Demonio negro: castigo mitológico que no alcanza
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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. Desde que Steven Spielberg adaptó la novela de Peter Benchley Mandíbulas (Jaws) en 1975, el cine de tiburones y otros animales marinos ha intentado replicar su impacto inicial y posterior éxito con filmes similares, los cuales resultaron en su mayoría en burdas copias del original. Demonio negro (The Black Demon 2023), dirigida por Adrian Grunberg, se suma a esta larga lista con una propuesta que mezcla el thriller ecológico con elementos mitológicos y un extinto megalodón salido de las profundidades marinas, sediento de sangre y venganza.
Por César Arturo Humberto Heil
Un escenario de supervivencia previsible
La historia nos traslada a una zona costera del golfo de México, donde Paul Sturges (Josh Lucas), un especialista en desarme de plataformas petroleras que trabaja para la compañía Nixon Oil, viaja hasta allí con su esposa Inés (Fernanda Urrejola) y sus hijos Audrey (Venus Ariel) y Tommy (Carlos Solórzano), con el fin de iniciar el proceso de desmantelamiento de la plataforma.
Lo que desconoce es que la estructura ha sido atacada por el Demonio negro, una enorme criatura marina cuyas raíces están relacionadas con la mitología azteca, y solo ha dejado dos sobrevivientes: Chato (Julio César Cedillo) y Junior (Jorge A. Jiménez).
A partir de este punto, la película se convierte en un relato de supervivencia de bajo presupuesto, plagado de ideas remanidas, giros de guion previsibles y actuaciones para el olvido.
El aporte mitológico y ecológico
Uno de los pocos aspectos interesantes del filme es su intento de vincular el terror marino con la mitología azteca, específicamente con el dios Tláloc, deidad de la lluvia, el agua y el trueno.
En la película, el Demonio Negro no es solo una criatura prehistórica, sino una manifestación sobrenatural enviada por Tláloc para castigar a los humanos por el daño ecológico causado por la empresa petrolera Nixon Oil.
Este enfoque convierte al megalodón en una fuerza vengadora, que representa la ira de la naturaleza frente a la explotación humana. La plataforma petrolera, símbolo de la depredación de los recursos naturales, se convierte en el escenario de una expiación mitológica, donde el protagonista debe enfrentar no solo al monstruo, sino también sus propias culpas como parte del sistema que lo generó.

Además, la película se basa en una leyenda latinoamericana poco conocida, que habla de una criatura marina oscura y gigantesca que acecha las costas de Baja California.
Esta figura ha sido parte del folclore regional, transmitida por pescadores que relatan desapariciones misteriosas y encuentros aterradores con una sombra bajo el agua.
Una dirección deslucida
En cuanto al resto, no hay mucho para destacar, ya que ni siquiera las escasas escenas con la enorme bestia marina tienen la calidad necesaria para este tipo de películas.
La dirección de Adrian Grunberg es mecánica, como si quisiera sacarse el trabajo de encima, lo que termina de hundir un producto cuyo guion, escrito por Carlos Cisco y Boise Esquerra, hace agua como la que rodea a la plataforma.
Se hace difícil de entender cómo productoras apuestan a productos tan mediocres que ni siquiera cumplen con las expectativas mínimas en filmes de este estilo. Si la comparamos con Megalodón (2018) de Jon Turteltaub y Megalodón 2 La fosa (2023) de Ben Wheatley encontramos enormes diferencias en la realización y los efectos visuales a pesar de que ambas películas tienen un pésimo guion.

Conclusión
Demonio negro intenta distinguirse al sumar el trasfondo mitológico y ecológico al clásico esquema de “monstruo marino contra humanos”, pero su ejecución resulta torpe y carente de tensión.
La idea de un megalodón vinculado a Tláloc y al folclore regional es atractiva, pero se desaprovecha en un guion flojo y una puesta en escena deslucida.
En definitiva, una película con una idea prometedora que se hunde junto con la plataforma.
Disponible: HBO Max
