Tiburón de Guerra: Una premisa atractiva que nunca termina de desplegar todo su potencial
5 minutos de lectura
Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. La premisa de Tiburón de Guerra (Beast of War, 2025), del director australiano Kiah Roache-Turner, es en principio interesante: un grupo de soldados queda a la deriva durante la Segunda Guerra Mundial y debe sobrevivir al acecho de un gigantesco tiburón blanco.
Por César Arturo Humberto Heil
Esta idea de combinar el cine bélico de supervivencia y el terror acuático parecía tener todos los ingredientes necesarios para ofrecer una propuesta que, al menos en el papel, podía resultar atractiva. El problema es que la película nunca termina de decidir dónde poner el foco, y uno siente que lo que podría haber sido una historia de supervivencia extrema termina convirtiéndose en un pasatiempo rápidamente olvidable.
De Tiburón a Orca
Las referencias al filme Tiburón (1975) son evidentes. Lo podemos observar en una puesta en escena cuya construcción de la tensión y la forma de presentar al depredador remiten constantemente al clásico de Steven Spielberg.
Pero el director no se queda solo con esas referencias y presenta a la amenaza marina con una inteligencia que remite inevitablemente a Orca, la ballena asesina (1977), clásico de Michael Anderson basado en la novela de Arthur Herzog III.
En Tiburón de Guerra, el poderoso escualo no actúa simplemente como un animal atraído por la sangre de los soldados heridos. Hay momentos en los que parece comportarse como una presencia obsesiva, casi vengativa, especialmente en relación con el personaje de Leo (Mark Coles Smith), quien arrastra un viejo trauma por la muerte de su hermano a manos de un gran tiburón blanco. La trama incluso sugiere que podría tratarse del mismo animal que ahora tiene cercados a los soldados.
Sin embargo, esta idea nunca termina de desarrollarse ni aporta una respuesta definitiva. Solo puede intuirse por la saña del depredador. La película insinúa una dimensión simbólica que podría haberla diferenciado del resto de las producciones sobre tiburones, pero finalmente opta por los caminos más previsibles del género. Y ahí es donde empiezan a surgir los problemas.
Personajes demasiado previsibles
Los personajes se presentan como arquetipos demasiado reconocibles. Y lo mismo sucede con la trama, que cae constantemente en lo previsible. Los heridos son los primeros en caer ante las mandíbulas del gigante blanco, al igual que los personajes menos relevantes. Todo se siente tan anunciado que resulta inevitable anticiparse a los acontecimientos.
Los dilemas morales y éticos sobre la guerra y sus consecuencias quedan bastante en segundo plano, ya que la trama opta por la acción y reacción entre los náufragos y el tiburón, priorizando con eso el entretenimiento por sobre la reflexión.
El problema de la reconstrucción histórica

Nunca me terminó de convencer el planteo “histórico”. Más allá de la inevitable licencia dramática, cuesta aceptar la idea de un único tiburón rondando la zona cuando la situación presentada habría atraído probablemente a muchos más depredadores. Además, teniendo en cuenta que la historia está inspirada en hechos reales vividos por náufragos durante distintos hundimientos, todo se siente demasiado mainstream.
A lo largo de las guerras mundiales existieron numerosos casos de marinos y soldados que, tras el hundimiento de sus embarcaciones, quedaron a la deriva durante días en balsas improvisadas o aferrados a restos de naufragios. Muchos testimonios describen la presencia constante de tiburones rodeando a los supervivientes, esperando pacientemente a su alrededor. La película simplifica esa realidad para construir un antagonista reconocible, una decisión comprensible desde el espectáculo, pero menos efectiva desde la verosimilitud.
El guion, escrito por el propio director, prefiere transformar ese miedo histórico en una amenaza mucho más convencional y cinematográfica. En lugar del terror psicológico que supone permanecer días en el océano enfrentando el hambre, la sed, el agotamiento y la presencia de varios depredadores acechando en las profundidades, la historia concentra todo el peligro en un único gran tiburón blanco.
De esta manera, la terrible realidad vivida por soldados reales en medio de un vasto océano habría resultado más perturbadora y traumática que la presencia de un enorme tiburón solitario acechando a los supervivientes. Es una decisión que termina simplificando una realidad que probablemente era mucho más aterradora que la ficción. En ese sentido, el contexto histórico que inspira la película se percibe más fascinante que la propia narración que vemos en pantalla.
Aspectos técnicos que se destacan

Desde los aspectos técnicos y de realización, Tiburón de Guerra cumple. Tiene ritmo, algunos efectos prácticos lucen aceptables y su duración de apenas 87 minutos es algo que se agradece en este tipo de películas, donde la intención es soslayar las cuestiones éticas y morales de la guerra en pos del mero espectáculo cinematográfico.
La fotografía de Mark Wareham es quizá lo mejor del filme. Generar una iluminación nocturna que imite una situación en una pequeña balsa rodeada de ataques enemigos no era una tarea sencilla; sin embargo, Wareham logra lo imposible al combinar las escasas luces que los soldados tienen en su poder con las explosiones de la guerra. Wareham no ilumina; pinta el cielo nocturno en medio del océano. Sin dudas, lo mejor de la película.
Conclusión
Tiburón de Guerra parte de una premisa atractiva al combinar el cine bélico de supervivencia con el terror acuático, pero nunca termina de explotar plenamente las posibilidades de esa mezcla. La película insinúa elementos interesantes, como la relación entre el trauma de la guerra, el miedo al depredador y los hechos históricos que la inspiran, aunque finalmente opta por los caminos más convencionales del género.

En definitiva, se trata de una película correcta y disfrutable para los aficionados al cine de tiburones, pero también de una oportunidad parcialmente desaprovechada.
Disponible: HBO Max
