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Eddington: Ari Aster y la claustrofobia a cielo abierto

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Eddington

Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. Ari Aster lo hizo de nuevo. Pero no exactamente como se esperaba. Quienes aguardaban otra incursión en el terror explícito —en la línea de Hereditary (2018) o Midsommar (2019)— se encuentran en Eddington (2025) con un desplazamiento más incómodo: el horror ya no necesita manifestarse como entidad sobrenatural porque está completamente integrado en lo cotidiano.

Por César Arturo Humberto Heil

La película sitúa su acción en un pueblo de Nuevo México durante la pandemia y, desde ese punto de partida aparentemente reconocible, construye un dispositivo mucho más inquietante. Lo que en otro director sería apenas un conflicto social o político, en Aster se convierte en un laboratorio de descomposición humana. El monstruo, como suele ocurrir en su cine, no viene de afuera: es la propia comunidad.

Si hay algo que recorre toda su filmografía —incluida la más desbordada Beau Is Afraid (2023) — es la idea de individuos atrapados en sistemas que no comprenden. En Eddington, ese sistema ya no es la familia, ni una secta, ni una estructura simbólica cerrada: es la realidad contemporánea, fragmentada y saturada de discursos.

El desierto, en este sentido, no funciona solo como escenario físico, sino como extensión moral. Espacio abierto, sí, pero también territorio sin contención, donde todo queda expuesto. Ari Aster construye una verdadera claustrofobia a cielo abierto: nadie puede escapar porque no hay afuera posible.

Entre el noir, la sátira y el absurdo

Hay en Eddington una superficie de western contemporáneo y de thriller político, pero rápidamente esa estructura se resquebraja. El enfrentamiento entre figuras de autoridad —el sheriff Joe Cross, encarnado por Joaquin Phoenix, y el poder institucional del pueblo, representado por el alcalde Ted García, rol a cargo de Pedro Pascal— deja de ser un conflicto ideológico para convertirse en algo más primario: una lucha por imponer una versión de la realidad.

Aster vuelve sobre una de sus obsesiones más persistentes: la pérdida de agencia. Sus personajes creen decidir, pero en realidad reaccionan a fuerzas que los exceden. Si antes esas fuerzas eran hereditarias o rituales, aquí adoptan la forma de discursos sociales, paranoia colectiva y alienación mediática.

Eddington

Lo notable es cómo el film mantiene la tensión sin recurrir a golpes de efecto evidentes. Hay una precisión quirúrgica en el manejo del tiempo y del fuera de campo. La violencia —cuando aparece— no sorprende: resulta inevitable, como si todo hubiese estado en marcha desde el inicio.

Phoenix, en ese registro que oscila entre la fragilidad y la amenaza, compone un personaje que parece desbordarse desde adentro. No hay estallidos grandilocuentes, sino una progresiva desintegración. En sintonía con el cine de Aster, el cuerpo se convierte en campo de batalla.

La fotografía, seca y polvorienta, refuerza esa idea de exposición permanente. No hay sombras donde refugiarse. Todo está a la vista, incluso aquello que los personajes prefieren no ver.

Y, como en el mejor Aster, lo que incomoda no es lo que sucede, sino la sensación de que nada podría haber sucedido de otra manera.

Eddington

De la familia al sistema

Si en Hereditary el horror era la herencia y en Midsommar la comunidad ritualizada, en Eddington el núcleo se desplaza hacia lo social en su forma más contemporánea: la fragmentación de lo real. Nadie comparte el mismo mundo. Ninguno interpreta los hechos del mismo modo. Nadie cede. Lo que emerge entonces no es solo el conflicto, sino la imposibilidad misma de resolverlo.

Aster radicaliza así su mirada: ya no se trata de personajes atrapados en estructuras excepcionales, sino de sujetos inmersos en un sistema cotidiano que funciona con la misma lógica opresiva. El horror, finalmente, se ha naturalizado.

Conclusión

Eddington es una película incómoda, áspera y profundamente contemporánea. Sin necesidad de subrayados ni consignas, construye un retrato feroz de una comunidad en estado de implosión.

Ari Aster confirma que su verdadera obsesión nunca fue el terror como género, sino algo más persistente: la fragilidad del ser humano frente a estructuras que lo exceden, lo moldean y, finalmente, lo devoran.

Eddington

Puede que sea su obra más “realista”, pero también es la más inquietante. Porque aquí no hay demonios que exorcizar ni rituales que interrumpir. Solo queda enfrentarse a una certeza bastante más perturbadora: el caos ya no es una anomalía. Es el estado natural de las cosas.

Disponible: HBO Max

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