Censor: El horror de mirar
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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. Recuerdo que cuando se estrenó Censor (2021), ópera prima de la directora Prano Bailey-Bond, las críticas fueron muy positivas, lo que en su momento me generó un genuino interés por verla. Hace poco, Prime Video la incorporó a su catálogo, así que decidí que era un buen momento para finalmente verla. Veamos cuáles fueron los resultados. La película comienza como una exploración del fenómeno de los videos nasties británicos de los años ochenta, a través del trabajo de Enid Baines (Niamh Algar), una censora encargada de revisar películas violentas para determinar qué puede ver el público y qué debe ser eliminado.
Por César Arturo Humberto Heil
El contexto de los videos nasties
En aquella década, con el auge de los videoclubs, muchos sectores moralistas en Inglaterra denunciaban cómo el cine de explotación y bajo presupuesto se infiltraba en los hogares con imágenes de violencia y sexo extremas, consideradas por ellos la principal causa de los elevados niveles de criminalidad. La figura más influyente en esa cruzada fue Mary Whitehouse, activista conservadora y defensora de una regulación estricta de los contenidos audiovisuales.
Desde hacía años criticaba lo que veía como una degradación progresiva de los valores tradicionales en televisión y cine, y cuando aparecieron las polémicas películas de terror en VHS encontró un nuevo blanco. Su organización presionó a políticos, autoridades y medios para que actuaran contra estas producciones, convencida de que aquellas cintas representaban un peligro real para la juventud.
Entre la ficción y el trauma
Censor retoma esta premisa real para narrar la historia de Enid, quien dedica sus días a revisar y recortar escenas violentas con el fin de mitigar la presión ejercida por Mary Whitehouse y sus seguidores sobre el gobierno conservador de Margaret Thatcher. El conflicto se intensifica cuando el productor Doug Smart (Michael Smiley) presenta la nueva película Don’t Go in the Church, del controvertido director Frederick North, para su calificación. Esta producción de terror parece conectarse con un trauma de su infancia: la desaparición de su hermana Nina (Amelie Child-Villiers), a quien las autoridades acaban de declarar oficialmente muerta tras años de búsqueda infructuosa.
Enid reconoce en la historia de la película inquietantes paralelismos con lo sucedido a Nina, ya que estuvo presente cuando desapareció en una cabaña en medio del bosque. Convencida de que la actriz principal es su hermana, se obsesiona con la idea de rescatarla y devolverla a la familia, iniciando un descenso cada vez más perturbador.
La película de Frederick North funciona como un espejo inquietante para Enid. En una de sus escenas más perturbadoras, el personaje que parece reflejarla toma un hacha y se adentra en una cabaña mientras los gritos resuenan fuera de campo. Esa representación, cargada de resonancias con su propio pasado, intensifica la confusión entre recuerdo y ficción. A partir de allí, la obsesión de Enid alcanza un punto de no retorno y la violencia se desborda, arrastrando a todos los que la rodean. Lo que comenzó como un intento de controlar las imágenes termina revelando que son ellas las que tienen el poder de dominarla.
Homenajes y referencias

Desde el inicio, Bailey-Bond demuestra un enorme amor por el cine de género. Videoclubes, cintas VHS, portadas grotescas, debates sobre censura y pánico moral reconstruyen con precisión una época en la que ciertos sectores responsabilizaban al cine de la violencia social.
La ambientación resulta extraordinaria y constituye uno de los grandes atractivos de la película, pues no solo recrea un clima cultural, sino que también respira el legado de maestros como Tobe Hooper y Sam Raimi en su primera mitad. Esa atmósfera, cargada de guiños al horror clásico y al espíritu del video nasty, potencia la inmersión del espectador y revela la mirada cinéfila de la directora.
Pero Censor no tarda en mostrar que sus intereses van mucho más allá de la nostalgia. A medida que la obsesión de Enid crece, la frontera entre realidad y ficción comienza a erosionarse. Lo que parecía un thriller psicológico deriva lentamente hacia un territorio cada vez más ambiguo e inquietante.
En la segunda mitad encontré claras semejanzas con el cine de Peter Strickland, especialmente con Berberian Sound Studio (2012). Allí, el personaje del ingeniero de sonido Gilderoy (Toby Jones) pasa sus días manipulando grabaciones de violencia hasta perder la capacidad de distinguir entre la realidad y la simulación.

En el caso de Enid, no son los sonidos sino las imágenes las que dejan de ser simples objetos para transformarse en fuerzas capaces de modificar la percepción de quien las contempla. De ahí surge la afinidad entre ambos filmes: en los dos, el trabajo con materiales audiovisuales se convierte en un catalizador de obsesiones que desdibujan los límites entre lo real y lo ficticio.
El poder de las imágenes
Bailey-Bond acompaña este proceso con una puesta en escena notable. Los cambios de formato, las texturas analógicas, los colores saturados y la estética VHS refuerzan constantemente el deterioro mental de la protagonista. Todo parece diseñado para sumergir al espectador en la misma incertidumbre que atraviesa Enid.
Lo más interesante es que la película nunca ofrece respuestas fáciles: la violencia puede residir tanto en las imágenes como en la mirada de quien las observa; el cine tiene la capacidad de alterar nuestra percepción de la realidad; y los recuerdos, lejos de ser registros objetivos, se revelan como una forma de ficción. Censor plantea estas tensiones sin pretender resolverlas completamente, dejando que el espectador se mueva en un terreno ambiguo donde lo real y lo imaginado se confunden.
Conclusión

Censor es un refrescante filme de terror que utiliza los recursos del género para reflexionar sobre el propio acto de mirar. Es una de esas raras obras capaces de ser, al mismo tiempo, cine de terror, ensayo sobre el cine y retrato psicológico.
Probablemente, Censor sea una de las películas más estimulantes que he visto. Su historia termina convirtiéndose en una inquietante reflexión sobre la obsesión, la culpa, los recuerdos y, sobre todo, el poder de las imágenes.
Disponible: Prime Video
