La última casa: una premisa desperdiciada
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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. Como saben quiénes me leen habitualmente, suelo abrir cada reseña con la ficha técnica completa: dirección, producción, guion, locaciones, música, fotografía, elenco y una sinopsis. Esta vez decido saltearme ese ritual. No porque lo haya olvidado, sino porque La última casa (The Last House) no me despertó las ganas de detenerme en ese detalle: es una película que no termina de justificar ni siquiera esa cortesía inicial. Así que vamos directo al hueso.
Por Daniel López Pacha
Una familia atrapada por la lluvia
Hay premisas que prometen mucho más de lo que terminan entregando, y la de La última casa es un ejemplo claro. Jason (Wagner Moura), un ingeniero con pasado de pescador, y su esposa Ann (Greta Lee) quedan aislados junto a sus dos hijos dentro de su propia vivienda cuando una lluvia incesante y unas criaturas acuáticas convierten el exterior en territorio hostil. El punto de partida es atractivo, casi irresistible sobre el papel, pero la película tarda demasiado en decidir qué quiere hacer con él.
La dirección corre a cargo de Louis Leterrier, un cineasta que hasta ahora se había movido cómodo en el terreno de la acción pura, con títulos como Fast X o El increíble Hulk, y que aquí se aventura en un registro más contenido: el silencio, la espera y la incertidumbre como motor narrativo. La intención es interesante, pero la ejecución resulta irregular: la ambigüedad inicial, que debería generar tensión, muchas veces se siente simplemente como falta de rumbo.
Mientras las provisiones se agotan, la familia recurre a lo que tiene a mano para sobrellevar el tedio: partidas de juegos de mesa, un piano desafinado, una colección de discos y noches alternando entre dos únicas películas en DVD. La intención de convertir esa cotidianidad reducida en una alegoría del confinamiento colectivo es evidente, pero el guionista Matthew Robinson insiste tanto en el paralelismo que termina resultando obvio y, con el correr de los minutos, repetitivo.
Ese es, de hecho, uno de los mayores problemas del primer tramo: la película se recrea en exceso en la rutina de sus protagonistas, estirando escenas que ya han dicho todo lo que tenían para decir. El salto temporal posterior, tan pronunciado que obliga a reemplazar a los actores que interpretan a los hijos por versiones más adultas, y llega casi como un alivio ante un ritmo que se había vuelto letárgico.
Un guion que se hunde a mitad de camino

El verdadero descalabro llega cuando la historia abandona el drama de supervivencia para adentrarse, tarde y mal, en el terreno de la ciencia ficción y el terror de criaturas. En lugar de capitalizar la tensión acumulada, la película la desperdicia con explicaciones apresuradas y una mitología que nunca termina de sostenerse. La primera mitad plantea preguntas legítimas; la segunda las responde de manera perezosa, cuando es directamente confusa.
Ese cambio de registro deja a la película sin identidad de género: coquetea con el drama familiar, se asoma al thriller psicológico y, sobre el final, se disfraza de terror cósmico sin haber sentado ninguna de las bases necesarias para que ese giro funcione. A esa indecisión tonal se suman inconsistencias evidentes en el comportamiento de los personajes y agujeros de guion que delatan una escritura poco pulida.
El tramo final es, sin dudas, el más flojo de todos. Las explicaciones sobre el origen del fenómeno son vagas hasta la frustración, la criatura central pierde cualquier atisbo de amenaza apenas se la muestra con claridad, y varias decisiones de los protagonistas en los momentos de mayor tensión rozan lo incoherente. El desenlace, lejos de estar a la altura del misterio planteado, opta por una resolución simplona que parece más interesada en dejar la puerta abierta a una secuela que en cerrar su propia historia con dignidad.
Esa puerta entreabierta para una eventual continuación resulta, además, involuntariamente irónica en una trama donde ningún personaje logra abrir una puerta para escapar. El resultado es una película que sabe generar intriga pero que, a la hora de pagar esa intriga, elige el camino más cómodo y menos arriesgado.
Actuaciones que no alcanzan para salvar el conjunto

Si algo funciona pese a todo es el trabajo actoral, aunque incluso ahí la película termina desaprovechando su potencial. Wagner Moura construye con oficio la transformación de Jason, que pasa de aferrarse a cierta normalidad doméstica a convertirse en un hombre obsesionado con proteger a los suyos, pero el guion no siempre le da el material necesario para profundizar en ese arco. Greta Lee aporta el costado emocional más genuino de la historia, aunque su personaje queda relegado a un rol de acompañamiento en el tramo final, justo cuando más podría haber aportado.
La química entre ambos es real y sostiene escenas que, de otro modo, se sentirían vacías, pero no alcanza para compensar un guion que no sabe qué hacer con sus propios protagonistas una vez planteado el conflicto central. Los hijos, por su parte, quedan reducidos a un rol casi decorativo, con muy poco desarrollo propio más allá de servir como recordatorio del paso del tiempo.
En el plano visual, la película sí acierta al transmitir la sensación de encierro: la vivienda funciona como un personaje más, deteriorándose de forma creíble gracias a un rodaje realizado en orden cronológico. Es, probablemente, el elemento mejor resuelto de todo el filme.
Sin embargo, ni siquiera ese cuidado visual logra disimular las carencias de fondo. El uso puntual de material fílmico de 35 milímetros aporta una textura interesante, pero funciona como un maquillaje estético sobre una estructura narrativa que hace agua por varios costados, en una ironía que la propia película parece no advertir del todo.
Conclusión

La última casa tenía todos los elementos para ser un thriller de encierro memorable, pero termina siendo víctima de sus propias indecisiones. Con un ritmo inicial excesivamente moroso, un cambio de género mal resuelto y un tercer acto que resuelve por la vía más fácil un misterio que merecía mucho más.
Lejos de convertirse en el terror cósmico que promete su premisa, la película se queda en un entretenimiento visualmente correcto pero narrativamente perezoso, que apuesta a lugares comunes en el momento exacto en que debería arriesgar. Puede funcionar como pasatiempo liviano para una tarde sin demasiadas exigencias, pero decepciona con claridad a quien busque coherencia, tensión sostenida y una resolución a la altura de su punto de partida.
Disponible: Netflix
