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La Nona: el monstruo que nunca se fue

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La Nona

Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. Tuve el placer de ver nuevamente La Nona, esta vez en el Teatro de la UNLP, en La Plata. Fui invitado por un gran amigo, Horacio Martínez —quien interpreta a Carmelo— y puedo decir que, en tiempos de algoritmos, IA y crisis económica, cultural y simbólica, este reencuentro fue algo más que una obra: fue un acto curativo. No solo para mi mente, sino también para el espíritu. Un shock de realidad verdadera, no emulada. Genuina. Sincera.

La Nona

Por Juan Cruz Matar

Hay obras que no envejecen. No porque sean modernas, sino porque la realidad insiste en parecerse a ellas. La Nona, de Roberto Cossa, no pide permiso. Se mete en la sala como una tía a la que nadie invitó, se sienta en el medio de la escena y empieza a comer, como si nada, como si todo.

Y uno la mira, al principio con ternura, después con incomodidad, y finalmente con espanto. Porque no para, no se sacia y no muere. Pero sobre todo porque la reconocemos.

La Nona

Roberto Cossa escribió La Nona en 1977, en plena dictadura militar, pero su obra no hablaba de tanques ni desaparecidos: hablaba de hambre. De un hambre metafórica y literal, encarnada en una anciana que devora todo a su paso, incluso la dignidad de una familia que se desangra para alimentarla. Casi cincuenta años después, el monstruo no solo sigue vivo: se multiplica.

Lo verdaderamente incómodo de esta obra hoy no es su tono grotesco ni su humor negro. Lo incómodo —lo brutal, lo indecente— es que volvimos al hambre, al trueque, a vender pertenencias para comer, a pagar la cena con tarjeta de credito. Volvimos al país donde el postre es un lujo, y la mesa familiar se transforma otra vez en campo de batalla.

La mesa como campo de batalla

La puesta del Teatro UNLP no intenta “modernizar” el texto, ni falta que hace. La Nona ya está entre nosotros. Vive en el supermercado, en el recibo de la luz, en la olla vacía. Su presencia en escena es apenas un recordatorio de lo que ya sabemos pero preferimos olvidar: hay algo que nos consume sin pausa, y seguimos alimentándolo.

La familia como trinchera

Los actores componen una familia al borde del colapso económico, emocional y afectivo. No hacen falta grandes gestos ni excesos: la ruina está servida. Cada personaje aporta su pedacito de desesperación, de culpa, de impotencia. Cada uno intenta sostener lo que ya no se sostiene, como quien se tapa con una manta que ya no abriga.

Y mientras tanto, ella sigue comiendo.

Por que La Nona no es un personaje: es un mecanismo de opresión. No negocia, no se conmueve. Solo come. Y en ese acto, refleja todas las fuerzas que exigen sacrificios inhumanos a cambio de nada: la deuda externa, los mercados, la corrupción, la grieta política. La familia discute, se desgarra, pero nadie osa tocar a la abuela. ¿Suena familiar?

La risa que no alivia, y el eterno retorno

Siempre digo que el grotesco criollo —esa mezcla de risa y espanto— funciona porque reconocemos la perversión de lo cotidiano. El grotesco no alivia. La risa, en esta obra, es un espasmo defensivo. Una carcajada que duele, como si uno se riera mientras alguien se ahoga.

Porque eso es lo que vemos: una familia que se hunde para sostener lo insostenible.

El humor tampoco es catártico. Es un síntoma. El público ríe cuando la Nona pide más comida después de devorar un banquete, pero esa risa se corta de golpe al recordar que hoy alguien pagó $2.000 por un kilo de pan, o —citando a Darín— $48.000 por una docena de empanadas.

Ahí, el silencio toma el protagonismo de una sala llena, pero vacía. Porque el grotesco no libera: nos señala lo que ya normalizamos.

Lo trágico: que nadie la cuestione

Y lo mas trágico no es que La Nona exista. Lo trágico es que nadie se atreve a cuestionarla del todo. Como si su presencia fuera parte del contrato social: la aceptamos, aunque nos arruine.

La Nona

Recuerdo que hubo momentos que me dieron escalofríos, como si viviera un deja-vu en modo de loop: Cuando cada miembro de la familia aporta su propia justificación para mantener a la Nona. «Es la única abuela que tenemos»«ya no puede durar mucho». ¿Cuántas veces hemos escuchado frases similares para justificar lo injustificable? Esa frase —«ya no puede durar mucho»— es el mantra de los que sobreviven a crédito. La repiten los personajes de La Nona mientras la abuela devora sus ahorros, pero también la escuchamos en boca de gobernantes, economistas y hasta en nuestras propias mesas. Es el eufemismo de la resignación.

La Nona, y la política argentina

Macri no fue el primero ni será el último en vender «la lluvia de inversiones» como un horizonte que siempre está a punto de llegar. Es el mismo cuento con distintos narradores:

  • «El ajuste es transitorio» (De la Rúa, antes de la fuga en helicóptero).
  • «La pobreza cero» (Un eslogan que hoy suena a chiste macabro).
  • «Confíen, ya llegan los dólares» (Mientras el blue se dispara y las pymes cierran).
  • «Confíen, el mercado se acomoda solo» (Milei, mientras los precios se fugan en dólares)

La trampa está en el «ya». Es una palabra que no tiene calendario, que se estira como un chicle hasta perder el sabor. ¿Cuántos «ya» aguanta un país? Los personajes de Cossa muerden ese anzuelo una y otra vez: «Es cuestión de tiempo»«algo hay que dejarle a la vieja». Pero la Nona no entiende de plazos. Tampoco el FMI, ni los mercados.

La Nona no es una obra de época. Es una obra de emergencia. Y su emergencia es esta: seguimos sosteniendo lo que nos devora.

Y lo más terrible no es eso.

Lo más terrible es que, aun sabiendo todo esto, le seguimos sirviendo el plato. Esperando. Y esperando. Y esperando…
Que algún día, por fin, se llene.

Pueden ir a ver la obra en el Teatro de la UNLP (10 E/ 54 Y 55 La Plata), con entrada gratuita los días Sábado a las 21 hs. Así mismo los Jueves la obra se realiza para Instituciones Educativas.

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