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Las reglas de Jenny Pen: Abuelo matón

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Las reglas de Jenny Pen

Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. Muchas películas abordan el tema de la tercera edad y lo que implica envejecer, enfermarse y morir. La mayoría presenta la decadencia del ser humano y la manera en que nuestro cuerpo va sucumbiendo con el paso del tiempo a medida que envejecemos. En Las reglas de Jenny Pen (The Rule of Jenny Pen 2024), segundo trabajo del neozelandés James Ashcroft, se propone un filme que también aborda la complejidad de la vejez y la enfermedad, pero dentro de un contexto dramático y narrativo completamente alejado de la sensiblería habitual en aquellas películas cuyos protagonistas son adultos mayores.

Por César Arturo Humberto Heil

El juez Stefan Mortensen (Geoffrey Rush) sufre un accidente cerebrovascular en medio de un juicio y debe ser internado en un geriátrico hasta recuperar las funciones cognitivas y motoras afectadas por el derrame. Mortensen es un hombre recio y de mal carácter, que no soporta estar rodeado de otros ancianos en ese lugar. Cree que su estadía será breve y que pronto se recuperará. No permite que hagan las cosas por él: si bien tiene problemas de movilidad y la boca torcida, su mente sigue lúcida.

Un geriátrico como territorio de terror

Durante su estadía en el geriátrico, Mortensen comienza a descubrir lo que sucede por debajo de la ficticia normalidad que se exhibe en la superficie. Pronto se da cuenta de que el residente Dave Crealy (John Lithgow) es un verdadero matón con el resto de los ancianos. Siempre anda acompañado de una muñeca tipo títere llamada Jenny Pen, quien —según él— es la que impone las reglas dentro de la residencia. Quien no las obedece es severamente castigado.

Crealy es una persona cruel y manipuladora, con comportamientos típicos de un psicópata. Les roba la comida a otros residentes, los empuja, los golpea y hasta los obliga a besarle el trasero a Jenny Pen. Es, sin lugar a duda, el amo y señor del geriátrico: un auténtico abuelo matón. Todos saben que, si no quieren ser víctimas de su crueldad, deben hacer exactamente lo que él ordena.

Crealy ya ha puesto el ojo sobre el recién llegado Mortensen, quien ha realizado varios reclamos infructuosos sobre su comportamiento agresivo ante las enfermeras y el personal del lugar. El anciano malvado comenzará entonces un hostigamiento sistemático que irá escalando progresivamente hasta desembocar en un clímax verdaderamente asfixiante.

Un sólido guion y ambiente ominoso

Las reglas de Jenny Pen

Partiendo de un sólido guion escrito junto a Eli Kent y Owen Marshall, Ashcroft construye un original y notable thriller psicológico, donde la tensión se sostiene tanto en la crueldad de Crealy como en la tozudez de Mortensen por hacer justicia en un lugar en donde el villano parece tener la zona liberada.

El geriátrico, escenario central del filme, se transforma en un lugar oscuro, siniestro y ominoso, especialmente cuando Crealy por las noches recorre los pasillos con su muñeca e ingresa en las distintas habitaciones para torturar y martirizar a los residentes, en particular a Tony Garfield (George Henare), con quien se ha ensañado desde hace muchos años.

Un duelo actoral de alto voltaje

El gran punto fuerte de Las reglas de Jenny Pen son las interpretaciones de Geoffrey Rush y John Lithgow. Ambos están soberbios. Rush compone a un juez duro que se resiste a aceptar que ya no es el mismo y que intenta impartir justicia aun cuando el cuerpo ha dejado de acompañarlo. Su actuación es impactante y roza la perfección. Lithgow, por su parte, está a la altura: su encarnación de un anciano frío, calculador, violento y manipulador es inquietante y memorable, digna de múltiples reconocimientos. Juntos construyen un dúo actoral para sacarse el sombrero y celebrar.

Conclusión

Las reglas de Jenny Pen

Las reglas de Jenny Pen logra algo poco frecuente: convertir la vejez en un territorio de horror sin recurrir a golpes bajos ni sentimentalismo. Ashcroft filma la fragilidad física, la pérdida de poder y el abandono institucional como elementos profundamente perturbadores, y los articula dentro de un thriller psicológico tenso, incómodo y eficaz.

La película no solo habla del miedo a envejecer, sino también de la violencia que puede surgir cuando el control y la impunidad se instalan en espacios supuestamente destinados al cuidado. En tiempos donde la mediocridad abunda y todo parece relativizarse, este filme se erige como una propuesta sólida, adulta y perturbadora, sostenida por dos actuaciones magistrales que elevan el material y lo convierten en una experiencia cinematográfica para recomendar.

Disponible: Internet

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