The Running Man: El remake de Edgar Wright
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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. A veces, los proyectos más peligrosos son aquellos que requieren una reconstrucción quirúrgica. Para el director Edgar Wright, abordar el remake de The Running Man (1987), de Paul Michael Glaser, no se trató de rendir homenaje a los años 80 ni a Arnold Schwarzenegger. Se trató de excavar en la pesadilla profética de Stephen King y traducirla a través de una narración visual pura.
Por César Arturo Humberto Heil
Edgar Wright reinterpreta la distopía mediática de Stephen King con una nueva visión cinematográfica
Cuando Wright describe su proceso como «esperar hasta que las historias te atormenten», The Running Man representa su proyecto más obsesivo hasta la fecha. La novela de King, publicada en 1982 bajo el seudónimo de Richard Bachman, predijo un mundo distópico saturado de medios con una precisión aterradora. Sin embargo, la versión cinematográfica original enterró ese concepto bajo un espectáculo musculoso y frases ingeniosas. La visión de Wright sobre cómo abordar este proyecto es mucho más sofisticada: el público finalmente está listo para ver la historia que King realmente escribió, no la película de acción que Hollywood creyó que deseaban.
La revolución de la gramática visual
La estrategia visual de Wright se basa en su filosofía central:
“Estoy tratando de contar la historia visualmente… la mayoría de los libros de guion se centran en el diálogo, pero el cine es fundamentalmente un medio visual.”
Para una historia sobre la manipulación mediática, este enfoque se convierte en el bisturí perfecto. El genio de Wright emerge al comprender que la novela de King trata sobre la percepción versus la realidad: el mismo terreno temático que exploró con maestría en Last Night in Soho (2021).
Pero mientras que allí utilizaba sueños y recuerdos, en The Running Man empleará la televisión misma como narradora poco fiable. Su estilo característico —impulsado por listas de reproducción— busca revolucionar el formato mortal del programa de juegos. “Tener la lista de reproducción antes de poner la pluma al papel lo cambia todo”, reveló.
Esto significa que veremos secuencias de persecución coreografiadas como los ballets de autos en Baby Driver (2017), pero cargadas con la angustia existencial de The World’s End (2013).

La obsesión por la edición
El estilo de edición de Wright —lo que él denomina jugar “maldito Tetris” con cada línea y corte— promete transformar el ritmo implacable de King en un impulso puramente cinematográfico. “La edición es el borrador final”, insiste, y los riesgos de vida o muerte que propone The Running Man exigen ese nivel de precisión.
Su enfoque de “fragmentos quirúrgicos de diálogo” probablemente eliminará la exposición explícita en favor de una narración visual más incisiva. No esperemos que los personajes expliquen la distopía: esperemos que Wright muestre cómo el entretenimiento se convierte en opresión, a través de una comedia visual que deviene en pesadilla.
¿Su verdadero golpe maestro? La capacidad de encontrar anclas emocionales en medio del caos del género, como lo sugiere su declaración:
“El género solo funciona si te importan las personas que lo están atravesando.”
Así, The Running Man no será solo una historia de supervivencia dentro del juego, sino una batalla por conservar la humanidad mientras las cámaras siguen grabando.
Conclusión
Al observar el primer tráiler, se intuye el notorio cambio de tono que Edgar Wright le imprime a esta nueva adaptación de la novela de Bachman/King. Ha dejado atrás la espectacularidad de personajes estrafalarios, embutidos en trajes ajustados y armados hasta los dientes —como en la versión de Glaser— para representar una historia más urbana, sobria y centrada en el protagonista Ben Richards, interpretado por Glen Powell.
Habrá que esperar hasta noviembre de este año para comprobar si esta nueva propuesta logra hacerle justicia a la visión original de Stephen King o si terminará siendo otro refrito estilizado. Pero, al menos esta vez, hay razones para creer que Wright está dispuesto a mostrar no solo cómo se corre por la vida, sino por qué se corre.
