Leviticus: Mucha metáfora, poco horror
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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. Leviticus (2026) es el debut en el largometraje del director australiano Adrian Chiarella, quien hasta ahora había realizado tres cortometrajes y dirigido episodios de televisión. En esta primera película aborda, a modo de metáfora, las terapias de conversión practicadas contra jóvenes LGBTQ+ en distintos países y culturas. Lo hace recurriendo al cine de horror, aunque el resultado termina acercándose más al drama psicológico que al terror propiamente dicho.
Por César Arturo Humberto Heil
La historia sigue a Naim (Joe Bird) y Ryan (Stacy Clausen), dos adolescentes que mantienen una relación homosexual dentro de una comunidad profundamente conservadora y religiosa. Cuando su vínculo sale a la luz, ambos son sometidos a un ritual de «purificación» dirigido por un sanador espiritual (Nicholas Hope). Sin embargo, el supuesto exorcismo no expulsa ningún demonio: libera una entidad sobrenatural que adopta la forma de aquello que cada víctima ama o desea profundamente.
Chiarella explicó en distintas entrevistas que, durante el proceso de escritura, comprendió que una película sobre «expulsar un demonio de un homosexual» podía terminar reproduciendo el mismo discurso homofóbico que pretendía cuestionar. Por eso decidió invertir el concepto: en lugar de extraer un mal del cuerpo, introduce uno. La criatura no representa el deseo homosexual, sino la culpa, el miedo y la violencia que una sociedad profundamente religiosa proyecta sobre él. Esa inversión constituye, probablemente, la idea más inteligente de toda la película.
La Biblia como arma
El propio Chiarella señaló que uno de los disparadores del proyecto fue observar cómo determinados grupos religiosos continúan utilizando el libro del Levítico para condenar la homosexualidad. El título de la película remite directamente a esos pasajes bíblicos, especialmente Levítico 18:22 y 20:13, versículos citados históricamente para justificar distintas formas de discriminación hacia las personas LGBTQ+.
Más que utilizar la religión como simple escenario, Leviticus cuestiona la apropiación literal de esos textos y el modo en que son empleados para legitimar prácticas violentas como las terapias de conversión. En ese sentido, la película posee una postura política muy clara y nunca intenta ocultarla.
El deseo como monstruo
Leviticus funciona como una alegoría de las terapias de conversión religiosa, pero también como una desmitificación de lo monstruoso. La idea de que aquello que más deseas o amas pueda convertirse en una presencia que te persigue hasta destruirte constituye una metáfora poderosa sobre la culpa, el deseo reprimido y la violencia interiorizada.
El verdadero monstruo nunca es el deseo, sino la forma en que una determinada educación religiosa obliga a vivirlo como algo vergonzoso. Desde esa perspectiva, la propuesta resulta interesante porque transforma un conflicto íntimo en una amenaza sobrenatural.

Sin embargo, esa misma apuesta simbólica termina condicionando la construcción del horror. La entidad funciona mejor como concepto que como criatura. Nunca llega a sentirse realmente amenazante y, cuando aparece, transmite más tristeza que miedo. El filme parece más preocupado por explicar el significado del monstruo que por convertirlo en una presencia inquietante.
La pérdida del espacio seguro
En una entrevista, Chiarella explicó que la entidad sólo aparece cuando los personajes permanecen solos. La decisión responde a una idea muy concreta: las terapias de conversión destruyen incluso el único lugar donde las víctimas podían sentirse auténticas, es decir, su propia intimidad.
La propuesta es muy interesante desde el punto de vista conceptual porque elimina cualquier posibilidad de refugio. El horror deja de ser externo y pasa a instalarse dentro de la propia identidad. Ya no existe un espacio donde los protagonistas puedan reconocerse sin culpa.
No obstante, nuevamente la película privilegia la reflexión antes que la experiencia cinematográfica. El espectador comprende la metáfora mucho antes de llegar a sentirla, y eso reduce considerablemente el impacto emocional de varias secuencias.
Influencias y comparaciones

La influencia más evidente es It Follows (2014), de David Robert Mitchell. La idea de una entidad que persigue incansablemente a sus víctimas y adopta la forma de personas conocidas hace inevitable la comparación.
Es cierto que Chiarella intenta diferenciarse desplazando el conflicto hacia la violencia religiosa y la experiencia queer, pero la semejanza estructural resulta demasiado visible. Lejos de enriquecer la propuesta, la comparación juega en su contra porque invita al espectador a recordar constantemente una película que construía una amenaza mucho más tangible y perturbadora.
No sorprende que buena parte de la crítica internacional haya señalado este aspecto. Entre las observaciones más repetidas aparecen justamente la excesiva dependencia de It Follows, el carácter demasiado explícito de la alegoría religiosa y la sensación de que el mensaje termina imponiéndose sobre la construcción del suspenso.
Un drama disfrazado de horror
Personalmente, Leviticus no terminó de convencerme. Más allá de la honestidad de sus intenciones y de la pertinencia de su discurso, nunca sentí que estuviera viendo una película de horror. Su ritmo es pausado, la puesta en escena apuesta por la contemplación y la tensión aparece de forma demasiado esporádica. En varios momentos se acerca mucho más a un drama sobre la culpa religiosa y la represión sexual que a una experiencia realmente terrorífica.

El principal problema es que la entidad jamás adquiere el peso necesario para convertirse en una amenaza. Está presente como símbolo, pero rara vez provoca inquietud. Incluso cuando aparece, la película mantiene una distancia emocional que termina diluyendo el impacto de sus escenas.
Paradójicamente, la riqueza de la metáfora religiosa termina devorándose al propio relato. Cada situación parece existir para reforzar el discurso sobre la represión y el fanatismo, mientras que el horror queda relegado a un segundo plano. El resultado es una obra más interesante por las ideas que plantea que por las emociones que consigue despertar.
Conclusión
Leviticus confirma que el cine de terror continúa siendo un espacio fértil para abordar conflictos sociales y políticos. Adrian Chiarella construye una metáfora inteligente sobre las terapias de conversión, el peso de la culpa religiosa y la violencia ejercida contra las identidades LGBTQ+, apoyándose en una premisa original y con un enorme potencial simbólico.

Como ópera prima, demuestra que Chiarella posee una voz autoral y un tema que claramente le interesa explorar. Pero también deja la sensación de que todavía confía demasiado en la potencia de su metáfora y demasiado poco en las posibilidades expresivas del horror. Leviticus es una película interesante para pensar y debatir, aunque bastante menos efectiva para provocar miedo o inquietud.
Disponible: Próximamente en Prime Video
