Killers of the Flower Moon: El rostro del horror cotidiano
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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. A esta altura de su carrera, Martin Scorsese ya no parece interesado en contar historias criminales convencionales. En Killers of the Flower Moon (Los asesinos de la luna, 2023), el director toma un episodio real de la historia estadounidense para construir algo mucho más inquietante que un policial o una investigación histórica. El guion se centra en una reflexión sobre la codicia, el poder y la capacidad de una sociedad entera para convivir con el crimen cuando este beneficia a los poderosos.
Por César Arturo Humberto Heil
Basada en el libro de David Grann, la película relata los asesinatos de miembros de la Nación Osage en Oklahoma durante los años veinte, después de que el petróleo convirtiera sus tierras en una de las zonas más ricas de Estados Unidos. Lo que en otras manos podría haberse transformado en un thriller sobre la investigación de los crímenes, aquí toma un camino diferente. Scorsese decide abandonar el misterio y colocar el foco sobre quienes participan del sistema de explotación.
Desde el inicio queda claro que no le interesa descubrir quién es el asesino de los aborígenes. Eso se intuye desde los primeros minutos. Lo que intenta mostrar es algo más perturbador: cómo personas aparentemente normales pueden aceptar, justificar o incluso participar de semejante horror por el solo hecho de obtener ganancias de la explotación petrolera.
Personajes y actuaciones
La gran virtud de Killers of the Flower Moon es precisamente esa. El mal no aparece encarnado en figuras monstruosas ni en villanos extraordinarios. William Hale (Robert De Niro), un magnate petrolero, se presenta como un hombre respetado, amable y cercano a la comunidad Osage, incluso habla en su lengua nativa. Sin embargo, detrás de esa fachada organiza una maquinaria criminal destinada a apropiarse de una riqueza que considera ajena.
En ese contexto emerge la figura de Ernest Burkhart (Leonardo DiCaprio), sobrino de William Hale y probablemente el personaje más complejo del film. Ernest ama a su esposa Osage, Mollie (Lily Gladstone), pero al mismo tiempo participa, manipulado por su tío, de un sistema que va destruyendo a la familia de Mollie y, en definitiva, a ella. Su tragedia no radica en la maldad sino en la debilidad. Es incapaz de enfrentarse a quien lo manipula y termina convirtiéndose en cómplice de aquello que dice querer proteger. La relación entre Ernest y Mollie se transforma así en la historia de una tragedia íntima, donde el afecto y la traición conviven de manera permanente.
Si hay una actuación que sostiene el peso moral de la película, es la de Lily Gladstone. Su Mollie observa cómo las muertes se acumulan a su alrededor mientras las instituciones que deberían protegerla fallan una y otra vez. Su presencia transmite una mezcla de dignidad y resistencia que contrasta con la cobardía de los personajes que la rodean.
Una crítica al sistema capitalista

Más allá de los hechos históricos, la película funciona como una crítica a los mecanismos sobre los que se construyó parte de la prosperidad estadounidense, especialmente al sistema capitalista, que, en su afán de generar dinero, deja muertos en el camino. Los asesinatos no responden a impulsos irracionales sino a una lógica económica. La vida humana queda reducida a herencias, propiedades y derechos sobre el petróleo. En ese sentido, el verdadero protagonista de la historia no parece ser ningún personaje en particular, sino el sistema de explotación que convierte la codicia en una actividad aceptada como legítima.
Diferencias con la novela y realismo histórico
En cuanto a las diferencias con la novela, el guion escrito por Eric Roth, Martin Scorsese y el autor David Grann, se centra más en el tema de las muertes orquestadas alrededor de William Hale que en la investigación del FBI, la cual tiene mayor protagonismo en la obra literaria.
Scorsese no se guarda nada a la hora de mostrar las atrocidades cometidas contra la comunidad Osage. Esto hace que la película se sienta particularmente perturbadora. El director logra algo que pocos pueden: hacer que uno sienta el dolor y el miedo en carne propia. A lo largo de las más de tres horas que dura el metraje, sentimos y sufrimos lo mismo que Mollie y su familia.

Otro gran acierto es la ambientación y el vestuario. Todo está cuidadosamente trabajado al más mínimo detalle. Nada se siente fuera de lugar. Lo mismo sucede con las tradiciones Osage y el casting elegido. Muchos actores son miembros directos de la comunidad, como Everett Waller, Talee Redcorn y Christopher Cote, entre otros. Esto le da al filme el realismo necesario para poder contar esta historia trágica de un periodo oscuro de Norteamérica.
El aspecto más discutible es la duración. Con tres horas y media de metraje, la experiencia puede resultar exigente para parte del público. Sin embargo, también es cierto que esa extensión contribuye a construir una sensación asfixiante y permite comprender la dimensión estructural de los hechos narrados.
El cierre, el cual se sale de la convención establecida, termina de revelar las intenciones de Scorsese. Lejos de ofrecer una conclusión tradicional, el director reflexiona sobre la forma en que estas tragedias son contadas y recordadas. Es un final inesperado, casi autocrítico, que reconoce los límites del propio cine frente a una historia real de sufrimiento y despojo.
Conclusión

Más que una película sobre asesinatos, Killers of the Flower Moon es una obra sobre la impunidad y sobre un país que permitió que el crimen prosperara cuando coincidía con sus intereses económicos. Scorsese no busca resolver un misterio, sino examinar las raíces de una enfermedad moral que atraviesa la historia de Estados Unidos. En esa decisión encuentra una de las obras más maduras y desoladoras de toda su carrera.
Disponible: Apple TV+
