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LINTERNAS: El miedo no es igual para todos

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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista SincericidioLos primeros tres episodios de la nueva serie de DC Linternas esconden -debajo de un policial de ciencia ficción- una discusión mucho más incómoda sobre poder, meritocracia, racismo y las instituciones que creen que aplicar la misma regla a todos alcanza para ser justas.

Por Juan Cruz Matar

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Hay algo genuinamente extraño en Linternas: DC tomó una de sus propiedades más exuberantes —policías espaciales, anillos capaces de materializar cualquier cosa, alienígenas de colores, Guardianes inmortales, sectores galácticos— y decidió convertirla en un policial seco, terroso y deliberadamente poco superheroico.

Nebraska. Rutas. Moteles. Comisarías. Un pueblo donde todos parecen esconder algo. Dos policías que no confían demasiado el uno en el otro. Y un cadáver que sabemos que aparecerá diez años después, aunque todavía no entendamos cómo llegó hasta ahí.

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La comparación con True Detective es inevitable, y la crítica estadounidense viene señalándola desde el estreno: Linternas utiliza buena parte de la gramática del drama policial de prestigio para contar algo que, en otras manos, probablemente estaría lleno de rayos verdes desde el minuto cinco. Pero después de tres capítulos empieza a quedar claro que esa elección estética no es solo una cuestión de tono.

Linternas no está demasiado interesada, al menos por ahora, en preguntarse qué puede hacer un Green Lantern. Está mucho más interesada en una pregunta anterior: ¿quién decide quién merece serlo?

Y cuando una historia empieza a preguntarse quién establece las reglas, quién puede cumplirlas y desde qué lugar llega cada uno hasta ellas, inevitablemente empieza a hablar de política. Aunque a algunos espectadores les moleste admitirlo.


MERITOCRACIA: Hal Jordan ya llegó. John Stewart todavía tiene que demostrar por qué merece estar ahí

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Los primeros dos episodios de Linternas construyen una relación bastante más interesante que la tradicional dinámica entre maestro y aprendiz. Hal Jordan, interpretado por un extraordinariamente cómodo Kyle Chandler, no es Obi-Wan Kenobi esperando transmitir serenamente su conocimiento a la siguiente generación: es un hombre que comprende lentamente que la siguiente generación viene a ocupar su lugar.

John Stewart tampoco funciona como un joven desesperado por recibir la aprobación de su héroe. Es disciplinado, inteligente, metódico, serio. Donde Hal improvisa, John analiza; donde Hal conoce las reglas lo suficiente como para saber cuándo romperlas, John todavía necesita entender por qué existen. Donde Hal ejerce el poder con la naturalidad de quien lleva décadas poseyéndolo, John se comporta como alguien que sabe que todavía está siendo evaluado.

Esa diferencia es extraordinariamente importante. Durante los dos primeros capítulos podemos interpretarla como una simple oposición de personalidades. Después del tercero descubrimos que no: John fue construido para comportarse así.

El piloto ya nos lo había dicho, aunque todavía no teníamos las herramientas para entenderlo. Un John pequeño. Una manzana sobre su cabeza. Su padre apuntándole con un arma. Una pregunta: ¿Tenés miedo? Después viene Hal Jordan en televisión. Y años más tarde, el propio John caminando junto a él. La información está ahí desde el comienzo; lo que todavía no conocemos es su significado. Ese mecanismo se va a convertir en una de las mayores virtudes estructurales de la serie.


John y Hal: avatares de visiones contrapuestas del heroísmo

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Linternas trabaja entre varios tiempos. En 2016, Hal y John investigan una anomalía que lentamente convierte a Rushville en el centro de algo mucho más grande. En 2026, sabemos que Hal Jordan está muerto, que John volvió y que el anillo desapareció. Luego hay flashbacks.

