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Alice, Sweet Alice: 50 años del nacimiento del slasher teológico o el evangelio de la sospecha

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Alice, Sweet Alice

Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. La historia del cine de terror suele ubicar el nacimiento del slasher estadounidense en los suburbios residenciales de John Carpenter o en las carreteras polvorientas de Tobe Hooper, omitiendo una pieza clave. En el invierno de 1976, un arquitecto reconvertido en cineasta llamado Alfred Sole estrenó en el Festival de Cine de Chicago una obra incómoda, húmeda y profundamente perturbadora bajo el título Alice, Sweet Alice (Communion).

Por Daniel López Pacha

Aquella película, que con los años y los reveses comerciales pasaría a la posteridad como Alice, Sweet Alice, cumple medio siglo de existencia consolidada no solo como una pieza de culto, sino como el auténtico eslabón perdido entre el Giallo italiano y el terror psicológico americano.

A diferencia de los asesinos sobrehumanos que inundaron la gran pantalla en la década posterior, la amenaza en la película de Sole no proviene de un campamento abandonado o de una pesadilla sobrenatural, sino del seno de una comunidad católico-apostólica en la decadente Paterson, Nueva Jersey, de 1961.

La trama arranca con una premisa descarnada que desafió los tabúes de la época: Karen (interpretada por una jovencísima Brooke Shields en su debut cinematográfico) es brutalmente estrangulada y quemada dentro de un arcón de la iglesia minutos antes de recibir su Primera Comunión. La principal sospechosa es su hermana mayor, Alice (Paula Sheppard), una niña de doce años disfuncional, celosa y alienada que disfruta atormentando a sus vecinos con una máscara de plástico translúcido y un impermeable amarillo.

Sacrilegio comercial o boicot de la industria ante la culpa católica

Lo que hace que esta obra se mantenga como una experiencia inaudita cincuenta años después es su atmósfera de realismo sucio combinada con una iconografía religiosa asfixiante. Sole no buscaba el susto fácil ni el efectismo del jumpscare; su cámara se deleita en la decadencia urbana, en los pasillos oscuros de edificios de apartamentos de techos altos y en el contraste neorrealista de una comunidad obrera que intenta esconder sus miserias detrás de crucifijos, estatuas de santos y velos de encaje.

La película subvierte la infancia idílica y transforma los ritos de paso eclesiásticos en antesalas de la morgue, construyendo un misterio donde la culpa católica funciona tanto de motor argumental como de arma homicida.

A pesar de su innegable maestría técnica y su guion milimétricamente estructurado junto a la profesora universitaria Rosemary Ritvo, el recorrido comercial de la película fue una auténtica odisea de censura, quiebras y cambios de identidad que fragmentaron su impacto inmediato.

El filme sufrió el rechazo sistemático de las grandes distribuidoras debido a su crudeza, su violencia hacia menores y su aparente mensaje anticlerical. Para entender el nacimiento de esta obra maestra oculta, es necesario escarbar en las heridas personales de su director, en las paradojas de un rodaje claustrofóbico y en los escándalos que persiguieron a su producción desde el primer día en que se encendieron las cámaras.

La venganza personal de Alfred Sole

Alice, Sweet Alice

La génesis de Alice, Sweet Alice está marcada por un escándalo real que precedió al de la ficción cinematográfica. A principios de los años 70, Alfred Sole había dirigido una película de corte erótico-experimental titulada Deep Sleep. Las autoridades locales de la conservadora Nueva Jersey de la época confiscaron las copias, procesaron al cineasta bajo leyes arcaicas de «anti-fornicación» y el Vaticano tomó la drástica e inusual decisión de excomulgarlo formalmente de la Iglesia Católica.

Esta expulsión espiritual, lejos de amedrentar al director, se convirtió en el combustible creativo para su siguiente proyecto: una catarsis cinematográfica donde expondría la hipocresía, el favoritismo y la represión de la fe con la que se había criado.

