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Tormento: Culpa, silencio y horror psicológico

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Tormento

Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. Hace ya varios años que el cine mexicano viene incursionando en el género del terror, y lo ha hecho con resultados dispares. Directores como el consagrado Guillermo del Toro e Isaac Ezban se alzan como referentes de una temática que comienza a consolidarse dentro del ámbito cinematográfico local. Siguiendo esa línea, el director Olallo Rubio, quien hasta ahora había incursionado principalmente en el género documental, da un salto hacia el terror con Tormento (2025). Lo hace con una producción prolija y estéticamente correcta, donde la culpa se convierte en el principal motor de una historia ambientada en una morgue.

Por César Arturo Humberto Heil

Brenda (Natalia Solián) es una guardia de seguridad que trabaja en un hospital. Su principal problema es que vive permanentemente con sueño, al punto de quedarse dormida durante sus horarios laborales.

A la salida de su trabajo, completamente agotada por el cansancio, atropella con su auto a un joven. Al principio piensa en llamar a emergencias, pero desiste y abandona el cuerpo a su suerte.

Al día siguiente se le informa que debe ir a trabajar a otro sector: esta vez deberá vigilar la morgue de un viejo hospital. Una vez allí, la llegada de un cadáver que fue atropellado comienza a despertar en Brenda el verdadero peso de la culpa, llevándola a enfrentarse con sus propios miedos en un entorno oscuro y hostil.

Mientras ese es el punto de partida que sostiene la película, lo más llamativo del proyecto es el modo en que Rubio deja atrás algunas de sus marcas autorales previas. Su cine, antes centrado en la crítica social directa y en el comentario político, se vuelca aquí hacia un lenguaje más sensorial y menos explícito, donde la atmósfera ocupa el lugar del discurso. Allí reside la principal ruptura: Tormento no busca explicar, sino sumergir al espectador en un estado emocional que avanza lentamente, como una sombra.

La morgue como paisaje mental y el cuerpo como escenario del miedo

Para construir ese efecto, Rubio recurre a una ambientación que evita los extremos habituales del cine de terror. La morgue no es ni un espacio impecable al estilo hollywoodense ni una caricatura de abandono; es un lugar con textura y desgaste, filmado en escenarios reales que transmiten un frío tangible. Ese entorno funciona como una extensión física del remordimiento de Brenda, un territorio intermedio entre la vigilia y la culpa que la persigue.

Tormento

El trabajo de Natalia Solián resulta fundamental para sostener esta apuesta. La actriz encarna el agotamiento y la angustia desde lo corporal, transmitiendo un terror que nace más de la conciencia que de la amenaza externa. Su interpretación evita el gesto exagerado y se apoya en pequeñas fisuras emocionales: un temblor, una respiración entrecortada, una mirada que no logra sostenerse. En ese registro contenido pero intenso, la película encuentra buena parte de su fuerza.

Rubio, además, incorpora un trasfondo moral y religioso que funciona como marco del descenso de la protagonista. La referencia bíblica que abre la cinta no es un simple detalle: establece que lo que veremos será menos una historia de fantasmas que una forma de penitencia. Se trata de un proceso interno en el que ocultar un acto tiene consecuencias inevitables. La película renuncia así al susto fácil para privilegiar la tensión psicológica y el peso del pecado no confesado.

Un terror urbano que renuncia a las fórmulas

Si bien Tormento dialoga con otras obras del género —incluida la uruguaya Morgue, de la que toma su punto de partida—, Rubio la adapta a un contexto profundamente urbano, donde la ciudad se vuelve parte del encierro emocional de la protagonista. Este enfoque permite que la película se distinga dentro del panorama actual del terror latinoamericano: se aleja de la estructura clásica y apuesta por un ritmo pausado, por imágenes que sugieren más de lo que muestran y por una narrativa que funciona casi como un sueño febril.

Tormento

En lugar de recurrir a los típicos jumpscares o a apariciones repentinas, el film trabaja con el desdoblamiento perceptivo de Brenda y con la duda constante entre lo real y lo imaginado. Es allí donde la película encuentra su identidad: una travesía mental donde cada pasillo parece una pregunta y cada silencio recuerda el peso insoportable de la culpa.

El mayor problema: la reiteración

El principal problema aparece en el guion, que abusa de situaciones similares en las que la protagonista va y viene por los mismos espacios, entrando y saliendo de estados de sueño profundo que alimentan la duda entre pesadilla y realidad.

Esta acumulación de momentos termina volviéndose poco productiva. Por momentos, la trama parece estirarse más de lo necesario y la reiteración —que probablemente busca reforzar la idea de un laberinto mental— termina generando el efecto contrario. En lugar de intensificar la tensión, algunos pasajes se vuelven tediosos y ralentizan el ritmo del relato, produciendo uno de los tramos más planos de la película.

Conclusión

Con Tormento, Olallo Rubio se adentra en el territorio del horror psicológico y, al mismo tiempo, reformula su propio lenguaje como director. El film abandona el tono discursivo de sus trabajos anteriores para apostar por una narrativa más sensorial, sostenida en la atmósfera y en la experiencia emocional de su protagonista.

Tormento

Aunque la repetición de ciertas situaciones debilita el ritmo en algunos momentos, la película logra construir un clima inquietante y persistente. Apoyada en una ambientación efectiva y en la interpretación contenida de Natalia Solián, Tormento se consolida como un ejercicio de terror íntimo donde el verdadero monstruo no proviene de lo sobrenatural, sino del peso de la culpa y de la imposibilidad de escapar de la propia conciencia.

Disponible: YouTube

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