Ese movimiento transforma toda la temporada. Ya no queremos saber solamente qué ocurre en el pueblo: queremos saber qué pasó entre estos dos hombres para llegar hasta ahí. El primer episodio entrega una consecuencia antes de explicar sus causas, y desde ese momento cada conversación entre Hal y John queda contaminada por información que ellos todavía no poseen, pero nosotros sí. Cuando discuten, importa; cuando Hal se niega a enseñarle algo, importa; cuando John descubre capacidades que sorprenden incluso a su mentor, importa mucho más.

El episodio 2, Trust Fall, profundiza exactamente esa idea. Separa físicamente a los protagonistas y obliga a cada uno a descubrir información que el otro desconoce. John comienza a comprender que el Green Lantern Corps tiene una historia bastante menos impecable de la que imaginaba (corrpupcion coorporativa): aparecen los Manhunters, creados originalmente por los Guardianes como instrumentos de orden y convertidos después en una demostración cósmica de lo peligroso que puede resultar un sistema cuando confunde orden con justicia. Hal, mientras tanto, termina recurriendo a Sinestro. Y Sinestro sabe. Probablemente demasiado.

Linternas introduce así una idea que va creciendo silenciosamente debajo del misterio: nadie posee toda la información. John no conoce todo sobre Hal. Hal no conoce todo sobre John. Ninguno conoce todo sobre los Guardianes. Y los Guardianes, descubriremos enseguida, tampoco entienden demasiado bien a los seres que pretenden administrar.


Recontextualizar un pájaro

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Hay una escena pequeña en el segundo episodio que inicialmente parece demostrar solo que John posee una habilidad excepcional. Está aprendiendo a utilizar el anillo. Su mentor quiere enseñarle a volar. En vez de salir disparado para arriba, John aparece un pequeño pájaro verde. Nada espectacular: ningún monstruo gigantesco, ninguna ametralladora. Un pájaro. Lo extraño es que el constructo parece persistir incluso cuando John ya no debería poder sostenerlo, y el episodio presenta el fenómeno como algo que sorprende incluso dentro de las reglas establecidas hasta ese momento.

Pero la importancia verdadera del pájaro recién aparece en el capítulo siguiente. Y ahí Linternas demuestra que sabe utilizar muy bien una de las herramientas más básicas —y más difíciles— de la escritura serial: recontextualizar. Una buena revelación no solamente entrega información nueva. Cambia el significado de la información que ya teníamos.


Episodio 3: el fordismo en Green Lanterns coorp

Ahora bien. OutKast (sugerente en la cancion que escuchan en el auto) hace algo que, sobre el papel, parece una pésima idea: justo cuando la investigación empieza a crecer, justo cuando aparece Sinestro, justo cuando queremos saber quién es el Manhunter, la serie frena y dedica prácticamente una hora a John Stewart.

Es el mejor episodio de los tres. No porque tenga más acción —tiene menos—, ni porque resuelva el misterio —prácticamente lo abandona—. Funciona porque finalmente convierte a John en el misterio.

La estructura es magníficamente sencilla. John llega a una entrevista. Una mujer interpretada por Laura Linney lo hace esperar. Después descubrimos que es una Guardiana. Ella pregunta. John responde. Y cada respuesta abre un recuerdo.

El episodio funciona como un two-hander atravesado por flashbacks: la conversación entre ambos constituye la columna vertebral, y el pasado aparece únicamente cuando modifica lo que estamos entendiendo en el presente. A.V. Club describió precisamente esa estructura como «flashbacks within a two-hander», mientras otras críticas destacaron que el episodio abandona temporalmente la trama policial para realizar un estudio completo de Stewart.

No tenemos presente → flashback → presente. Tenemos pregunta → recuerdo → interpretación → contradicción → nueva pregunta → otro recuerdo → nueva interpretación. Eso es mucho más sofisticado, y permite que el episodio cambie progresivamente su pregunta central.