Al carecer de presupuesto y de contactos en el Hollywood tradicional, Sole recurrió a sus conocimientos previos como arquitecto especializado en la restauración de edificios históricos para conseguir locaciones reales a costo casi nulo en su Paterson natal.

El diseño de producción de la película es, por lo tanto, un reflejo de la arquitectura emocional del director: las iglesias son imponentes, frías y laberínticas, mientras que los hogares de los personajes son claustrofóbicos y están repletos de una decoración kitsch religiosa que satura el encuadre. El reparto se completó no con estrellas de cine, sino con curtidos actores del circuito teatral de Nueva York, lo que les otorgó a las interpretaciones un naturalismo desgarrador y grotesco pocas veces visto en el cine de género de aquella década.

Máscaras de celuloide dentro y fuera de la pantalla

Alice, Sweet Alice

Un detalle inédito que suele pasarse por alto en las crónicas cinematográficas es la paradoja de la edad de su perturbadora protagonista. Mientras que los comités de censura se escandalizaban por la crudeza de las situaciones que atravesaba la problemática Alice, casi nadie en el set —ni en las salas de cine— sabía que Paula Sheppard no era una niña de doce años, sino una mujer de diecinueve en el momento del rodaje.

Su baja estatura, sus facciones infantiles y su portentosa capacidad actoral para replicar la vulnerabilidad y la malicia preadolescente engañaron por completo a la audiencia, evitando tensiones legales adicionales en un rodaje que ya caminaba sobre la cuerda floja debido a la violencia física explícita.

Sin embargo, el destino le deparaba a la producción un giro comercial tan irónico como frustrante para su creador. La pequeña Brooke Shields, que apenas aparece unos minutos en pantalla antes de convertirse en la primera víctima del impermeable amarillo, saltó a la fama mundial apenas dos años después gracias a la polémica película Pretty Baby (1978) de Louis Malle.

Al percatarse de que tenían en sus manos el debut cinematográfico de la actriz más cotizada del momento, los nuevos distribuidores decidieron reestrenarla a finales de los 70 y principios de los 80 bajo títulos oportunistas como Holy Terror, rediseñando los pósteres para hacer creer al público que Shields era la protagonista absoluta, lo que desvirtuó la propuesta original.

La hibridación cultural entre el Giallo y el horror americano

Alice, Sweet Alice

Desde un punto de vista estrictamente formal, el valor de la película radica en ser uno de los primeros y más logrados ejercicios de transculturación cinematográfica en el terror moderno. Mientras que directores estadounidenses de la época miraban hacia el monstruo clásico o el realismo de los asesinos en serie rurales, Sole clavó sus ojos en Europa, específicamente en el Giallo de Mario Bava y las primeras obras de Dario Argento.

El uso de la máscara de plástico —con sus cejas pintadas, sus mejillas ridículamente rosadas y su sonrisa fija— evoca el anonimato estilizado del asesino italiano, pero trasladado a un contexto de decadencia urbana americana donde la lluvia sustituye a los lujosos apartamentos de Roma.

La banda sonora, compuesta por Stephen Lawrence, merece un capítulo aparte en el análisis de la obra. En lugar de optar por los sintetizadores que definirían la época posterior o las composiciones góticas tradicionales, Lawrence utiliza una combinación disonante de cajas de música infantiles, coros eclesiásticos distorsionados y cuerdas tensas que imitan el latido cardíaco.

Esta música no solo acompaña la acción, sino que actúa como la voz interior de la propia Alice: una mezcla de inocencia corrompida y rabia reprimida que intensifica la incomodidad del espectador en cada secuencia de persecución, especialmente en la icónica y bizarra escena del ataque en la escalera al casero, el grotesco Sr. Alphonso (interpretado por Alphonso DeNoble).

El doble declive de la inocencia americana

Alice, Sweet Alice

Otro aspecto revolucionario de la narrativa de Sole y Ritvo es el tratamiento de la disfuncionalidad familiar y el divorcio en la América de principios de los sesenta. La película sitúa la acción en 1961 deliberadamente para capturar el final de la aparente inocencia de la posguerra y el inicio de una era de fractura social.

