The Lizzie Borden Story: Entre el sangriento mito feminista y el exceso narrativo
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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. The Lizzie Borden Story (Monstruo: La historia de Lizzie Borden, 2026), es la cuarta temporada de la serie antológica estadounidense de drama criminal biográfico Monstruo, creada por Ian Brennan para Netflix. Se centra en Lizzie Borden, sospechosa de asesinato, quien fue juzgada y absuelta de los asesinatos con hacha de su padre y su madrastra en 1892 en Fall River, Massachusetts. Serie de ocho episodios dirigida por Max Winkler (seis episodios) y Sarah Adina Smith (dos episodios). La fotografía fue de Michael Bauman, la música de Bryce Dessner, editada por Adam Penn. Filmada en Los Ángeles en septiembre de 2025 y concluyó en marzo de 2026.
Por Daniel López Pacha
Reparto
Ella Beatty (Lizzie Borden), Vicky Krieps (Bridget «Maggie» Sullivan y Elizabeth Báthory), Charlie Hunnam (Andrew Borden), Rebecca Hall (Abby Borden), Jessica Barden (Nance O’Neill), Joey Pollari (John Morse), Billie Lourd (Emma Borden), Sarah Paulson (Aileen Wuornos), Scarlett DeMeo (Sarah Anthony Borden).
Sinopsis
La mañana del 4 de agosto de 1892, la tranquilidad de Fall River, Massachusetts, se hizo pedazos cuando los cuerpos sin vida de Andrew y Abby Borden aparecieron masacrados a hachazos en la privacidad de su propio hogar. Las sospechas cayeron de inmediato sobre Lizzie Borden, la hija menor de la familia, colocándola en el centro de uno de los enigmas criminales más escalofriantes de la época.
Un arranque acelerado y falta de misterio
La narrativa inicia in medias res mostrando la carnicería final antes de retroceder cuatro meses para ubicar al espectador en la sofocante rutina de los Borden. Nos presentan a Lizzie como una joven aislada, atrapada bajo la sombra de un hogar disfuncional y abusivo. Andrew, su padre, un opulento fabricante de ataúdes obsesionado con sus herramientas y sus sirvientas, comparte espacio con Abby, una madrastra desprovista de empatía que ni siquiera se molesta en aprender el nombre de la nueva empleada doméstico, rebautizándola con el de su antecesora.
Desde sus primeros episodios, la producción renuncia al suspenso tradicional y a la ambigüedad histórica. La figura real de Lizzie Borden siempre proclamó su inocencia respecto al doble homicidio de 1892. Y este relato desecha cualquier matiz ético o pícaro: asume de entrada, como un dato incuestionable, que fue ella quien empuñó el hacha. Esta decisión desmonta la tensión detectivesca y convierte la trama en una crónica anunciada sobre el colapso familiar.
Para justificar esa inevitable explosión de violencia, The Lizzie Borden Story satura la pantalla con un abanico temático heterogéneo: represión sexual, aborto, deseo lésbico, menstruación y el mito de la mujer criminal. El metraje se desborda entre platillos envenenados, decapitaciones, aves masacradas y armas blancas volando en todas direcciones, reduciendo el negocio funerario del patriarca a la anécdota menos estrafalaria de la casa. Esta acumulación grotesca provoca que el drama roce con frecuencia el absurdo involuntario y la comedia negra involuntaria.
A este exceso visual se suma la fallida estructura temporal que busca conectar a Lizzie con otras asesinas icónicas de la historia. Mediante el recurso del analepsis, la trama intercala la leyenda del siglo XVI de Erzsébet Báthory. La famosa condesa sangrienta cuya biografía leen Lizzie y la sirvienta Maggie en sus horas libres. Sin embargo, las secuencias ambientadas en el pasado distante resultan superfluas. Pues no aportan ninguna lectura sustancial sobre la psique de la protagonista ni justifican su inclusión más allá del mero adorno estético.
Un desarrollo dilatado y el tropo del empoderamiento forzado