Primero creemos que estamos viendo ¿por qué John merece convertirse en Green Lantern?. Después, ¿cómo llegó John hasta acá?. Hasta terminar en algo bastante más inquietante: ¿qué tuvieron que hacerle a John para fabricar a alguien capaz de cumplir con los requisitos?

La propia guionista Vanessa Baden Kelly explicó que la pregunta que guió el episodio fue justamente cómo se «hace» un Green Lantern. Y la respuesta no es particularmente heroica.


No proyectes en tus hijos: El padre que crecio con miedo

Antes de Hal Jordan estuvo John Stewart Sr. El anillo llegó hasta él y le hizo una pregunta: ¿tenés miedo? El hombre contestó que sí —una respuesta bastante lógica si una fuerza alienígena acaba de entrar en tu casa y empieza a modificar completamente tu percepción del universo—. Pero un Green Lantern no debe sucumbir al miedo. Por lo tanto, el candidato falla. El sistema sigue buscando. Y finalmente aparece Hal Jordan.

Hasta ahí, la institución funciona perfectamente. Tiene un criterio, lo aplica: un candidato cumple, otro no. Fin.

Entonces Bernadette Stewart hace una pregunta demoledoramente sencilla a la Guardiana: ¿entendés lo que significa preguntarle a un hombre negro en Estados Unidos si tiene miedo?

Y la Guardiana no lo entiende. No porque odie a los negros, no porque sea secretamente racista, no porque exista una conspiración de Guardianes supremacistas. No entiende porque carece del contexto necesario para comprender la respuesta que acaba de evaluar.

Ahí aparece probablemente la idea política más interesante de los tres primeros episodios.


La misma regla para todos y la trampa de la «justicia»

Parte de la reacción online al episodio quedó atrapada casi de inmediato en la discusión más aburrida posible: «woke» versus «anti-woke», como si toda ficción que reconociera desigualdades raciales estuviera automáticamente participando de una gigantesca conspiración ideológica. Es una simplificación bastante pobre de lo que realmente plantea OutKast.

El episodio no dice que Hal Jordan sea culpable por ser blanco. Tampoco dice que el padre de John fue rechazado explícitamente por ser negro. Dice algo bastante más complejo: las personas no llegan a una misma evaluación desde las mismas condiciones. Eso es todo. Y es muchísimo.

Porque hay una diferencia fundamental entre igualdad formal e igualdad material. Podemos aplicar exactamente la misma regla a todos, pero si las experiencias anteriores fueron distintas, el significado de esa regla también puede ser distinto. Reconocer esto no implica negar el mérito individual ni convertir a toda persona favorecida por determinadas condiciones en culpable. Hal no hizo nada para perjudicar a la familia Stewart. Fue elegido, y punto. El problema aparece cuando el resultado de un proceso se utiliza después como prueba de que el proceso fue necesariamente justo.


Coorporation’s mode

En ese sentido, los Guardianes empiezan a funcionar como una analogía extraordinariamente efectiva de nuestras grandes instituciones —incluso de una corporación—. Tienen una misión, una estructura jerárquica; dividen territorios, establecen procedimientos, seleccionan personal, entregan herramientas, definen métricas. Y desde una enorme distancia, establecen criterios universales que después deben aplicarse sobre realidades particulares.

La Guardiana sabe muchísimo. Pero no entiende por qué John Sr. siente el miedo que siente. Ahí aparece otra diferencia fundamental: conocimiento no es sabiduría. El conocimiento permite conocer la regla; la sabiduría permite comprender cuándo la regla no alcanza. Los Guardianes tienen cantidades prácticamente infinitas de información. Lo que no poseen necesariamente es la experiencia de aquellos sobre quienes aplican sus decisiones.

Cualquier persona que haya trabajado alguna vez dentro de una organización enorme conoce perfectamente esa sensación. Un procedimiento puede ser técnicamente impecable. Una métrica puede ser objetivamente mensurable. Un algoritmo puede no conocer la raza, el género o la clase social de nadie, y aun así puede reproducir desigualdades porque fue diseñado alrededor de una determinada idea de normalidad. El problema no necesita un villano. Ésa es justamente su parte más incómoda.


