La astronauta: Del silencio orbital al descubrimiento de la identidad
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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. La astronauta (The Astronaut 2025), filme de ciencia ficción y terror de Jess Varley. Arranca con una imagen contundente —un rescate en el mar, una cápsula que regresa a la gravedad y una mujer que debe reaprender a habitar la piel— y en ese borde se instala la apuesta más firme del film: la actuación de Kate Mara como la capitana Sam Walker.
Por César Arturo Humberto Heil
Su interpretación transmite una fragilidad tan verdadera que convierte cada pequeño gesto en un territorio dramático: la confusión, la desesperación por recuperar el orden biográfico y la irritante sospecha de no ser ya dueña de su memoria son matices que sostiene casi en estado puro. Esa contención actoral es, en buena medida, lo que evita que el relato se diluya cuando el guion decide, temporalmente, detenerse en la casa y en los mecanismos de vigilancia con la que es controlada celosamente por su padre, el general William Harris, interpretado por Laurence Fishburne, desde su regreso a la Tierra.
La atmósfera como personaje
Jess Varley apuesta por una ciencia ficción intimista que privilegia la atmósfera sobre la explicación. La residencia supersegura —con sus cámaras, sus pasillos asépticos y sus objetos fuera de escala— funciona como un dispositivo que presiona a la protagonista hasta convertirla en un sujeto fragmentado. El acierto es la capacidad de generar un ambiente asfixiante con recursos escasos: encuadres que agotan la respiración, ruidos domésticos que se vuelven amenazas y una puesta en escena que convierte la vigilancia en dramaturgia. Cuando el film busca contaminar ese clima con elementos de terror o de home invasion, algunas soluciones resultan menos convincentes; hay escenas que apuntan, pero no impactan, como si Varley prefiriera sugerir lo ominoso antes que construirlo.
La intención de explorar la soledad postespacial —esa idea de que la experiencia extraatmosférica quiebra la brújula íntima— es potente, pero el filme tropieza con la repetición: largos pasajes dentro de la casa que sostienen la tensión por acumulación, pero también provocan adormecimiento por la escasa variación dramática. La cámara observa, filma la espera; en ocasiones, esa espera está justificada; en otras, se siente como una promesa de sorpresa que tarda demasiado en cumplirse.
Body horror y una tradición paranoica
En algunos momentos, la película coquetea con elementos cercanos al body horror, insinuando que el verdadero trauma del viaje espacial no es solamente psicológico sino también físico. Sensaciones corporales inexplicables, cambios sutiles y una creciente sospecha de que algo en la protagonista ya no responde del todo a la lógica humana introducen una inquietud que el film apenas explora, pero que resulta sugestiva. No se trata de un despliegue explícito del subgénero, sino más bien de pequeños indicios que refuerzan la idea de que el espacio puede dejar marcas invisibles en el cuerpo.

En esa línea, el relato inevitablemente recuerda a The Astronaut’s Wife (1999), dirigida por Rand Ravich, donde el regreso de una misión espacial abre la puerta a la sospecha de una alteridad infiltrada en la vida cotidiana. Si aquella película exploraba el terror desde la perspectiva conyugal —la inquietante posibilidad de que el astronauta que vuelve ya no sea el mismo—, aquí el foco se desplaza hacia una inquietud más íntima: la duda sobre la propia identidad y la sensación de extrañamiento frente al propio cuerpo y la propia memoria.
El enigma y su resolución
Durante buena parte del metraje, el guion intenta sostener una intriga eficaz: ¿por qué Walker debe permanecer confinada en ese lugar?, ¿qué significan los cambios físicos que comienza a experimentar?, ¿quiénes son esas presencias que cree percibir durante la noche? El film administra estas preguntas como un dispositivo de tensión narrativa que alimenta el clima paranoico y refuerza la sensación de que algo no termina de encajar en la realidad que rodea a la protagonista.
El problema aparece cuando la historia decide revelar las respuestas. Lo que hasta ese momento funcionaba como una ambigüedad inquietante —una zona de incertidumbre donde lo psicológico, lo científico y lo fantástico podían convivir— termina resolviéndose mediante una explicación demasiado literal. Esa explicitación debilita el misterio que el propio film había construido con paciencia: lo que antes operaba como una amenaza difusa se vuelve de pronto algo demasiado concreto y, en cierto modo, inverosímil dentro de la lógica dramática que la película había establecido.
Instituciones y silencios narrativos

El relato toca la relación entre individuo y aparato: la NASA y los militares aparecen más como sombras institucionales que como fuerzas dramáticas activas; se percibe la intención de denunciar una red de control y secreto, pero el guion no termina de hacer pagar a esas estructuras su peso en la trama. Esa falta de profundización en el mundo exterior deja todo el conflicto en el recinto doméstico, que es suficiente para un estudio psicológico pero insuficiente si la película pretende escalar hacia una radiografía crítica del poder científico-militar. La NASA aparece implícita como telón de fondo, pero nunca como motor visible de consecuencias, lo cual empobrece el contraste entre lo íntimo y lo sistémico.
En términos estéticos, la casa funciona: es visualmente poderosa y temáticamente coherente con la melancolía que atraviesa el film. Sin embargo, esa melancolía a veces carece de gracia —no en el sentido ornamental, sino en el sentido de riesgo estético— y termina por convertirse en un tono que no siempre justifica cada decisión de puesta en escena.
Conclusión
La apuesta de Jess Varley es honesta y en muchos momentos eficaz: una actriz que sostiene el vacío, una atmósfera que aprieta y una idea de ciencia ficción que mira hacia adentro. Pero el filme paga el costo de su modestia: ritmo irregular, desarrollo narrativo limitado y un cierre que pretende atar cabos con explicaciones que, paradójicamente, le restan fuerza al enigma.

La astronauta termina siendo un debut interesante —recomendable para quienes valoran el thriller psicológico de corte íntimo— y, a la vez, una obra imperfecta que podría haber sido más rotunda si hubiera sabido balancear mejor el silencio con la potencia de su misterio.
Disponible: Prime Video
