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Los puentes de Madison: seguir viviendo sin tu amor

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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. En esta fecha tan especial, nos propusimos hablar de filmes icónicos que representen las diversas formas del amor. En mi caso particular, me voy a ocupar de Los puentes de Madison, excelente película que trasciende el marco mismo del drama romántico y se posiciona en un lugar absolutamente destacado dentro de la historia del cine estadounidense y del cine en general.

Por Diego M. Bravo

Si a tu corazón yo llego igual, todo siempre se podrá elegir

Este film marcó la consolidación de un proceso de madurez narrativa en la carrera de Clint Eastwood como director, que dio inicio en “Los imperdonables” (Unforgiven, 1992), película con la cual había ganado el Oscar a Mejor Director.

Basado en la novela de Robert James Waller, y a sugerencia del propio Eastwood, el guionista Richard LaGravanese cambió el punto de vista del relator masculino, que en el libro, era el fotógrafo y en el guion, la historia se cuenta desde el punto de vista de Francesca. Esto ayudó a convencer a Meryl Streep para asumir el papel principal y estar junto a Clint, en su doble rol de actor y director.

El film comienza en la actualidad, cuando los dos hijos adultos de Francesca acuden a hacerse cargo de la granja, tras la muerte de su madre. En ese proceso encuentran un diario y varias cartas en las que se enteran que su madre, en la década del ’60, tuvo un breve romance con un fotógrafo, viajero del mundo.

Al leer esos escritos, la narración toma la primera persona de la madre, y por medio de largos flashbacks, cuenta esa historia de amor inolvidable. Esta la marcó a ella para toda su vida y a su vez, incidirá en sus propios hijos en el presente, ya sea en sus vidas personales como en la forma de comprender a su madre.

Y si acaso no brillara el sol y quedara yo atrapado aquí

Con todos estos elementos, Eastwood construye un relato bellísimo en todo sentido. Acompañado por una hermosa banda de sonido de su habitual colaborador, Lennie Niehaus, Clint puede dar forma a esta agridulce historia de amor, con una Meryl Streep inolvidable como Francesca. Cada gesto y cada mirada de ella, nos muestra vívidamente y refleja todos los sentimientos que le producen a su personaje la aparición en su vida rutinaria y monótona, estructurada en su esposo bueno y sus hijos pequeños, de un torbellino de pasión y la invitación a un universo nuevo que representa Eastwood, como el fotógrafo Robert Kinkaid (personaje que tiene bastante del verdadero Clint).

Con la excusa de acompañar al fotógrafo a conocer dónde se ubican los puentes del condado, Francesca y Robert inician un viaje interno al fondo de sus propios corazones, llenos de mucha pasión y deseos reprimidos. Francesca se redescubre en todas sus apasionadas raíces italianas y en tanto Robert, por fin, encuentra un puerto en donde aparcar el barco errante de su corazón para toda la eternidad.

Por esto mismo, el libro de fotos dedicado a Francesca y enviado luego de la muerte del fotógrafo, se llama “Cuatro días para recordar”. Y es así, más allá de que algunos puritanos recalcitrantes vean al film como una oda al adulterio, en realidad el espectador inteligente podrá observar que esta obra narra una historia de amor perdurable para toda la vida, encuadrada en solo cuatro días. Esos cuatro días son el espacio que poseen para amarse profundamente y saber aceptar el destino de cada uno.

Así llegamos a la famosa escena debajo de la lluvia, en la que ambos personajes se observan, por última vez. Es un prodigio narrativo de sencillez franciscana. Ese juego de miradas entre Robert, empapado mirando a lo lejos la camioneta, con Francesca mirándolo compungida sin capacidad de reacción, son un prodigio de puesta en escena cinematográfica. Y el famoso plano detalle de la mano de Francesca en la manija de la camioneta, sujetándola, mientras piensa si se va a animar a abrirla o no. Ese punto cúlmine es un ejemplo excelente del buen ojo de Eastwood como narrador, y de Streep actuando solo con su mirada y su propia mano derecha.

Y hoy que enloquecido vuelvo, buscando tu querer, no queda más que viento

Por todas estas razones y muchísimas más recomendamos este prodigioso film, que escapa de los encasillamientos de la agridulce historia de amor y permanece perenne como una de las mejores películas, tanto dentro de la brillante carrera de Eastwood como realizador, como del cine americano en general.

Aunque fue postulada como Mejor Actriz Protagónica, la gran Meryl Streep no lo ganó. Este es un detalle que con el paso de los años, casi no importa, por la trascendencia de los sobrados méritos artísticos que posee este film para volver a ver, mientras esperamos si Francesca se va a atrever a girar esa manija, mientras Robert la espera, pacientemente, debajo de la lluvia.

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