Drop: Un thriller realmente fuerte, modernísimo y de lo más atrapante
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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. A mí, por lo personal, el cine de Christopher Landon —el tipo de Happy Death Day y Freaky— no me acaba de convencer del todo. Aunque son películas bien elaboradas y con sus historias hasta algo ingeniosas, hay algo ahí que las sitúa en el terreno de esas clásicas películas pasatistas para adolescentes. Con Drop (Amenaza anónima 2025), Landon le da un giro mucho más serio a su cine de género, con un thriller que explota las paranoias digitales del presente: ¿qué ocurre cuando un enemigo invisible usa nuestros dispositivos para transformar una velada íntima en una auténtica pesadilla?
Por César Arturo Humberto Heil
La historia se centra en Violet (Meghann Fahy), una madre viuda que, después de años sin citas, va a un restaurante para quedar con Henry (Brandon Sklenar). Lo que arranca como un encuentro un tanto torpe y con buen rollo se transforma en un juego mortal cuando su teléfono empieza a recibir mensajes amenazantes —los «digi drops»— obligándola a obedecer órdenes, tipo, asesinar a su cita, bajo amenaza de que, si no, su hijo y su hermana morirán.
El artificio narrativo empleado por Landon, con cada comensal en ese bello restaurante de élite arriba de un rascacielos como sospechoso, opera a lo Agatha Christie, pero como metáfora moderna: el temor a la fragilidad de los lazos personales contra la ubicuidad de la tecnología. Aquel meollo —una madre desesperada, un hecho violento que germina en la vida diaria y un celular con cada aviso como bomba de tiempo— posee tanto jugo como un buen episodio de Black Mirror.
Actuación y dirección un palpitar íntimo que flaquea
La interpretación de Fahy es sin dudas el alma de la película. Su Violet —azotada por la desgracia, la ambivalencia y la tenacidad— amarra la historia con un vigor que impide que Drop solo sea un festival de trucos digitales.
Mientras, las acciones de Brandon Sklenar a ratos parecen torpes, idiotas; eso es sobre todo porque debe manejarse con una persona que se fuerza a mostrar modales, mientras intenta resolver lo que le pide su acosador.
Un personaje que no fue de mi agrado es el del camarero Matt (Jeffery Self), delineado de tal manera para ser gracioso, pero resulta ser ridículo, poco creíble, recuerda a algunos personajes de las películas de Landon.
Landon filma con firmeza, conservando una tensión admisible y economía de medios que evoca a thrillers de espacio confinado, tipo Red Eye (2005), de Wes Craven, o Phone Booth (2002), de Joel Schumacher, aunque el libreto no siempre cumple con lo que promete. La edición y la música de Bear McCreary suman ritmo y nerviosismo, aunque el empeño por «modernizar» las reglas del género termina en trucos visuales que desvían más que sumar.
De la ansiedad tecnológica al thriller conversacional

Drop, en un gesto audaz, convierte una herramienta ordinaria como AirDrop en un resorte de terror, íntimo y completamente creíble. La observación astuta del ahora—nuestra fragilidad digital, la inquietud de una cita inicial, el pavor de perder lo que estimamos—es lo que realmente impacta en la película, es resonante.
Sin embargo, en esa misma ambición reside una debilidad. El guion, una creación de Jillian Jacobs y Chris Roach, aunque ingenioso y mantenedor del ritmo dramático, con giros notables, flaquea en desenlaces que, para los muy exigentes, se antojan caprichosos o poco probables si se busca una coherencia férrea, ya sabes.
Comparaciones forzosas con otros thrillers de móvil, o de teléfono—como Phone Booth, ya mencionada, o episodios de antologías de suspenso tecnológico—revelan que Drop se ubica en un punto medio; con una textura efectiva, pero no muy trascendente en su estructura.
Conclusión

Drop es una película, que posee una idea realmente poderosa, además un ritmo muy moderno, a pesar de todo esto, no siempre cumple con la promesa tácita que existe entre la premisa y cómo se ejecuta. La idea que tiene Landon de explorar la tecnología, como una amenaza muy personal, es, sí, válida, pero el guion, a veces es arbitrario, o quizás muy mecánico, en otros, por lo cual evita que la película sobrepase su propia artificiosidad, sin que importe que sí entretiene.
Con momentos de verdadera y genuina tensión, pero también con instancias donde el artilugio se siente más como un truco que como una metáfora; Drop concluye como un producto más para ser disfrutado como ejercicio de género, y no tanto como una reflexión duradera sobre la paranoia digital.
Disponible: HBO Max
