Psicópata: El asesino del conejo blanco | Ambición narrativa y grandes actuaciones en un thriller imperfecto
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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. El thriller de terror psicológico mexicano atraviesa un momento interesante. Poco a poco comienzan a aparecer películas que intentan alejarse de los lugares comunes del narcotráfico o del terror más convencional para explorar zonas más complejas de la conducta humana. Es el caso de Psicópata: El asesino del conejo blanco, del director J. Xavier Velasco, filme que pertenece a ese grupo de películas ambiciosas que buscan algo más que narrar una simple investigación policial. El problema es que, la mayoría de las veces, esa ambición por querer ser diferente no siempre consigue los resultados esperados debido, en gran medida, a la acumulación de temas e ideas que quiere abordar.
Por César Arturo Humberto Heil
Una investigación marcada por la fragilidad
La historia sigue la búsqueda de Ariel Hoffman (Hoze Meléndez), un asesino serial que deja conejos de origami en cada una de sus escenas del crimen. Para atraparlo, la investigación reúne a Nora Sierra (Adriana Llabrés), una psicóloga criminal que padece trastorno de identidad disociativa —sí, personalidades múltiples—, y a Eder Ballesteros (Andrés Almeida), un agente que enfrenta una enfermedad renal terminal.
Desde el comienzo queda claro que el interés del guion no está únicamente en la resolución del caso, sino en explorar personajes marcados por diferentes formas de fragilidad física y mental. Y allí aparece una de las principales virtudes de la película. Tanto Nora como Eder y el propio Ariel son personajes rotos. Cada uno carga una herida distinta y la película intenta establecer un paralelismo entre ellos. La psicopatía, la enfermedad y la identidad fragmentada aparecen como diferentes manifestaciones de una misma vulnerabilidad humana. Es una idea atractiva y poco habitual dentro del thriller policial latinoamericano.
Demasiadas ideas para una sola película
Sin embargo, es en ese terreno donde la película pierde fuerza al introducir demasiados elementos al mismo tiempo: la psicopatía de Ariel y sus traumas infantiles, el trastorno disociativo de Nora, la enfermedad de Eder, el simbolismo del conejo blanco y las conexiones ocultas entre los personajes. Todos estos aspectos, desarrollados en un guion escrito por Fernando Barreda Luna, no se articulan entre sí de manera orgánica, sino que se acumulan.
Cada una de estas líneas argumentales posee potencial suficiente para sostener una película por sí sola. El problema es que, al intentar desarrollarlas simultáneamente, ninguna termina alcanzando toda la profundidad que promete.
El otro aspecto negativo es la falta de verosimilitud que genera el hecho de que dos personajes centrales, con responsabilidades tan importantes, puedan seguir trabajando a pesar de padecer patologías altamente incapacitantes. Tener a una psicóloga policial con cuatro personalidades y a un investigador de homicidios en diálisis terminal no resulta especialmente creíble.
Una narrativa que no termina de integrarse
Por momentos, da la sensación de que la investigación policial avanza por un carril y los conflictos psicológicos por otro. Ambos caminos coexisten, pero rara vez se integran de manera orgánica. Los traumas de los personajes enriquecen la caracterización, aunque no siempre impulsan realmente la narración.

A diferencia de referentes evidentes como Seven (1995), de David Fincher, o El silencio de los inocentes (1991), de Jonathan Demme, donde los conflictos internos de los protagonistas modifican el rumbo de la investigación, aquí esas heridas funcionan más como atributos de los personajes que como verdaderos motores dramáticos.
Las influencias son evidentes y no necesariamente constituyen un problema. La película recoge elementos del thriller psicológico de los noventa: el asesino intelectual, el juego psicológico con los investigadores, la exploración de la mente criminal y el descenso progresivo hacia zonas oscuras de la personalidad. El inconveniente es que los modelos a los que remite logran una cohesión narrativa que Psicópata: el asesino del conejo blanco solo alcanza de manera parcial.
Las actuaciones sostienen gran parte del proyecto
Eso no convierte al filme en una mala película. Al contrario. Hay talento, hay ambición y existen momentos genuinamente inquietantes. Hoze Meléndez construye un antagonista perturbador con escenas realmente muy bien interpretadas, especialmente cuando pasa del amor a la ira asesina frente a sus víctimas. Su actuación es de las mejores que he visto en este tipo de personajes. La principal razón es que evita la caricatura y lo presenta como un verdadero monstruo humano, inquietante precisamente por su aparente normalidad.
En cuanto a Adriana Llabrés, aporta humanidad a un personaje complejo que podría haber caído fácilmente en el estereotipo. Sus cambios de personalidad son sutiles. Un cabello recogido o suelto ya indica que la personalidad de Nora ha cambiado. Esto funciona bien, pero el problema es que también son muy sutiles las diferencias entre una personalidad y otra. Por lo que el espectador percibe el cambio más por ese recurso visual que por modificaciones claras en su comportamiento.

Otro inconveniente del personaje es que no termina de encajar dentro de la investigación policial. Nora es presentada como una psicóloga criminal, alguien que debería centrarse en perfilar al asesino, pero en la práctica actúa como una experimentada detective de homicidios para terminar convirtiéndose casi en una final girl.
La actuación de Andrés Almeida también resulta muy interesante. La interpretación que realiza de un policía que sabe que pronto va a morir, pero que se resiste a aceptarlo con una actitud casi estoica, es excelente. Vemos a un Eder hosco, desconfiado, que solo cree en aquello que puede comprobar y que mantiene como único objetivo atrapar a Ariel pese a las constantes recaídas provocadas por su enfermedad.
Una dirección sólida y sin concesiones
Otro aspecto destacable de Psicópata: El asesino del conejo blanco es la dirección de J. Xavier Velasco, quien mantiene un pulso tenso a lo largo de todo el relato y no duda a la hora de mostrar las escenas más perturbadoras con verdadera crudeza y excelentes efectos prácticos. Sin duda, es uno de los puntos más fuertes de la película.
Un dato interesante, y que quizá sea el elemento que termina definiendo el tono y el ritmo del filme, es que abandona la clásica dinámica de asesino misterioso y policía investigador. Desde el inicio el espectador sabe quién es el asesino. Aquí no hay un misterio al estilo de películas como Anamorfosis (2007), de Henry Miller. El conflicto se centra en los personajes, quienes —como ya mencioné— cargan con el peso de sus propios problemas.
Conclusión

Al llegar al final permanece una sensación de dispersión, como si la película hubiera acumulado más ideas de las que podía desarrollar en cien minutos. Lo que debería sentirse como una convergencia entre todas sus líneas temáticas termina pareciendo una superposición de conceptos que nunca acaban de dialogar entre sí.
En definitiva, Psicópata: El asesino del conejo blanco demuestra que el cine de género mexicano puede ofrecer una factura técnica sólida, actuaciones convincentes y escenas de gran impacto. El filme plantea ideas interesantes sobre la violencia, el trauma y la salud mental, pero intenta abarcar demasiado y pierde cohesión. Aun así, sus virtudes pesan más que sus defectos.
Disponible: Prime Video
