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Proyecto Fin del Mundo: Mucha emoción, poca credibilidad

7 minutos de lectura
Proyecto Fin del Mundo

Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. La nueva película de los directores Phil Lord y Christopher Miller, Proyecto Fin del Mundo (Project Hail Mary, 2026), parece haber conquistado a buena parte de la crítica gracias a su mensaje optimista, su despliegue visual y una historia de amistad capaz de conmover a cualquier espectador.

Por César Arturo Humberto Heil

En mi caso, terminé de verla con una sensación muy distinta. No porque la película carezca de virtudes —que sin duda las tiene— sino porque nunca conseguí conectar con la forma en que la historia se presenta.

El principal problema de Proyecto Fin del Mundo es que quiere jugar en dos terrenos incompatibles. Por un lado, se presenta como una obra de ciencia ficción relativamente seria; por otro, su trama está tan sobrecargada de situaciones inverosímiles y de un humor innecesario, al menos para mi gusto, que termina derrumbando cualquier ilusión de realismo que la historia podría proponer.

Heredera de películas como The Martian, con la que comparte al autor de la novela original, el sobrevalorado Andy Weir, Proyecto Fin del Mundo presenta a Ryland Grace, interpretado por un carismático Ryan Gosling. Se trata de un científico y profesor de secundaria que, de buenas a primeras, despierta en una nave espacial a años luz de la Tierra, sin saber quién es ni qué hace allí.

Este particular inicio resulta más que interesante y hasta diría “ganchero”, pero cuando empezamos a conocer un poco más al personaje y descubrimos que está ahí arriba porque el resto de la tripulación falleció y, además, porque no había nadie más que pudiera cumplir la misión, la situación empieza a complicarse bastante.

Resulta que el susodicho fue enviado a la inmensidad del espacio para tratar de encontrar una solución a un problema relacionado con el Sol, el cual se está enfriando debido a unas extrañas criaturas extraterrestres microscópicas llamadas Astrófagos. Este enfriamiento causará la extinción del ser humano en aproximadamente treinta años, y la única manera de evitarlo es enviando una tripulación a una misión suicida, ya que, debido a las enormes distancias, no podrían regresar.

El asunto es que nuestro “héroe” se topa con una entidad extraterrestre similar a un arácnido de roca, al que apoda Rocky, y con quien entabla una amistad. Juntos descubren cómo acabar con los Astrófagos y así salvar no solo a la Tierra, sino también a gran parte de los sistemas solares afectados.

Problemas de verosimilitud y desarrollo narrativo

La verosimilitud empieza a tambalear cuando Ryland, un tipo completamente inexperto en el manejo de naves espaciales y sin entrenamiento previo como astronauta, debe hacerse cargo de toda la misión por sí solo. Este docente y científico se adapta a cada una de las situaciones complejas que se le presentan con una facilidad sorprendente.

Con apenas un breve período de adaptación, Ryland logra manipular sistemas complejos, resolver emergencias técnicas, manejar la nave, realizar tareas altamente especializadas y afrontar caminatas espaciales como si hubiera pasado años entrenándose para ello, algo que nunca sucede. La propia película deja esto en claro cuando muestra que tuvieron que sedarlo para subirlo a la nave, ya que se había negado a participar después de que su superior, Eva Stratt (Sandra Hüller), prácticamente le ordenara que él era quien debía asumir la misión.

La película parece asumir que ser inteligente equivale a ser astronauta, piloto, ingeniero y especialista en supervivencia espacial al mismo tiempo.

A esto se suma una trama científica que nunca termina de explicarse con claridad. Los famosos Astrófagos, eje central de toda la historia, son presentados como una idea fascinante, pero cuanto más intenta desarrollarlos el guion, más confuso se vuelve todo. La película acumula explicaciones y conceptos hasta el punto de que uno deja de intentar comprender sus reglas y simplemente acepta que estos organismos harán lo que la historia necesite en cada momento.

Tampoco me convenció el diseño del extraterrestre. Entiendo perfectamente que muchos espectadores hayan conectado emocionalmente con él, pero en mi caso ocurrió lo contrario. Su apariencia y comportamiento me sacaron constantemente de la película. Nunca sentí que estuviera viendo una forma de vida verdaderamente alienígena; más bien parecía un recurso diseñado para generar simpatía inmediata en un público más infantil.

El tono: entre el drama existencial y la comedia

Proyecto Fin del Mundo

Quizá el principal problema sea el tono. La situación que enfrenta el protagonista, si uno se detiene a pensarla, es absolutamente devastadora. Estar aislado en el espacio profundo, separado para siempre de todo lo que conoce y saber que probablemente morirá lejos de la Tierra constituye una de las premisas más trágicas que puede imaginar la ciencia ficción.