La familia que decide vencer al sistema

Y acá OutKast evita, para su enorme beneficio, convertir a Bernadette Stewart en una santa. Ella detecta correctamente el problema, pero su respuesta es brutal: si la institución necesita alguien que no tenga miedo, entonces criará un hijo incapaz de mostrarlo.

John empieza a ser entrenado. Disciplinado. Observado. Exigido. Su sensibilidad artística entra en conflicto con la identidad militar que otros diseñaron para él. La serie integra así las diferentes versiones históricas del personaje —activista, arquitecto/artista, Marine— dentro de una misma biografía psicológica, algo que Den of Geek destaca como uno de los grandes aciertos de esta reinterpretación.

Y entonces entendemos los pájaros. Su madre le hizo creer que los Guardianes podían observarlo a través de ellos. Era mentira. Pero cuando finalmente descubre la verdad, ya no importa: John aprendió a vivir como si siempre hubiera alguien evaluándolo. La vigilancia ya no está afuera. Está adentro.

Ésa es posiblemente la idea más inquietante del episodio: la institución ni siquiera necesita controlar directamente al individuo. El individuo termina controlándose a sí mismo para cumplir con las expectativas de la institución. Y cuando John finalmente llega a la entrevista, el sistema obtiene exactamente lo que necesitaba: un candidato perfecto.


El precio minoritario de ser excepcional

Esto conecta además con otra discusión incómoda sobre raza: la idea histórica del excepcionalismo de las minorías. Cuando perteneces a un grupo sometido a prejuicios, muchas veces no alcanza con ser tan bueno como los demás. Tenés que ser mejor. No cometer errores. No ofrecer excusas. Demostrar permanentemente que perteneces.

John Stewart fue criado bajo esa lógica llevada a un extremo monstruoso. Ahí está la tragedia: sus padres quieren destruir una desigualdad, pero para hacerlo terminan aceptando por completo el criterio de la institución que produjo el problema. No cuestionan la vara. Preparan a su hijo para saltarla. Y en ese proceso casi lo rompen.

La escena en la que John debe disparar a una manzana sobre la cabeza de su propia madre condensa perfectamente esa contradicción. Bernadette siente miedo, muchísimo, pero deja que dispare, porque finalmente tiene que poner su propio cuerpo detrás de la filosofía que viene imponiéndole a su hijo. No alcanza con decir que el miedo debe vencerse: ahora tiene que demostrarlo.


El ser constructo

Después de todo eso vuelve Hal Jordan. Desprolijo, impulsivo, talentoso, seguro: un hombre que parece haber transitado el Green Lantern Corps de una manera completamente distinta.

Linternas hace algo inteligente: no necesita decir que Hal «no merece» el anillo. Lo que hace es ponerlo al lado de John y dejar que miremos la diferencia. John tuvo que convertirse en una máquina de autocontrol. Hal tuvo espacio para ser imperfecto. Eso no transforma automáticamente a Hal en privilegiado en todas las dimensiones de su existencia —tiene su propia historia, sus propias pérdidas, sus propios traumas—, pero la existencia de sufrimiento individual tampoco invalida la existencia de ventajas estructurales. Las dos cosas pueden coexistir.

Y ahí aparece una discusión sobre meritocracia bastante más madura que el habitual eslogan a favor o en contra. El mérito existe. Lo que no necesariamente existe es una línea de largada idéntica para todos.


La moral kanteana terricola en la institucion galactica

El tercer capítulo también modifica por completo nuestra percepción de la relación entre Hal y John. John no fue elegido simplemente para trabajar junto a él: fue seleccionado para reemplazarlo. Eso transforma retrospectivamente las escenas anteriores —la resistencia de Hal, su manera de enseñarle, su territorialidad con el anillo, su aparente seguridad—. Todo empieza a esconder otra emoción: miedo.

