarea que lo consume física y espiritualmente. A la par, comienza a ser acosado por una figura inquietante, una representación del maligno que busca sembrar dudas en su fe haciéndolo cuestionar la verdadera naturaleza de su hijo.
Tras este prólogo, la historia da un salto temporal y se sitúa en la adolescencia de Jesús (Noah Jupe), que trabaja como aprendiz de carpintero junto a su padre. La familia atraviesa una situación económica precaria, por lo que José acepta un encargo bien remunerado: trasladarse a otra aldea para esculpir una estatua de un ídolo pagano. Este cambio de escenario marca un punto de inflexión, ya que allí el joven Jesús empieza a tomar conciencia de sus habilidades sobrenaturales y entabla relación con otro muchacho que, en realidad, es una nueva manifestación del maligno (Isla Johnston), distinta a la que atormenta a José.
Fe, dualidad y simbolismo religioso

Si algo destaca en El hijo del carpintero, es su factura técnica. La fotografía, el diseño de producción y la dirección de arte son comparables a La pasión de Cristo (2004) de Mel Gibson, aunque aquí no hay grandilocuencia: todo se reduce a pocos personajes, escenarios limitados y una trama centrada en la duda, la fe y el autodescubrimiento.
Inspirado principalmente en el evangelio apócrifo de Tomás —y quizá también en los de María Magdalena y Judas—, Lotfy Nathan intenta llenar deliberadamente los vacíos del canon bíblico mediante una historia minimalista, áspera y seca como el desierto que la rodea. Lo hace desde una visión más humana, donde el bien y el mal forman parte de una misma creación y se reflejan como en un espejo, aunque con propósitos opuestos. Esta concepción se traduce en un guion cuya mayor fortaleza reside en la profundidad filosófica, moral y religiosa de los diálogos entre Jesús y su contracara malvada.
El discurso cuestiona la autoridad patriarcal, la represión, las normas impuestas y la posibilidad de rebelarse, apoyado por imágenes visualmente poderosas en las que lo onírico, lo ominoso y lo perturbador se fusionan con eficacia. La película reflexiona así, a modo de parábola, sobre las elecciones de vida, el libre albedrío y la responsabilidad moral.
Una propuesta arriesgada entre lo bíblico y el terror

La puesta en escena transmite la solemnidad de una época hostil a través de paisajes desolados y un marcado simbolismo religioso: serpientes, el fruto prohibido, la tentación y la resurrección aparecen como elementos recurrentes que refuerzan el conflicto espiritual.
No obstante, la propuesta no busca ser cómoda ni complaciente, ni siquiera para quienes sostienen creencias religiosas firmes. Nathan construye un filme oscuro y perturbador, más por lo que sugiere y enuncia en los diálogos que por lo que muestra explícitamente. El joven Jesús es acosado por premoniciones inquietantes y por el peso de un destino que aún no acepta, mientras su otro yo lo enfrenta a dilemas morales relacionados con la humanidad y el amor fraternal. En el diablo hay admiración y respeto, pero también envidia y celos, y es precisamente esa dualidad uno de los aspectos más interesantes del filme.
A través de esta figura, la película aborda temas universales como la tentación, la naturaleza del mal y la lucha interna entre el deber y el deseo. Su simbolismo constante ofrece múltiples niveles de lectura que, en parte, compensan un ritmo pausado que puede resultar exigente para algunos espectadores.
Aunque se ha promocionado como una película de terror, El hijo del carpintero se encuentra bastante alejada de los códigos tradicionales del género. Aquí el terror funciona más como un recurso narrativo para desarrollar una historia donde lo divino y lo humano coexisten en tensión permanente. Nathan se sirve del imaginario del terror para construir un relato de crecimiento y descubrimiento personal, en el que aprender a dominar poderes desconocidos resulta especialmente complejo cuando existe una voz interna que constantemente susurra al oído.
Actuaciones y momentos clave

Las actuaciones son otro de los grandes aciertos del filme, junto con la ambientación y el diseño de producción. FKA Twigs compone a una María contenida y sensible, mayormente sumisa a su esposo, pero firme en su convicción sobre el propósito de su hijo. En sus pocas intervenciones verbales logra transmitir la fuerza silenciosa de una madre que lucha por el futuro de Jesús.
Nicolas Cage sobresale como un José perturbado, constantemente dividido entre la fe y la duda sobre si aquel niño, anunciado por un ángel, es realmente el hijo de Dios. Su enfrentamiento con el maligno funciona también como una prueba espiritual, siempre frágil, que Cage interpreta con notable intensidad.
Noah Jupe, como Jesús, ofrece una actuación correcta, aunque irregular. Si bien logra transmitir el conflicto interno del personaje, no termina de cerrar del todo, una figura compleja que transita hacia un despertar espiritual y humano donde la dualidad es fundamental.
Distinto es el caso de Isla Johnston, quien encarna a un Satanás fascinante y difícil de descifrar, no solo por su apariencia andrógina ante Jesús, sino por su capacidad de mutar entre lo adorable y lo verdaderamente perverso. Su tono de voz pausado, casi susurrante, define al personaje con precisión. Sin dudas, una gran actuación.
La escena final, en la que Jesús descubre su verdadera naturaleza y Satanás llora junto a él, es uno de los momentos más logrados del filme, tanto por las interpretaciones como por su potencia simbólica, ya que condensa de manera precisa el espíritu de la obra.
Conclusión

El hijo del carpintero es una propuesta atípica dentro del cine religioso y una obra que se arriesga a incomodar. Lejos de cualquier mirada reverencial, Lotfy Nathan construye un relato introspectivo y sombrío que explora la figura de Jesús desde la duda, el miedo y el conflicto interno, humanizándolo sin despojarlo de su dimensión espiritual.
Su mayor fortaleza radica en la combinación de una puesta en escena sobria y cuidada con un discurso moral profundo, capaz de interpelar tanto a creyentes como a espectadores ajenos a la fe.
En definitiva, El hijo del carpintero es una reinterpretación valiente que apuesta por el cuestionamiento antes que, por la certeza, y que demuestra que incluso los relatos más conocidos aún pueden ofrecer nuevas lecturas cuando se los aborda desde la inquietud, la ambigüedad y la búsqueda interior.
Un dato curioso: Si bien en la nota les he puesto nombres a los personajes en el filme nunca se nombran, siendo solo uno el que tiene nombre y es la joven a la que el adolescente Jesús resucita, quien curiosamente lleva por nombre Lilith (Souheila Yacoub), ser demoníaco quien se cree fue la primera mujer de Adán y cuya principal referencia se encuentra en el libro apócrifo de Enoch.
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