Sin embargo, los guionistas Drew Goddard y Andy Weir parecen sentirse incómodos con esa oscuridad y, cada vez que la historia se acerca al drama verdadero, aparece un chiste, una ocurrencia o un momento ligero destinado a aliviar la tensión.

Por eso no pude evitar compararla con El astronauta (2024), de Johan Renck, un filme menos espectacular y mucho más modesto visualmente que también incluye un extraterrestre de características similares. En esa película, basada en la novela El astronauta de Bohemia, de Jaroslav Kal-fař, se muestra cómo el espacio puede convertirse en una experiencia psicológicamente devastadora, al tiempo que se plantean reflexiones sobre el ser humano y la vastedad del universo. Spaceman es una película metafísica.

El astronauta es una película de tono metafísico. En cambio, en Proyecto Fin del Mundo la inmensidad del universo funciona apenas como telón de fondo para una comedia dramática, sin que en ningún momento se aborden los interrogantes filosóficos que una misión semejante o el encuentro con una forma de vida extraterrestre podrían haber inspirado. Es una lástima, porque la película está bien realizada: los efectos visuales cumplen, Ryan Gosling resulta magnético como siempre y varias escenas poseen una auténtica capacidad de emocionar.

Lo más destacado el eclecticismo musical

Proyecto Fin del Mundo

La banda sonora de Proyecto Fin del Mundo se despliega como un viaje musical que combina lo íntimo con lo universal. El compositor Daniel Pemberton articula una paleta sonora diversa en la que conviven piezas originales con canciones emblemáticas. Entre ellas sobresale los tangos “La Cumparsita” y “El Amanecer”  de Roberto Firpo e interpretado por Carlos Di Sarli y su orquesta típica.

Ambos aportan melancolía y raíces argentinas. que aporta un aire de nostalgia y pertenencia cultural. También aparece la interpretación de Mercedes Sosa con “Gracias a la Vida”, cuya fuerza emocional conecta al protagonista con sus raíces humanas en medio del aislamiento espacial. Estos temas dialogan con pasajes orquestales y electrónicos creados para la película, generando un mosaico sonoro que refleja tanto la soledad como la esperanza. La variedad musical no solo enriquece la atmósfera narrativa, sino que también subraya la tensión entre lo terrenal y lo cósmico.

Entre otros temas destacados se incluyen “Sunday Morning comin down” de Kris Kristofferson que aporta un tono introspectivo y folk estadounidense. “Pata Pata” de Miriam Makeba introduce ritmos africanos vibrantes y festivos. “Two of Us” interpretado por The Beatles suman nostalgia y complicidad en clave pop-rock. “Stargazer” a cargo de Neil Diamond le aporta un aire romántico y expansivo. “Sign of the Times” en la voz de Harry Styles introduce un matiz contemporáneo y melódico.  “Glory, Glory” de Ike & Tina Turner aportan energía soul y rock. “Let’s Call the Whole Thing Off” creación de Los Gershwin le añade sofisticación jazzística.

Como se aprecia la banda sonora de Proyecto Fin del mundo no se limita a acompañar la acción: es un cruce de culturas y épocas, donde conviven tangos argentinos, folclore latinoamericano, clásicos del rock y pop internacional, soul, jazz y música maorí. Esa eclecticidad que le dio Daniel Pemberton convierte la película en un viaje sonoro tan diverso como su historia. Sin dudas lo mejor.

Conclusión

Es evidente que para la mayoría de los espectadores los momentos emotivos, la idea de una amistad entre especies diferentes y la épica heroica del personaje fueron suficientes para convertirla en un éxito y otorgarle una puntuación superior a 8 en IMDb. En lo personal, no me alcanzó.

Porque si quiero emocionarme viendo cómo un extraterrestre y un ser humano forjan una amistad inolvidable, prefiero volver a ver E.T., el extraterrestre (1982), del maestro Steven Spielberg.

En definitiva, Proyecto Fin del Mundo me pareció una obra eficaz como melodrama optimista sobre la amistad y la cooperación, pero fallida como producto de ciencia ficción. Es un filme que pretende hablar del sacrificio, la supervivencia y la inmensidad del cosmos, pero nunca se anima a enfrentar las consecuencias humanas y filosóficas que esas ideas generan.

Lo que sí merece destacarse es su apartado musical: la eclecticidad de la banda sonora, con tangos, Mercedes Sosa y artistas internacionales como The Beatles, Miriam Makeba o Harry Styles, es sin dudas uno de sus mayores aciertos.

Proyecto Fin del mundo emociona, sí, pero con eso solo no alcanza.

Disponible: Prime Video

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