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Bajo la superficie: Mucho oleaje, poca profundidad

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Bajo la superficie

Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. La miniserie canadiense Bajo la superficie (Below, 2026), creada por Jesse McKeown (The Sinner, The Umbrella Academy) y estrenada recientemente por Netflix, parte de una premisa atractiva: una misteriosa criatura marina comienza a sembrar el terror en Snook’s Arm, un aislado pueblo pesquero de Terranova, mientras Calvin Penny (Josh Hartnett), un pescador marcado por la muerte de su padre, intenta proteger a su familia y descubrir qué ocurre bajo las aguas mientras la comunidad enfrenta una inminente evacuación.

Por César Arturo Humberto Heil

La serie intenta combinar horror marítimo, misterio sobrenatural, drama familiar y comentario social. El problema es que, a lo largo de sus seis episodios, ninguna de esas líneas termina por imponerse sobre las demás. El resultado es una narración dispersa, sobrecargada de subtramas y sorprendentemente intrascendente.

Homenaje a Tiburón que no alcanza

Desde sus primeros capítulos, Bajo la superficie se presenta como una típica historia de monstruos marinos. Lo que habita bajo esas aguas costeras cumple una función muy similar a la del tiburón de Spielberg: una presencia oculta bajo el mar que altera la vida cotidiana de una comunidad costera y genera una creciente sensación de amenaza. Incluso la serie toma de Tiburón (1975) algunas ideas visuales y narrativas similares, construyendo gran parte de la tensión inicial a partir del ocultamiento visual del monstruo, de ataques esporádicos y del temor constante a una fuerza invisible que acecha bajo la superficie.

Esas semejanzas no son un problema; al contrario, podrían verse como un verdadero homenaje al pionero y principal referente en películas de este estilo. De hecho, durante los primeros episodios funciona razonablemente bien. La serie consigue transmitir una sensación de peligro latente y aprovecha con inteligencia los paisajes costeros de Terranova para construir una atmósfera inquietante.

El principal problema surge cuando el relato comienza a alejarse de esa premisa y la criatura deja progresivamente de ocupar el centro de la historia para moverse hacia otro tipo de conflictos que, si bien matizan una historia con muchos personajes, nunca logran amalgamarse.

Un virus desaprovechado

La serie plantea un segundo eje narrativo alrededor de un extraño virus que provoca comportamientos anómalos entre los habitantes del pueblo, causando alucinaciones, sed extrema, fiebre, marcas en la piel y una creciente sensación de deterioro físico. Esta misteriosa afección sugiere que el pueblo está bajo la presencia de una amenaza biológica vinculada a la criatura y a un enorme bloque de un iceberg que se apareció en las costas y del cual consumen el hielo en sus bebidas.

Durante varios episodios, el fenómeno se presenta como una parte fundamental del misterio. Sin embargo, a medida que la historia avanza, el conflicto pierde relevancia para finalmente resolverse como si nada hubiera pasado. Lo desconcertante no es que la serie abandone esa línea argumental, sino que nunca ofrece una explicación satisfactoria sobre por qué una interesante subtrama que se presentaba como una crisis estilo Outbreak, capaz de alterar el destino de toda la comunidad, termina de resolverse absurdamente y sin generar ningún impacto real sobre los personajes ni sobre la trama principal.

Más subtramas que desvían el rumbo

Con apenas seis episodios, la miniserie transmite una marcada sensación de relleno. Hay personajes, conflictos y escenas que parecen existir únicamente porque el guion necesita completar una determinada cantidad de minutos. La impresión general es la de una película de dos horas expandida artificialmente hasta convertirse en una miniserie.

Un ejemplo es el conflicto de Jay Penney (Rohan Campbell), uno de los hijos de Calvin. Tras llegar al pueblo exhibiendo un supuesto éxito laboral en la industria petrolera, descubrimos que en realidad está endeudado y es perseguido por Connor (Josh Cruddas) y Mo (Matthew Worku), dos matones que aparecen en Snook’s Arm para exigirle el pago del dinero.

El problema es que esta línea argumental no modifica en absoluto el desarrollo del misterio ni guarda relación con la historia central. Más allá de aportar información sobre el personaje, consume una cantidad considerable de tiempo narrativo sin producir consecuencias relevantes.

