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Aniversario: De la intimidad familiar a la distopía política

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Aniversario

Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. Hay películas a las que no les preocupa ir al hueso, incluso llegar hasta la médula. Aniversario (Anniversary, 2025), del director polaco Jan Komasa, es una de ellas. Lo que comienza como un drama familiar pronto se convierte en una distopía trágica, donde la intimidad se desmorona bajo el peso de una ideología que se expande hasta contaminar cada vínculo.

Por César Arturo Humberto Heil

La historia se inicia con la familia de Ellen (Diane Lane) y Paul Taylor (Kyle Chandler), quienes celebran su 25º aniversario de matrimonio rodeados de sus hijos Josh (Dylan O’Brien), Anna (Madeline Brewer), Cynthia (Zoey Deutch), Hunter (Albie Walsh) y Holden (Arlo Walsh). La aparente armonía de lo que debía ser una celebración se quiebra cuando aparece Elizabeth Nettles (Phoebe Dynevor), exalumna de Ellen y ahora esposa de Josh. Elizabeth es la autora de El Cambio, un libro que propone un nuevo contrato social y que, poco a poco, se convierte en el manifiesto de un movimiento político radical. Lo que en principio parece una visita incómoda se transforma en el detonante de un enfrentamiento ideológico que atraviesa a toda la familia.

Alegoría política y polarización

Aunque nunca se lo menciona de manera explícita, el filme dialoga con los procesos de polarización política que atravesaron a Estados Unidos durante la última década, especialmente aquellos asociados al fenómeno trumpista. El ascenso de Elizabeth y su ideología remiten a discursos capaces de dividir a la sociedad, privilegiar la emoción por sobre la razón y convertir la política en un espectáculo permanente. Komasa no necesita señalar referentes concretos: le alcanza con mostrar cómo una idea puede transformarse en movimiento, y cómo ese movimiento termina fracturando una familia entera.

El vestuario funciona como un código visual que identifica claramente las posturas políticas. Paul está siempre vestido de azul, incluso a pesar de los cambios de época, un símbolo que remite a los demócratas. Elizabeth, en cambio, aparece casi siempre de rojo, emblema asociado al conservadurismo republicano. Este contraste cromático convierte cada escena en un duelo simbólico de visiones enfrentadas del mundo.

Lo interesante es la decisión narrativa del director de contar esta historia siempre desde el hogar. Nunca vemos los grandes escenarios del poder ni la maquinaria política exterior. La batalla de una sociedad dominada por una ideología autoritaria se libra en la mesa familiar, en las conversaciones cotidianas y en los vínculos afectivos. Esa apuesta le otorga una gran coherencia al relato, aunque por momentos también provoca cierta sensación de repetición a medida que los años transcurren y el control se intensifica.

Vigilancia, persecución y castigo

La casa funciona como un microcosmos social donde cada hijo encarna una reacción distinta frente al extremismo: la crítica abierta, la ambigüedad, la resignación o la desesperanza. En conjunto, la familia se convierte en una suerte de coro trágico que observa y participa en su propia degradación sin poder escapar del destino que la arrastra.

Komasa construye ese hogar como un auténtico panóptico. Cada palabra y cada gesto quedan sometidos a la vigilancia ideológica hasta que los propios personajes terminan regulando su conducta por miedo a las consecuencias. La disciplina ya no necesita cárceles ni instituciones visibles: se instala en la intimidad de los afectos y convierte la mesa familiar en un espacio de control permanente. En ese sentido, la película encuentra puntos de contacto con Brazil (1985), de Terry Gilliam, aunque aquí la opresión resulta más inquietante precisamente porque surge desde el interior de la familia.

La película tiene además ecos de Nuevo orden (2020), de Michel Franco, y de Civil War (2024), de Alex Garland, aunque se sitúa en un punto intermedio entre ambas. No es tan abiertamente bélica como la obra de Garland ni tan frontal como la de Franco; prefiere desarrollarse como un thriller psicológico que jamás abandona el ámbito doméstico.

Personajes y tensiones

Elizabeth es el gran motor ideológico de la historia. Su libro arrastra a Josh y, progresivamente, a toda una nación hacia una polarización radical y violenta. Desde su primera aparición transmite una convicción inquebrantable. Solo hacia el final surge un instante fugaz de vacilación, una aparente conciencia del daño provocado. Sin embargo, el guion de Lori Rosene-Gambino y Jan Komasa se encarga de disipar rápidamente cualquier expectativa de redención.

