Joyas Escondidas | Hoy: 2:37 de Murali K. Thalluri
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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. En esta nueva sección que he inaugurado voy a hablarles de un filme independiente y pequeño que por su calidad artística y su profundidad temática lo hace merecedor de estar dentro de esta nueva sección dedicada a joyas ocultas. Estoy hablando del filme «2:37» (2006) del director australiano Murali K. Thalluri. Ver esta película es una experiencia cinematográfica única. Su opera prima es una inmejorable carta de presentación para este joven director, que se vislumbra como un nuevo talento dentro del cine.
Por César Arturo Humberto Heil
Un relato de vidas al límite
La película trasciende el cine juvenil convencional al abordar sin tapujos temas como la violación, la homosexualidad, el machismo, la violencia y la discriminación. Lo que verdaderamente distingue a «2:37» es su innovadora estructura narrativa, que rompe con las fórmulas tradicionales y logra transmitir la complejidad emocional de sus protagonistas a través de un montaje que entrelaza sus historias con maestría y sensibilidad.
Thalluri es una especie de Gregg Araki combinado con los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne. De Araki toma la temática estudiantil y su problemática de identidad y de los Dardenne la forma de filmar, esto no quiere decir que Thalluri sea un imitador sin personalidad, al contrario, demuestra que le gusta el buen cine y lo pone de manifiesto con este filme.
Mezclando elementos del género documental con un uso impactante del blanco y negro, Thalluri da voz a cada personaje mientras reflexionan sobre el suicidio. A través de estos testimonios, el director construye un relato que oscila entre el pasado y el presente con una precisión milimétrica, logrando una inmersión profunda en la psicología de sus protagonistas y en las heridas invisibles que los atraviesan.
Técnica y narrativa
El suicidio en el baño de la estudiante a las 2:37 le sirve al director para contar las complicadas y trágicas vidas de Melody (Teresa Palmer), Marcus (Frank Sweet), Luke (Sam Harris), Steven (Charles Baird), Sean (Joel Mackenzie) y Sarah (Marni Spillane), cada uno con su terrible drama a cuestas y su imposibilidad de encontrar una salida.

El director sigue con su cámara en mano la vida de estos seis adolescentes y lo hace sin despegarse ni un segundo de sus espaldas (recurso muy usado por los Dardenne en «El hijo» y «El niño»). Así, vemos cómo Melody acarrea un embarazo no deseado y provocado por las reiteradas violaciones de Marcus, su hermano, quien a su vez no soporta tener un padre perfeccionista que siempre le está exigiendo una mejor calificación en la escuela, lo que le provoca un fuerte conflicto emocional.
Por otro lado, está Steven, un joven retraído y conflictuado que ha sufrido un accidente que lo dejó rengo y le provocó una incontinencia urinaria, lo que lo pone en constante ridículo frente a la clase.
También somos testigos de lo que le sucede a Luke, el bonito de la clase, exitoso, atlético, por el que todas las chicas mueren, pero que esconde un secreto: es un homosexual reprimido (tengan en cuenta que la película es del año 2006). Esta falta de aceptación le provoca una dura crisis de identidad.

Juventud sin salida
En cambio, Sean es el adolescente homosexual asumido, que ha decidido decírselo a sus padres, pero a quien nada le es fácil. Le cuesta horrores poder adaptarse a una sociedad que todavía discrimina y que no tolera convivir con personas de sexualidad diferente. También debe enfrentar un padre con pensamiento retrógrado, que piensa que lo que le pasa a su hijo es una desviación pasajera de la adolescencia.
Por último, está Sarah, quizá la menos torturada del grupo. Sarah sufre en silencio los desprecios y desplantes de Luke, su novio, quien no puede compatibilizar el amor hacia una mujer con el fuerte deseo que siente por el cuerpo de un hombre, lo que le provoca violentos arranques de ira hacia ella. Estos arranques de violencia ponen a Sarah ante una situación de desamparo y desilusión amorosa.
Conclusión
Con este mosaico de personalidades y situaciones dramáticas, Thalluri construye un filme extraordinario, con secuencias que fluyen entre distintas temporalidades y se repiten desde diferentes perspectivas para componer un desgarrador retrato de la juventud de principios del siglo XXI.

«2:37» es una obra poderosa desde cualquier ángulo que se la analice: provocadora, emotiva y sin concesiones, que expone con crudeza las realidades ocultas detrás de la aparente normalidad de la vida escolar. El director logra crear un testimonio cinematográfico sobre lo insoportable que puede volverse la existencia para muchos jóvenes atrapados en sus propios infiernos personales.
La precisión técnica, la honestidad en el tratamiento de temas difíciles y la extraordinaria dirección de actores confirman que estamos ante el surgimiento de una voz cinematográfica relevante. Celebro la aparición de Thalluri en el panorama del cine independiente y espero con genuino interés sus próximos trabajos, algo que no entiendo por qué hasta la fecha no ha sucedido.
