Mar del Plata, otra vez: el ritual que el cine argentino necesita
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Todos los años, más o menos por esta época, el cine argentino se hace la misma pregunta incómoda: ¿todavía importa un festival de cine en un país que cada vez ve menos cine en salas? Y todos los años, Mar del Plata, otra vez responde con lo único que puede responder: programando, premiando, insistiendo. La 41ª edición ya tiene fecha —del 5 al 15 de noviembre— y lema: «Donde el cine argentino dialoga con el mundo». Ambicioso, sí. Pero esta vez el Festival parece dispuesto a sostenerlo con nombres propios, no solo con un spot bien producido del INCAA.
Por Redacción Revista Sincericidio
La antesala ya es, en sí misma, una declaración de intenciones. El 19 de octubre, antes de que Mar del Plata vea pasar una sola película, el Palacio Libertad porteño va a llenarse de música: concierto gratuito, Orquesta «Juan de Dios Filiberto», dirección de Emilio Kauderer. No es un detalle protocolar. Es el Festival diciendo, desde el vamos, que este año la banda sonora del cine argentino va a tener nombre y apellido propio.
El podio de los que se fueron y volvieron
Los Piazzolla a la Trayectoria de esta edición tienen un denominador común que vale la pena señalar, porque no es casualidad: los tres premiados construyeron carrera afuera sin dejar de ser, tercamente, argentinos.
Empecemos por la más mediática de las tres figuras, aunque reducir a Natalia Oreiro a «mediática» sea, en el fondo, un poco injusto. Hay algo casi anómalo en su trayectoria: pocas veces una carrera nacida en la ficción de TV logra sostenerse, décadas después, con papeles como los de Wakolda o Infancia clandestina, donde no hay glamour que valga y la actriz tiene que sostener el peso dramático sola. Que su popularidad haya escalado hasta Rusia o Israel es anecdótico comparado con eso: la Oreiro que le interesa a este Festival es la que se anima a incomodar, no la que llena estadios.

Alejandro Agresti es, en cambio, el caso del cineasta que nunca terminó de encajar en ningún molde —y ese, probablemente, sea su mayor mérito. De Burzaco a Cannes, de San Sebastián a Hollywood, su filmografía tiene la irregularidad hermosa de quien filma por necesidad y no por estrategia.
La casa del lago, con Reeves y Bullock, es apenas una anécdota comercial en una carrera que vale más por El amor es una mujer gorda o por Buenos Aires Viceversa que por cualquier taquilla hollywoodense. Mar del Plata lo sabe: por algo ya lo premió dos veces antes de esta.
Y después Kauderer, que quizás sea el homenaje más justo de los tres, simplemente porque es el menos visible. Nadie tararea una banda sonora pensando en quien la compuso, y sin embargo la obra de Campanella —de El secreto de sus ojos a Parque Lezama— sería otra cosa sin él. Lo mismo el mejor Aristarain. Que sus temas hayan sonado en el Hollywood Bowl con Dudamel dirigiendo no lo vuelve más argentino ni menos: solo confirma lo que el cine nacional ya sabía hace tiempo.
Babenco, la deuda pendiente
Si hay un homenaje que este Festival debía, es este. Héctor Babenco nació en Mar del Plata y se fue de acá siendo casi un chico, y la ciudad tardó bastante en reclamarlo como propio con la fuerza que merece. A ochenta años de su nacimiento y diez de su muerte, la retrospectiva —Pixote, At Play in the Fields of the Lord, Corazón iluminado, Mi amigo hindú— funciona casi como una reparación tardía.

Porque conviene decirlo sin medias tintas: Pixote es una de las películas más brutales y necesarias que dio el cine latinoamericano, un retrato de la infancia marginal que todavía hoy incomoda como pocas cosas incomodan en pantalla. Y El beso de la mujer araña, más allá del Oscar que le valió a William Hurt, es cine político hecho con una delicadeza formal que Hollywood después nunca le perdonó del todo —lo dejaron hacer Ironweed y ya.
Babenco volvió un par de veces a filmar acá, siempre con esa mirada de quien mira su propio país desde una distancia ganada a fuerza de exilio. Murió en San Pablo en 2016, brasileño de adopción, argentino de origen, y esta retrospectiva es, en el fondo, la manera que tiene Mar del Plata de decir: nunca dejó de ser nuestro.
Entre el concierto en el Palacio Libertad, tres trayectorias que cruzaron fronteras y un homenaje que llega con años de atraso, pero llega, el Festival vuelve a plantear lo mismo de siempre: que el cine argentino, cuando se mira de cerca, tiene mucho más para ofrecerle al mundo de lo que el mundo —y a veces el propio país— está dispuesto a reconocerle.
