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Vi el brillo del televisor: espejismos queer bajo la luz catódica

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Vi el brillo del televisor

Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. Vi el brillo del televisor (I Saw the TV Glow, 2024), dirigida por Jane Schoenbrun, es una de las experiencias cinematográficas más intensas, misteriosas y emocionalmente devastadoras del cine queer reciente. En apariencia, la historia gira en torno a Owen (Justice Smith) y Maddy (Brigette Lundy-Paine), dos adolescentes atrapados en la alienación suburbana, que encuentran en una serie de televisión llamada The Pink Opaque un resquicio de sentido, un santuario para su disidencia.

Por César Arturo Humberto Heil

Inspirada estéticamente en producciones noventeras como Buffy the Vampire Slayer o ¿Are You Afraid of the Dark? esta ficción dentro de la ficción opera como un portal emocional. Allí donde la vida se muestra inhóspita y reglada por discursos normativos, The Pink Opaque ofrece un espacio donde lo monstruoso se vuelve liberador. Cuando la serie es abruptamente cancelada, se desmorona también el último bastión simbólico de refugio que los protagonistas tenían. Como si la representación queer en los medios, siempre frágil, pudiera desaparecer con solo apretar un botón.

La televisión como cuerpo disidente

En I Saw the TV Glow, la televisión no es solo un medio; es un cuerpo. Un cuerpo queer, intervenido, herido, iluminado a pulsos de luz violeta. Cuando Owen le pide permiso a su padre para ver la serie y este responde “¿no es esa una serie para chicas?”, esa frase se convierte en una sentencia. En la lógica del mundo real, tan impermeable a las identidades no normativas, el deseo por lo diferente es siempre sospechoso.

Jane Schoenbrun, cineasta no binarie, evita toda didáctica. Nunca se pronuncia la palabra “trans”. Pero en lugar de ausencia, lo que hay es un sistema simbólico vibrante y doloroso: estática que reemplaza a la sangre, corazones que laten servidos en platos, luces estroboscópicas que invocan éxtasis en la pista de baile. Owen —con su gesto apagado, su voz narrando sin vida, su cuerpo detenido en el tiempo— encarna el síntoma de una existencia no vivida. Solo en un bar, bajo la música abrasiva de King Woman, se le permite un momento de quiebre lírico.

Tiempo líquido, nostalgia tóxica y trauma congelado

La estructura narrativa fragmentada, con saltos temporales y mutaciones de tono, desmantela toda ilusión de linealidad. Owen no crece: se estanca. De niño hipersensible a adulto invisible, lo encontramos atrapado en un salón recreativo, asmático y solo, observando la vida pasar. La televisión, que alguna vez fue un espejo, ahora le devuelve una imagen distorsionada y absurda. El revival de The Pink Opaque en streaming ya no significa redención, sino traición: lo que fue radical se vuelve “infantil y fatuo”. Así, Schoenbrun critica también la explotación vacía de la nostalgia en la cultura digital contemporánea.

Vi el brillo del televisor

Planos como el de los niños corriendo bajo un paracaídas de colores, mientras Owen los mira desde afuera, sintetizan de forma poderosa la exclusión sistémica: no hay lugar para él ni en el juego, ni en la comunidad, ni en el futuro.

Surrealismo queer: del Lynch suburbano al código secreto

La película dialoga con David Lynch, sí, pero desde una relectura disidente. Las luces de neón, los pasillos de escuelas que parecen laberintos, los susurros en la penumbra: todo remite a Twin Peaks, pero resignificado por la experiencia queer. Vi el brillo del televisor no tiene monstruos tradicionales, sino monstruos estructurales: el patriarcado, la normatividad, la represión emocional. La ruptura de la cuarta pared, cuando Owen pregunta al espectador “¿Alguna vez dudaste si ves el programa correcto?”, no solo quiebra la ficción: también interroga el guion de nuestras vidas, nuestros miedos, nuestros silencios.

A diferencia de Donnie Darko o Eraserhead, a las que puede emparentarse, aquí lo surreal no es un lenguaje abstracto: es un mapa cifrado para quienes jamás vieron su historia representada.

Conclusión

Vi el brillo del televisor

Vi el brillo del televisor subvierte el Coming-of-Age tradicional al negar la promesa de redención. Owen no “descubre quién es”, no “acepta su verdad”, no “triunfa sobre la adversidad”. Su final, solo y asfixiado en el baño de un local de juegos, lejos de ser una metáfora cerrada, es un grito ahogado que resuena con estadísticas reales sobre desprotección hacia cuerpos racializados, trans y queer. Al evitar etiquetas explícitas, Schoenbrun no evade el tema: lo denuncia con más fuerza.

En tiempos donde la representación LGBT+ en el cine a menudo se limita a gestos simbólicos o narrativas de superación, esta película defiende el derecho a no ser clara, a no ser ejemplar, a no ser visible del modo que el mercado exige. Defiende, incluso, el derecho a no encajar.

Como dice Owen: “Me gusta la televisión”. Y es que a veces, solo allí —entre estática, luces azules y monstruos que también sufren— podemos vernos reflejados sin miedo.

Disponible: HBO Max

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