Jay Kelly: El iniciático camino de un ídolo que despierta
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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. El cine del norteamericano Noah Baumbach no es para todos. Sus películas se caracterizan por un registro íntimo y minucioso de las relaciones humanas, especialmente dentro del ámbito familiar y de los vínculos afectivos contemporáneos. Su mirada combina humor seco, neurosis urbana y una sensibilidad dramática que evita el sentimentalismo, apostando siempre por una observación aguda de las tensiones cotidianas. No es un director fácil. Sus principales conflictos suelen centrarse en personajes intelectuales o artistas que atraviesan crisis personales, separaciones, replanteos existenciales o conflictos generacionales. Esto último es lo que podemos encontrar en Jay Kelly (2025), nuevo proyecto encarado dentro de los acuerdos que el director mantiene con la plataforma Netflix después de Historia de un matrimonio (2019) y Ruido de Fondo (2022).
Por César Arturo Humberto Heil
Un actor frente a su propio reflejo
En esta oportunidad, Baumbach se mete de lleno en la carrera del veterano y exitoso actor Jay Kelly (George Clooney), quien, a partir de ciertos acontecimientos —como la distante relación con sus hijas Daisy (Grace Edwards) y Jessica (Riley Keough), la sorpresiva muerte de Peter Schneider (Jim Broadbent), el director que lo hiciera famoso, y un encuentro con Timothy (Billy Crudup), un amigo de teatro de cuando tenían 23 años— comienza a replantearse su vida.
En ese replanteamiento, Kelly cancelará todos los compromisos y decidirá emprender un viaje a Europa, siguiendo los pasos de su hija Daisy, quien se ha ido de vacaciones con un grupo de amigos. En esa búsqueda, se enfrentará a su propio ser y a sus demonios internos. Retomará el contacto con la gente común, viajará en tren y no en avión privado, y experimentará el sabor de sentirse vivo por primera vez.
En ese viaje iniciático, Kelly reactivará, a través de su agente Ron Sukenick (Adam Sandler), un homenaje que le habían ofrecido en la región de Toscana y que había cancelado. Intentará, además, recomponer los vínculos más cercanos, como la relación con su hija y con su padre (Stacy Keach), aunque en el intento se dé cuenta de que quizá sea demasiado tarde.
Pero el viaje no será solo físico: también abarcará el pasado más profundo, como cuando, a los 20 años, acompañó a su amigo Timothy a un casting del director Peter Schneider, y terminó robándole el papel; o cuando, en uno de sus primeros trabajos, se había enamorado de la actriz Daphne (Eve Hewson).
Una mirada íntima sobre la pérdida y el renacer

Baumbach aborda los procesos que atraviesa Jay Kelly sin estridencias; el conflicto emerge de diálogos precisos, gestos mínimos y situaciones que revelan las grietas de la identidad real de un personaje impostado por el éxito. Es notable la influencia de Woody Allen y del cine independiente de los 90, pero el director se alza con voz propia. Apoyado en una depuración narrativa y en la capacidad de filmar el desconcierto emocional con honestidad quirúrgica, consigue una radiografía de un ser humano consumido por el sistema en medio de una crisis en las postrimerías de la tercera edad.
En lo formal, Baumbach apela a una narrativa que privilegia una puesta en escena contenida, encuadres sobrios y una dramaturgia apoyada en la palabra, donde el ritmo se construye a partir de conversaciones que oscilan entre lo incómodo, lo confesional y lo tragicómico. Algunos ejemplos de esto son las escenas con el padre en la previa al homenaje —quien decide irse a pesar de las súplicas de su hijo para que se quede— o la escena con Ron cuando decide abandonarlo en medio de un bello y desolado camino de Toscana y, finalmente, en medio de un mar de lágrimas, termina regresando al darse cuenta de que Jay ha quedado completamente solo.
Esta habilidad para mezclar humor y dolor en una misma situación, retratando personajes contradictorios y quebrados emocionalmente, es uno de los grandes aciertos del director. Porque si algo tiene la película es esa aura de que la vida es una sola y, dependiendo de cómo se viva, serán los resultados.

En Jay Kelly, Baumbach trabaja con su núcleo estable de colaboradores, entre ellos su esposa, la actriz y directora Greta Gerwig, quien aquí interpreta a Lois Sukenick, la esposa de Ron. También incorpora otros actores de la talla de Emily Mortimer, también guionista, como Candy, la estilista de Jay, quien al pasar por Francia lo abandona luego de haber conseguido trabajo para cortarle el pelo al presidente Macron. Laura Dern como Liz, su asistente, quien también decide dejarlo al no soportar un largo e incómodo viaje en tren desde Francia hasta Italia en clase común, solo porque allí viaja la hija de Jay con sus amigos; y Patrick Wilson como Ben Alcock, actor también representado por Ron que es homenajeado en el mismo festival de cine de Toscana y cuya rivalidad con Jay por el posicionamiento frente al público es evidente.
Conclusión
En definitiva, Jay Kelly trata sobre la soledad del final, sobre el olvido que acarrea ya no ser ese impostor y sobre el intento de convertirse en alguien más real, más terrenal y cercano. Cuando los privilegios que da la fama se diluyen, los arrimados también se alejan, y solo quedan los verdaderos amigos, como Ron, que, a pesar de querer dejarlo, no puede hacerlo.

Celebro el cine de Noah Baumbach por varias razones: por su irreverencia —algo muy común en su generación—, por su estilo poco convencional y, sobre todo, por explorar una sensibilidad generacional que atraviesa el desencanto, la búsqueda de autenticidad y la tensión entre lo que se desea ser y lo que finalmente se es. Su cine se sostiene en la observación honesta de las emociones y en la voluntad de registrar, con aparente sencillez, la complejidad afectiva del mundo contemporáneo. Jay Kelly es otra pequeña gema en su filmografía para celebrar.
Disponible: Netflix