Catherine, la madre de las niñas (interpretada por Linda Miller), es una mujer divorciada que debe lidiar con el estigma social de su estatus civil dentro de una comunidad rígidamente católica, el favoritismo del sacerdote hacia su hija menor y la evidente psicopatología de una primogénita que se siente invisible, transformando el drama doméstico en el verdadero caldo de cultivo del horror.

El descuido legal en el registro de los derechos de autor sumió a la película en una especie de limbo durante décadas. Al caer prematuramente en el dominio público, la cinta fue editada de manera masiva en formatos de bajísima calidad como el VHS y los primeros DVD de bajo costo, perdiendo la rica paleta de colores saturados y los claroscuros que Sole había diseñado meticulosamente junto al director de fotografía Chuck Hall.

Esta degradación física del celuloide, lejos de enterrar la película, le otorgó una textura sucia, casi de falso documental de crímenes reales (snuff), lo que incrementó su leyenda maldita entre los coleccionistas y amantes del cine de culto internacional.

El veredicto del tiempo sobre el impermeable amarillo

Cincuenta años después de su accidentado y fragmentado desembarco en la cultura popular, Alice, Sweet Alice ha logrado sacudirse definitivamente el estigma de la explotación y el cine de serie B para reclamar su trono como una obra vanguardista y precursora.

Su audaz combinación de tropos —el asesino misterioso, el uso simbólico del color rojo y amarillo, la sospecha constante sobre la inocencia infantil— anticipó corrientes estéticas y temáticas que directores de la talla de Abel Ferrara, e incluso el cine de terror contemporáneo de productoras como A24, explotarían décadas más tarde. La máscara translúcida de facciones congeladas sigue siendo, hoy en día, una de las imágenes más pavorosas, perturbadoras y replicadas del celuloide.

La controversia de la época, que la tildó de «obscena» y «peligrosa para la moral», hoy se lee bajo una óptica analítica mucho más rica y profunda. La película de Sole no ataca los fundamentos de la fe individual, sino la hipocresía estructural, el fanatismo ciego y la incapacidad de una sociedad biempensante para proteger a sus miembros más vulnerables.

El entorno prefiere internar, medicar y culpar rápidamente a una niña desadaptada antes que mirar de frente a los verdaderos monstruos con sotana o con modales refinados que habitan en sus altares, en sus despachos parroquiales y en los sótanos de la cotidianidad urbana.

La vigencia de la obra también radica en su negativa a ofrecer un final complaciente o una resolución moral catártica donde el orden se restablece. En el universo de Sole, el mal no es una entidad abstracta que pueda ser derrotada con un disparo o un exorcismo; es un ciclo de trauma, negligencia y fanatismo que se hereda y se perpetúa entre las paredes de las instituciones que prometen salvación.

Conclusión

Paula Sheppard con Alfred Sole y Brooke Shields en el rodaje de Alice, Sweet Alice.

El plano final de la película, crudo y desprovisto de música triunfal sella el destino de sus personajes en una nota de desolación que sigue resonando con la misma fuerza disruptiva que impactó a los espectadores en las salas independientes de 1976.

La obra cumbre de Alfred Sole se yergue a sus cinco décadas como un milagro de la independencia cinematográfica y un testamento ineludible de la audacia artística de los años setenta.

Alice, Sweet Alice no ha envejecido porque sus miedos esenciales no responden a modas pasajeras, sino al evangelio de la sospecha. Su fuerza nace de la incomodidad persistente que provocan la descomposición del núcleo familiar y el silencio cómplice de las instituciones.

Medio siglo después, cuando la lluvia arrecia en la pantalla y vemos un impermeable amarillo recortado contra la penumbra de un callejón, el espectador sabe perfectamente que el verdadero terror no viste de gala ni habita en castillos lejanos, sino que respira al lado nuestro con los ropajes de nuestra propia normalidad herida.

Disponible: YouTube

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