La historia del barco oceanográfico que llega para investigar al gigantesco cefalópodo podría haber sido una de las líneas más interesantes de la serie, especialmente cuando Wade Penny (Charlie Heaton) y posteriormente el propio Calvin son incorporados a la expedición.

Sin embargo, nada de ese potencial termina desarrollándose. Lo que parecía conducir a una exploración más profunda del misterio y la mitología del calamar gigante deriva en una de las situaciones más inverosímiles de la serie. La expedición científica, que venía a expandir el origen del animal marino, termina convirtiéndose en una oportunidad desaprovechada.

La familia Crocker como verdadero antagonista

Bajo la superficie

Los problemas se profundizan cuando la serie intenta explicar qué está ocurriendo realmente en Snook’s Arm.

A medida que el relato avanza, descubrimos que detrás de la crisis provocada por el monstruo marino y el virus existe una conspiración vinculada a la explotación de recursos minerales, liderada por Jim Crocker (Frank Moore) y su hija Jan (Natasha Henstridge), una poderosa familia local. Décadas de despoblamiento y reubicación de comunidades pesqueras estarían relacionadas con intereses económicos asociados a yacimientos de cobre y cobalto ocultos bajo la región.

Lo que debería haber funcionado como un giro argumental interesante termina desarrollándose de forma apresurada y deja más preguntas que respuestas. Nunca queda claro el verdadero alcance del plan de los Crocker ni la naturaleza exacta de su relación con el resto de los acontecimientos. Lejos de reorganizar retrospectivamente la historia, la conspiración parece una explicación añadida a último momento para justificar una serie de misterios que el guion no sabe cómo resolver.

Una serie que no sabe qué quiere contar

El verdadero problema de Bajo la superficie es que nunca termina de decidir cuál es su historia principal. Comienza como un relato de horror marítimo centrado en una criatura desconocida, pero gradualmente desplaza el foco hacia una trama de corrupción y explotación de recursos naturales, sin que ninguna de las dos líneas logre imponerse sobre la otra.

Bajo la superficie

Si la historia era la del calamar gigante, la conspiración minera termina diluyendo su impacto. Si el objetivo era explorar los intereses económicos detrás de la evacuación del pueblo, la criatura ocupa demasiada centralidad para finalmente acabar desempeñando un papel secundario. Es un problema de dosificación de las tramas que, en lugar de complementarse, compiten constantemente por la atención del espectador y terminan debilitándose mutuamente.

La situación empeora cuando la serie intenta redefinir la naturaleza de la amenaza marina. Lo que comienza como una fuerza aterradora termina siendo reinterpretada de manera más amable y políticamente correcta, llevando la discusión a la protección de las especies. No está mal subvertir las expectativas del espectador, pero el cambio resulta tan brusco que termina vaciando de sentido buena parte de la tensión construida durante los primeros episodios.

El desenlace tampoco ayuda. Aunque se lo cargue de cierta épica para intentar salvar a la criatura del ataque del ejército, la resolución es tan inverosímil y forzada que termina desarmando la lógica interna del relato.

La sensación final es que la amenaza marina era una simple excusa para justificar las acciones de la familia Crocker en la evacuación del pueblo. Lo que demuestra un guion que cambia las reglas de la historia según las necesidades.

Conclusión

Bajo la superficie

Lo más frustrante de Bajo la superficie es que los elementos para construir una buena serie estaban allí desde el comienzo: una atmósfera atractiva, una localización imponente, un reparto sólido, una amenaza intrigante y algunas ideas interesantes sobre el aislamiento geográfico y la desaparición de determinadas comunidades costeras. Sin embargo, la serie dispersa su atención en demasiadas direcciones y acaba perdiendo el foco de aquello que inicialmente resultaba más atractivo.

Con una atmósfera notable y algunas buenas intenciones, Bajo la superficie demuestra que tener muchas ideas no siempre equivale a tener una historia. Bajo sus aguas hay conceptos interesantes, pero ninguno termina emergiendo con la fuerza suficiente para sostener la serie por completo.

Disponible: Netflix

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