Tras desplegar sus cartas iniciales a gran velocidad, la producción tropieza con un vacío estructural severo: la necesidad de rellenar ocho horas de contenido sin una brújula clara. Incapaz de sostener la tensión inicial, el guion recurre a tácticas de dilación poco satisfactorias. La narración desacelera su ritmo drásticamente, reiterando explicaciones de exposición que ya habían quedado claras y perdiéndose en idilios naturistas que buscan imitar el cine romántico de época, aunque sin la pasión ni la carga erótica necesaria.
El mayor problema conceptual de The Lizzie Borden Story radica en la insistencia de elevar el relato individual a una consigna sociopolítica difusa. Se intenta proyectar a Lizzie Borden no solo como una figura emancipada, sino como un pilar histórico del movimiento sufragista y el empoderamiento femenino a través del asesinato. Esta tesis se percibe perezosa e impuesta, ya que la serie carece de matices para abordar la complejidad de sus personajes. Mientras romantiza la violencia de la protagonista, muestra un desprecio absoluto hacia Abby. Y esto reduce a Maggie a un dispositivo argumental voluble cuyos deseos cambian según la conveniencia de la escena.
El intento de universalizar el crimen femenino se extiende hasta el siglo XX con la irrupción de Aileen Wuornos. La fascinación de esta última por la figura de Borden lleva a la serie a desviarse tanto de su eje central que parece transformar el programa en un proyecto derivado sobre la célebre asesina en serie de los noventa. Wuornos idolatra a Lizzie como un faro espiritual. Alquila la antigua casona y experimentando alucinaciones donde ambas dialogan sobre la opresión patriarcal como detonante inevitable de la violencia.
Esta amalgama de épocas y perfiles resulta discordante, pues ninguna de estas tres mujeres comparte motivaciones, métodos, orígenes ni contextos históricos compatibles. Forzar un hilo conductor entre la aristocracia del siglo XVI, la burguesía victoriana y la marginalidad del siglo XX desdibuja la crítica social. La pretensión de unificar sus matanzas bajo una misma bandera conceptual termina diluyendo la fuerza dramática de cada caso individual.
Interpretaciones desiguales y una estética desenfadada

En el apartado actoral, el reparto ofrece un abanico de tonalidades marcadamente opuestas. Ella Beatty asume el papel de Lizzie desde una vacuidad inescrutable. Va componiendo un personaje frío y distante que resulta difícil de descifrar, incluso cuando el libreto la somete a traumas continuos. Esta contención contrasta drásticamente con la energía desbordada del resto del elenco. Charlie Hunnam interpreta al patriarca como un villano arrogante y simplista, diseñado para encajar sin matices en una fantasía de venganza.
Quien logra adueñarse por completo del espectáculo es Rebecca Hall. En el rol de la madrastra Abby, la actriz abraza el tono melodramático y teatral con absoluta entrega. Lo hace transformando cada frase estridente en un ejercicio interpretativo memorable. Hall comprende la naturaleza desmesurada del material y decide disfrutarlo sin complejos. Ella va convirtiendo a su personaje en una presencia insoportable pero magnética, capaz de robarse cada escena en la que aparece.
Por su parte, la actuación de Vicky Krieps como la sirvienta Maggie —encargada de incitar la transformación de la tímida Lizzie hacia la rebelión— vacila debido a la inestabilidad de su guion. Aunque la química inicial entre ambas actrices logra construir una atmósfera de complicidad y despertar existencial. Pero el personaje se diluye a medida que la historia la utiliza como un mero catalizador para que Lizzie cuestione el encierro familiar y contemple el parricidio como única salida.
En el plano formal y técnico, la producción destaca por un nivel visual notable. La ambientación de época, rica en interiores ornamentados, adopta un estilo sofisticado que transforma el pueblo de Massachusetts en el escenario de un cuento de hadas retorcido. Sin embargo, la banda sonora genera opiniones encontradas. Los temas de Kate Bush encajan con elegancia en la narrativa, el uso de piezas contemporáneas y punzantes durante las escenas de envenenamiento. Mientras que en el juicio resulta tan explícito y falto de sutileza que raya en la caricatura.
Conclusión

The Lizzie Borden Story es una propuesta visualmente estimulante pero narrativamente inconsistente en su afán por reinterpretar un crimen. Haciéndolo bajo una lente contemporánea, la serie sacrifica el rigor psicológico y el suspenso en favor del exceso visual. Aunque cuenta con algunas actuaciones destacadas y una dirección artística deslumbrante, la obra no parece interesada en resolver la complejidad del enigma ni en profundizar en la psique de sus involucradas. Solo se limita a desplegar un espectáculo provocador para que sea el espectador quien saque sus propias conclusiones.
Disponible: Netflix
