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Júpiter: entre la fe, la manipulación y el peligro de confiar

5 minutos de lectura
Júpiter

Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. Muchas veces, buscar en las plataformas con la intención de ver algo novedoso que se aleje de las producciones de modelo fordista a las que nos tiene acostumbrados el streaming produce sus frutos. Hace unos días, hurgando en la plataforma Prime Video, me topé con el filme Júpiter (2023), de Benjamin Pfohl, y realmente me llevé una grata sorpresa.

Por César Arturo Humberto Heil

El filme, de producción alemana, está enmarcado en el género de la ciencia ficción y es uno de esos relatos conmovedores, de los que te dejan pensando una vez finalizado el visionado y que ofrecen mucha tela para cortar.

La película plantea una idea no tan descabellada: que los humanos no pertenecemos a la Tierra, sino que nuestro planeta de origen es el gigante gaseoso Júpiter, y que actualmente vivimos en este mundo de prestado. Por eso, el planeta, al no reconocernos como propios, hace todo lo posible por expulsarnos a través de terremotos, huracanes y maremotos.

Un viaje familiar que deriva en revelación y amenaza

Quienes creen en esta teoría afirman que las enfermedades graves que padecemos —como el cáncer, los trastornos autoinmunes y las alergias— son reacciones de nuestro cuerpo frente a un lugar al que no pertenecemos y en el que ya no estamos a gusto.

La historia comienza con la llegada de un cometa a la Tierra, que pasará muy cerca del planeta. En ese contexto, la adolescente Lea (Mariella Aumann) es arrancada de una fiesta electrónica por su madre Bárbara (Laura Tonke) y su padre Thomas (Andreas Döhler) para emprender un viaje junto a su hermano autista Paul (Henry Kofahl) hacia las montañas, supuestamente para observar mejor el paso del cometa.

Lea se ha criado con la creencia de que su origen es el planeta Júpiter, lo que le trae problemas de bullying con sus compañeros de colegio. A pesar de ese pensamiento, intenta vivir su vida como cualquier adolescente normal.

Al llegar al lugar, Lea se encontrará con una comunidad —más bien una secta— de creyentes que sostienen, a partir de las afirmaciones de su líder, que el paso del cometa es la señal para regresar, en una forma inmaterial, a donde pertenecen: el planeta Júpiter. A partir de ese momento, las dudas comenzarán a invadirla hasta descubrir la terrible verdad que se esconde detrás de ese supuesto regreso.

Creencias extremas en tiempos de incertidumbre

Júpiter

El filme propone una mirada crítica sobre la especie humana, ya que detrás de esta idea radical se esconde un discurso sobre cómo el ser humano está afectando al planeta a través de acciones que atentan contra la naturaleza, el medio ambiente y el bienestar animal de las distintas especies que lo habitan.

El debut en la dirección de Benjamín Pfohl es auspicioso. Su estilo, muy emparentado con el de los filmes de Mike Cahill y Zal Batmanglij —especialmente El sonido de mi voz (2011, Batmanglij) o La Otra Tierra (2011, Cahill)—, aporta la profundidad reflexiva y metafórica necesaria para hablar sobre la verdadera esencia de lo que significa ser humano.

Con un ritmo pausado y un montaje que alterna distintos tiempos, el director —también guionista junto a Silvia Wolkan— construye un relato emotivo y, a la vez, incómodo y perturbador sobre el fanatismo y las creencias en una vida mejor en un mundo cada vez más complejo y convulsionado.

La edición de sonido se presenta como uno de los rubros más destacados. El meticuloso trabajo de Max Bauer logra rescatar y resaltar los sonidos propios de la naturaleza de una manera tan sugestiva como emotiva. Escuchar el viento, el canto de los pájaros, el aleteo de un insecto nos obliga a pensar en lo bello que es nuestro planeta, en contraposición al mensaje del líder de la secta.

Sonido, pertenencia y el peligro silencioso de las sectas

Júpiter

Esta sinfonía del mundo natural nos invita a reflexionar sobre cómo nos relacionamos con el entorno y dejar atrás, aunque sea por un momento, esta idea de que aquí no somos queridos. Es obvio que Pfohl, aunque deja claro que no tratamos bien al planeta, no quiere que nos quedemos con esa imagen negativa. Por eso pone en primer plano los sonidos de la naturaleza como un recordatorio sonoro.

Es inevitable remitirse a casos reales como la masacre de Guyana a manos del reverendo Jim Jones en 1978, en Jonestown; la secta Rama Davidiana en Waco, Texas, en 1993, liderada por Vernon Howell, luego conocido como David Koresh; o Las puertas del cielo en 1997, en California, una de las primeras sectas religiosas de la era de Internet, encabezada por el carismático Marshall Applewhite junto a Bonnie Nettles.

Con un final de esos que te anudan el corazón y te desgarran por dentro, Júpiter aborda múltiples temas: el paso de la niñez a la adolescencia —Lea tiene su primera menstruación mientras se encuentra en el campamento de la secta—la duda entre confiar en lo que dicen los padres o tomar decisiones propias y, por supuesto, el peligro latente de las sectas pseudorreligiosas que promueven ideas extremas.

Conclusión

Júpiter

Júpiter es un filme de ciencia ficción de pequeña escala, pero ambicioso en sus ideas. A través de un relato íntimo y perturbador, Benjamín Pfohl utiliza el género para reflexionar sobre el desarraigo, la crisis ambiental y la necesidad humana de creer en algo cuando el mundo parece volverse inhabitable. Sin recurrir al espectáculo grandilocuente, la película interpela al espectador desde un lugar incómodo y profundamente humano, recordándonos que, muchas veces, el verdadero peligro no está en el fin del mundo, sino en las certezas absolutas que elegimos para escapar de él.

Disponible: Prime Video

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