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Fluke: Los ecos de la memoria

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Fluke

Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. Hay films que parten de una premisa extravagante que podrían convertirse fácilmente en un espectáculo absurdo y barato. Fluke (1995), dirigida por Carlo Carlei, es totalmente lo contrario. Toma una idea fantástica, la reencarnación de un hombre en un perro, para construir un drama íntimo sobre la identidad, el duelo y los vínculos afectivos tanto entre personas como entre personas y animales.

Por Gaston Oliver

Lejos de apoyarse únicamente en el elemento fantástico, la película utiliza esa condición como una herramienta para explorar preguntas: ¿qué permanece de nosotros cuando todo cambia?, ¿es la memoria suficiente para definir quiénes somos?, ¿hasta dónde llega el amor, como energía vital, cuando la lógica deja de existir?

La historia nunca intenta convencer al espectador mediante explicaciones científicas o sobrenaturales. Simplemente acepta su premisa y deposita toda la fuerza narrativa en las emociones. Esa decisión resulta inteligente porque desplaza el interés desde el «cómo ocurrió» hacia el «qué significa». La película no trata sobre un perro que recuerda haber sido un hombre; trata sobre alguien que descubre que la memoria puede convertirse en una condena.

La puesta en escena como eje narrativo

Uno de los mayores aciertos del film aparece en su puesta en escena. Carlo Carlei evita una dirección excesivamente sentimental y privilegia una observación contemplativa de los personajes. La cámara permanece muchas veces a una altura cercana al protagonista canino, modificando el punto de vista del espectador. Es un recurso formal y es una decisión narrativa.

La película obliga a mirar el mundo desde una corporalidad diferente, la de un perro. Las casas parecen más grandes, los pasillos más extensos y las personas adquieren una presencia casi monumental y acaparadora, hasta casi tiránica. El lenguaje cinematográfico acompaña constantemente la experiencia de Fluke.

La composición de los planos también trabaja en esa dirección. En numerosas escenas, Fluke aparece desplazado hacia alguno de los extremos del encuadre mientras los personajes humanos ocupan el centro de la acción. Esa distribución espacial comunica que el protagonista pertenece emocionalmente a ese mundo, pero físicamente permanece excluido de él. Es un uso muy sencillo de la composición, y altamente efectivo.

Desde la fotografía también existe una construcción coherente. Predominan colores cálidos durante los recuerdos asociados a la vida familiar, como ocres, amarillos suaves y marrones que transmiten una sensación de refugio y hogar. En contraste, las escenas vinculadas al desconcierto del protagonista suelen incorporar una iluminación más fría. La psicología del color funciona como una corriente subterránea que acompaña los estados emocionales pero sin llamar demasiado la atención sobre sí misma.

El montaje y el sonido como motores emocionales

Fluke

Otro aspecto interesante es el montaje. La película utiliza los recuerdos como fragmentos que irrumpen de manera progresiva, tipo flashbacks mentales. No aparecen únicamente para informar al espectador, aparecen para representar el funcionamiento de la memoria de Fluke: incompleta, fragmentada y caótica.

Existe además una economía en el uso de la música. La banda sonora es intensa pero no satura las escenas y permite que los silencios respiren. En una película donde el protagonista no puede expresarse mediante el lenguaje humano, esos silencios terminan siendo de gran importancia. La mirada, el movimiento y el montaje comunican mucho más que cualquier explicación verbal.

Una escena ejemplifica particularmente bien todas estas decisiones formales del lenguaje cinematográfico. En uno de los primeros momentos en que Fluke observa a su antigua familia sin poder revelar quién es realmente, la dirección construye la secuencia desde una distancia emocional muy precisa. La cámara alterna planos del perro y planos del espacio doméstico, pero evita el melodrama.

No hay grandes movimientos de cámara ni una música que fuerce la emoción. El encuadre deja que el vacío entre Fluke y su familia ocupe el centro del plano. Es una escena donde la composición expresa lo que el personaje no puede decir; estar presente y, al mismo tiempo, completamente ausente.

De comedia familiar a pieza de culto

Fluke

Teniendo en cuenta que su afiche promocional nota de una estética de comedia familiar al estilo Beethoven, ese tipo de recursos cinematográficos revelan una película mucho más sofisticada de lo que su argumento podría hacer pensar.

Fluke es un relato fantástico donde el elemento sobrenatural nunca constituye el verdadero conflicto, es secundario. Al igual que sucede en gran parte del mejor cine fantástico, lo extraordinario sirve más para iluminar emociones absolutamente cotidianas.

Quizás algunos espectadores encuentren ciertas secuencias excesivamente sentimentales o perciban un tono propio del cine familiar de los años noventa. Pero ya desde la primera escena, el tono es claramente para adultos. El film nunca parece avergonzarse de su sensibilidad. Habla del amor, la pérdida y la memoria sin recurrir al cinismo.

Fluke es una película de culto que demuestra cómo una idea aparentemente simple puede convertirse en una reflexión delicada sobre la identidad y el peso de los recuerdos. Su verdadero interés no va a preguntarse si una reencarnación es posible, sino en explorar cuánto de nosotros permanece vivo en las personas que amamos.

Conclusión

Fluke

A través de una puesta en escena sobria, una fotografía cuidadosamente construida y un lenguaje cinematográfico siempre al servicio de las emociones intensas, Carlo Carlei entrega una pequeña obra, sensible y sorprendentemente profunda. Fluke es una película sobre aquello que nunca deja de perseguirnos: los recuerdos.

Disponible: Prime Video

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