Y ahí la estructura de los primeros tres episodios cierra de una manera preciosa. El padre de John pierde la posibilidad de convertirse en Green Lantern porque admite que siente miedo. John pasa su vida siendo entrenado para no mostrar miedo. Y Hal Jordan puede estar empezando a descubrir un miedo que todavía no quiere reconocer: ser reemplazado.

Si Linternas lleva esa simetría hasta el final, habrá encontrado algo genuinamente potente. Porque Green Lantern siempre trató sobre vencer el miedo, y la serie está empezando a preguntarse algo mejor: ¿qué hacemos con aquello que llamamos miedo?, ¿Lo reconocemos?, ¿Lo reprimimos?, ¿Lo utilizamos?, ¿Lo convertimos en violencia?, ¿Construimos nuestra identidad entera intentando demostrar que no existe?


Una serie de «superhéroes» que, por ahora, habla de personas

Después de tres capítulos, Linternas todavía tiene problemas. Su obsesión por parecer televisión de prestigio a veces resulta demasiado visible. El episodio 2 acumula misterios y mitología con una densidad que amenaza, por momentos, con transformar la intriga en administración de información —una crítica contemporánea apuntó precisamente a esa sensación de capítulo sobrecargado, aunque sostenido por la química de Chandler y Pierre—.

Y OutKast, siendo claramente el mejor episodio hasta ahora, tampoco es perfecto: hay momentos en que Bernadette deja de hablar como personaje y empieza a expresar demasiado claramente la tesis de los guionistas. A.V. Club señaló justamente esa tendencia a volver explícito un conflicto racial que funciona mucho mejor dramatizado que explicado.

Pero prefiero una ficción que ocasionalmente se exceda intentando discutir algo a una que no tenga absolutamente nada que decir. Porque reducir todo esto a «metieron política en Green Lantern» implica olvidar algo bastante importante: Green Lantern siempre fue político. John Stewart apareció en los cómics en 1971 como un hombre negro que confrontaba directamente el racismo y la autoridad. La tradición de Green Lantern/Green Arrow utilizó precisamente estos personajes para discutir desigualdad, poder y las limitaciones de una mirada supuestamente universal. OutKast recupera conscientemente parte de esa herencia.

La discusión interesante, entonces, no es si Linternas debería hablar de racismo. Es si lo hace bien. Y durante buena parte de este tercer episodio, lo hace extraordinariamente bien.


La regla y el mundo: el hombre por el hombre

Después de tres capítulos, Linternas empieza a revelar qué quiere ser. No solamente un policial con superhéroes. No solamente True Detective con anillos. Tampoco una deconstrucción cínica donde todo héroe es secretamente miserable y toda institución, necesariamente corrupta.

Hay algo bastante más interesante en juego. Los Guardianes no necesitan ser malvados para producir injusticias. Bernadette no necesita estar equivocada sobre el racismo para equivocarse monstruosamente con su hijo. Hal no necesita ser culpable para haberse beneficiado de circunstancias diferentes. John no necesita ser una víctima para cargar con las consecuencias de aquello que hicieron con él.

Las contradicciones pueden coexistir. Eso es exactamente lo que la discusión política contemporánea parece haber perdido en demasiadas ocasiones, donde todo tiene que convertirse inmediatamente en dos equipos: woke o anti-woke, mérito o privilegio, víctima o culpable, blanco o negro. Linternas, por ahora, funciona mejor cuando se niega a aceptar esa comodidad.

Porque quizá ésa sea la diferencia entre conocimiento y sabiduría que los Guardianes todavía no lograron comprender. El conocimiento puede construir una regla perfecta. La sabiduría exige mirar el mundo sobre el cual pensamos aplicarla, y entender que tratar a todos exactamente igual no siempre significa tratarlos justamente.

Después de tres episodios, ésa resulta bastante más poderosa que cualquier cosa que pueda construir un anillo verde.

Disponible: HBO Max

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