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Cocaine Bear: Endiabladamente delirante

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Bienvenidos a una nueva nota de Revista Sincericidio. Con Cocaine Bear, Elizabeth Banks nos invita a ser parte de una estadía sangrienta e hilarante dentro un bosque, en donde un oso anda dando vueltas drogado con cocaína. Este particular punto de partida dio como resultado una película totalmente placentera que apuesta por un show de lo más brutal, haciendo del absurdo un espectáculo efectivo dentro de un contexto de puro delirio.

Por Guillermo Martínez

Antes de entrar en detalles, puedo afirmar que esta película, hoy por hoy, no se parece a ninguna otra. No solo por el hecho de existir per se, sino por regalarnos la posibilidad de vivenciarla en el cine. En el panorama cinematográfico actual, inquietante desde muchos aspectos, esta propuesta ocupa un lugar muy especial.

La historia de Cocaine Bear es una historia real, al menos desde su raíz. En 1985, un traficante de cocaína, Andrew C. Thornton II, dejó caer sus mercancías desde su avión sobre un bosque en el norte de Georgia. Cuando las autoridades encuentran los paquetes de droga, también se encuentran con el cadáver de un oso. Este grandulón ingirió varios kilos del mágico polvito blanco y, lógicamente, se pasó de la raya (permítaseme el chiste fácil acorde a la ocasión).

Sobre esta desafortunada historia acerca del consumo de cocaína por parte de un animal, Elizabeth Banks fantaseó, en pos de la ficción, que el oso sobrevivió, pero fue más allá. Hizo que su bosque se transformara en un escenario digno de un slasher. Ya sean los guardabosques negligentes del parque, las enfermeras abrumadas, los traficantes deprimidos, los nenes inquietos, el policía amigable amante de los perros o los jóvenes delincuentes no tan despiertos, casi nadie saldrá ileso.

Cocaine Bear pone primera y va a fondo. Sí, eso es exactamente lo que había que hacer, y la directora hace a un lado las consideraciones morales o estéticas que habrían obstaculizado el placer y el espectáculo más puro de la película.

La película quiere hacernos reír, y mucho, y sorprendernos con muertes muy ingeniosas, sin dejar de lado ese humor escolar en su máxima expresión. En efecto, como no hay otra trama que “un oso drogado con cocaína que da vueltas por el bosque”, la curiosidad nos persigue en la búsqueda constante de un “quiero ver como sigue esto”. Después de cada escena, naturalmente te preguntás cuál será la que viene, y Elizabeth Banks no decepcionó.

Es claro que la película probablemente podría haber elegido una forma más tradicional o típica. Con esto me refiero a adoptar una postura, acumular referencias a películas de los años ’80 y ’90 o pasar de un tono a otro o explorando el género de terror con más precisión. Pero si lo hacía, Cocaine Bear no hubiera sido lo que es: un animal enorme con sed de sangre bajo los efectos de la droga en un bosque, extremidades mutiladas, y abdómenes eviscerados. Todo esto representado con alegría y un humor sacadísimo.

A partir de esa premisa, la cámara simplemente se mueve hacia donde aparece el oso y donde los personajes intentan patéticamente controlar la situación. Estos, encarnados por un elenco de lo más gratificante. Como parte del mismo encontramos al difunto Ray Liotta, la sublime Margo Martindale y el entrañable Alden Ehrenreich, quienes parecen divertirse al experimentar la furia risueña del oso.

Independientemente del tiempo que están en pantalla, estos personajes son, esencialmente, carne para ser destruida. Mención especial para los dos nenes, los maravillosos Brooklynn Prince y Christian Convery, así como a las dos enfermeras interpretadas por Scott Seiss y Kahyun Kim.

Claramente, el personaje principal de la película es el oso y su orgiástico consumo de cocaína, el cual es creíble y tierno por momentos, ya que parece feliz con lo que le está pasando. Esto es todo lo que esperaba de Cocaine Bear, y es exactamente lo que logra.

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