Birdie es quizá el personaje más enigmático. Su obsesión con los virus funciona como una metáfora de la propagación ideológica: una forma de contagio silencioso que atraviesa la vida familiar hasta convertir la diferencia en amenaza. Aunque participa de la resistencia junto a Moses (Sky Yang), lo hace desde una posición ambigua, casi clínica. Puede interpretarse como una especie de mártir invertida, consumida por una lucha sin épica ni reconocimiento, víctima de una lógica que termina devorando incluso a quienes se mantienen en los márgenes del conflicto.

Aniversario

La transformación de Josh constituye uno de los principales focos dramáticos. Ellen observa cómo su hijo adopta progresivamente la visión del mundo impulsada por Elizabeth hasta convertirse en alguien irreconocible para ella. Comprende que lo ha perdido mucho antes de que la tragedia alcance su punto culminante. Desde la llegada de Elizabeth a la celebración familiar, madre e hijo comienzan a ocupar posiciones cada vez más irreconciliables.

Paul, por el contrario, aparece inicialmente como una figura moderadora. Intenta preservar la unidad familiar y sostener una cierta racionalidad en medio del conflicto. Para él, la familia es un valor que debe sobrevivir a los cambios políticos. Sin embargo, cuando la tragedia se vuelve inevitable, su aparente fortaleza se derrumba. La escena en la que le pide a Ellen que elija un nombre para el perro sintetiza con enorme eficacia esa derrota personal.

Anna Taylor representa la voz de la disidencia. Su desaparición tras un espectáculo de stand up donde expresa una crítica mordaz funciona como símbolo de las consecuencias que puede tener el cuestionamiento público en un contexto cada vez más represivo. Su ausencia posterior resulta más elocuente que cualquier discurso y expone el costo de atreverse a hablar.

Cynthia Taylor protagoniza una de las secuencias más devastadoras del filme. Cuando su esposo Rob anuncia el embarazo, ella decide abortar porque no desea traer un hijo a un mundo que percibe como condenado por el extremismo político. La escena convierte una decisión profundamente personal en un conflicto ideológico. Más adelante, su recorrido se vuelve todavía más oscuro cuando cae en una profunda depresión, anticipada desde el comienzo por su dependencia de las pastillas para dormir. Su historia es posiblemente la más trágica porque muestra cómo la violencia política termina infiltrándose en los vínculos más íntimos hasta destruir incluso la posibilidad de imaginar un futuro.

Una idea que ya aparecía en Good Boy

Aniversario

Si existe un punto de contacto entre Aniversario y Good Boy (2025), es la crítica a determinados sectores sociales que intentan imponer un orden desde posiciones extremas. En Good Boy, ese orden se expresaba mediante reglas perversas y jerarquías domésticas. En Aniversario, reaparece bajo la forma de un proyecto político que promete renovación mientras consolida nuevas formas de control. Ambos casos, el poder se presenta como una promesa de estabilidad para terminar erosionando la dimensión humana de quienes quedan bajo su influencia.

Con ecos de tragedia griega

La estructura del filme recuerda a la tragedia griega: un ritual inicial, un conflicto que se profundiza con cada reunión anual y un desenlace marcado por la inevitabilidad del destino. La familia funciona como un coro que presencia su propia destrucción mientras avanza hacia ella. La dimensión trágica refuerza la idea central de la película: cuando las posiciones se radicalizan al extremo, la posibilidad de reconciliación desaparece.

El filme comienza y concluye con el cuadro Los amantes de René Magritte. Al inicio aparece como parte de una anécdota sobre el origen de la relación entre Paul y Ellen. Al final se transforma en una metáfora demoledora: dos figuras incapaces de verse realmente mientras son arrastradas por fuerzas que escapan a su control. La imagen resume la tesis de la película sobre la intimidad bajo el autoritarismo y sobre la forma en que los vínculos terminan cubiertos por el velo de la confrontación política.

Conclusión

Aniversario

Aniversario incomoda y fascina. Su insistencia en el núcleo familiar le otorga una notable coherencia dramática, aunque por momentos también la vuelve reiterativa. Entre el drama íntimo y la distopía política, Jan Komasa construye una alegoría sobre la fragilidad democrática y sobre la forma en que las ideologías extremas penetran los espacios cotidianos.

La película dialoga con obras como Brazil, Nuevo orden y Civil War, pero encuentra una identidad propia al convertir el hogar en el verdadero campo de batalla político. En definitiva, recuerda que los procesos de radicalización no comienzan en las instituciones sino en los vínculos, en las conversaciones familiares y en los afectos. Y que cuando la política se transforma en una lógica de vigilancia permanente, ni el amor ni la intimidad logran permanecer intactos.

Disponible: Prime Video

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