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Una canción para mi tierra: Cuando el aula se convierte en trinchera

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Una canción para mi tierra

Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. En un panorama cinematográfico muchas veces saturado de metáforas vacías y discursos de ocasión, el documental Una canción para mi tierra (2024), dirigido por Mauricio Albornoz Iniesta, irrumpe en la cartelera porteña como un baldazo de realidad necesaria. El filme no se limita a contemplar estéticamente el paisaje pampeano; lo convierte en el escenario de una batalla desigual donde el arma principal es una guitarra y la voz de quienes suelen quedar fuera del relato: los niños.

Por César Arturo Humberto Heil

La película sigue a Ramiro Lezcano, docente y músico que, junto a alumnos de escuelas rurales de Córdoba y Santa Fe, impulsa el proyecto “Canciones urgentes para mi tierra”. La premisa parece sencilla: usar la música para hablar de fumigaciones, desmontes y contaminación. Pero el documental deja claro rápidamente que detrás de esas canciones hay algo mucho más profundo: una disputa por la palabra, por el derecho a nombrar aquello que muchos prefieren callar.

Lezcano entiende que educar también implica proteger. Cuando descubre que los agroquímicos no solo caen sobre los campos, sino también sobre la salud y el futuro de sus alumnos, transforma el aula en una trinchera de resistencia creativa. La respuesta no será el silencio, sino la composición. Allí aparece una de las mayores virtudes del filme: comprender que el arte todavía puede funcionar como herramienta política sin convertirse en propaganda.

Albornoz Iniesta evita caer en el didactismo televisivo o en el golpe bajo emocional. Más que acumular estadísticas o testimonios explicativos, elige observar rostros, silencios, ensayos musicales y miradas infantiles que todavía conservan una honestidad imposible de simular frente a cámara. Es cine con propósito, sí, pero alejado del panfleto.

El territorio como campo de batalla

El documental retrata un conflicto profundamente argentino. La tensión entre el modelo agroindustrial y sus consecuencias ambientales aparece como un fantasma constante que atraviesa cada escena. Sin embargo, Una canción para mi tierra no construye villanos caricaturescos. Lo que muestra es algo más incómodo: comunidades divididas entre la dependencia económica, el miedo y la necesidad de supervivencia.

La película tiene además el coraje de exponer el silencio cómplice de ciertos sectores locales y mediáticos que prefieren mirar hacia otro lado mientras las fumigaciones avanzan. Allí el documental encuentra una dimensión política genuina, porque no necesita subrayar demasiado para dejar en evidencia las contradicciones.

Una canción para mi tierra

En ese sentido, el trabajo visual de Pablo Núñez Galardo resulta fundamental. La dirección de fotografía logra capturar esa dualidad asfixiante: la belleza del horizonte rural interrumpida por la presencia amenazante de máquinas fumigadoras y aviones que sobrevuelan como aves de mal agüero. El paisaje nunca aparece romantizado; es hermoso y hostil al mismo tiempo.

Entre el humo y el Woodstock ambiental

Uno de los grandes aciertos del documental está en cómo filma a los chicos. El cine suele caer fácilmente en la romantización de la infancia o en la manipulación sentimental. Aquí sucede lo contrario. Los estudiantes hablan, cantan y participan desde un lugar genuino, sin convertirse en símbolos prefabricados.

Cuando las canciones empiezan a tomar forma, la película encuentra su verdadero corazón. No se trata solamente de música como herramienta pedagógica, sino como mecanismo de resistencia frente a un sistema que muchas veces naturaliza el daño ambiental.

Una canción para mi tierra

La presencia de músicos como León Gieco, Lito Vitale o Andrea Echeverri aporta visibilidad y potencia simbólica, aunque la película es lo suficientemente inteligente como para no convertir esas participaciones en un desfile de celebridades. Las verdaderas voces protagonistas siguen siendo las de las escuelas rurales.

El clímax emocional llega con la organización del llamado “Woodstock ambiental” en San Marcos Sud. Allí el documental crece en escala sin perder humanidad. Lo que podría haber sido una simple celebración termina funcionando como una demostración colectiva de resistencia cultural. Ver a figuras reconocidas sumarse a este coro de guardapolvos blancos no opera como marketing emotivo, sino como validación de un reclamo que ya no puede seguir siendo ignorado.

El montaje de Sofía Merle mantiene un ritmo sólido durante gran parte de los 96 minutos, aunque algunos pasajes podrían haber ganado fuerza con una depuración narrativa más rigurosa. Aun así, la película nunca pierde honestidad.

Conclusión

Una canción para mi tierra

Una canción para mi tierra es más que un documental; es un documento histórico sobre la resiliencia argentina. Con más de veinte premios internacionales —incluyendo el reconocimiento a la Mejor Película Ambiental del Mundo 2025—. El filme confirma algo que el mejor cine político siempre entendió: cuando el arte dialoga verdaderamente con la ética, el resultado llega directo al hueso.

Lejos del cinismo contemporáneo y de la indignación performática de las redes sociales, Mauricio Albornoz Iniesta construye en Una canción para mi tierra una obra sensible, incómoda y profundamente humana. Una película que no busca ofrecer finales complacientes, sino dejar una herida abierta.

Porque la gran pregunta que sobrevuela toda la película no tiene que ver solamente con los agroquímicos ni con el modelo productivo. La pregunta es otra: qué clase de futuro estamos sembrando. Y quizá allí resida la verdadera fuerza del documental. En recordarnos que, a veces, la canción más urgente es aquella que todavía puede devolvernos algo de dignidad. 

Disponible: Cine Gaumont hasta el 13/05

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