El payaso del maizal: Una payasada para adolescentes descerebrados
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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. ¿Hay algo más aterrador que un payaso desquiciado? En lo personal, los barcos abandonados en medio del océano y los payasos me resultan profundamente perturbadores. Y si encima hablamos de El payaso del maizal (Clown in a Cornfield 2025), la incomodidad escala varios niveles. Con los barcos no tengo una explicación clara, pero con los payasos creo tener alguna pista: de niño nunca me gustaron los circos y, especialmente, detestaba a los payasos.
Por César Arturo Humberto Heil
Desde mi precocidad, los veía como personas tristes y solitarias en vez de seres alegres y divertidos. Sinceramente, no me simpatizaban en absoluto; lo de los barcos fue solo una apostilla ad hoc. Claro que aquellos payasos de los viejos circos, como el Tihany o el Rodas, eran simples laburantes ganándose la vida, y no asesinos seriales armados con un machete y una sonrisa diabólica, listos para salir de cacería.
Ustedes, mis queridos lectores, se preguntarán el porqué de semejante perorata. Pues bien: se acaba de estrenar directamente en streaming una nueva película de payasos asesinos. El payaso del maizal, dirigida por Eli Craig, y la verdad es que debo confesar que, esta vez, los payasos sí me dieron risa.
Un slasher que se pierde en la burocracia pueblerina
La historia se centra en un típico pueblo rural de los Estados Unidos donde la cosecha de maíz es prácticamente la única fuente de ingresos. La principal empresa es Baypen, una productora de jarabe de maíz que pertenece al alcalde Arthur Hill (Kevin Durand), y cuya imagen de marca es un simpático payaso llamado Frendo.
A ese olvidado pueblo llegan el doctor Glenn Maybrook (Aaron Abrams) y su hija adolescente Quinn (Katie Douglas). Rápidamente, Quinn se hace amiga de un grupo de jóvenes revoltosos que tienen un canal de YouTube donde parodian al payaso Frendo como un asesino serial. Lo que desconocen es que alguien se esconde realmente detrás de la máscara, pero con intenciones letales.
La película pretende ser un slasher rural, muy al estilo de Carved (2024) de Justin Harding o la mítica Scream (1996) de Wes Craven. Sin embargo, al estar basada en la novela de Adam Cesare y pretender serle fiel, termina pegándose un tiro en el pie. Tantas subtramas sobre la política pueblerina, los dramas adolescentes y, especialmente, la relación entre Glenn y su hija, hacen que el suspenso sea escaso. Si a esto le sumamos que las escenas de gore recién aparecen a mitad del metraje, todo se vuelve aburrido y cuesta arriba.
Entre la inverosimilitud y el bostezo

A la falta de ritmo se le suman demasiadas situaciones inverosímiles. En las primeras muertes, por ejemplo, nadie parece preocuparse de que dos de sus compañeros principales hayan desaparecido, y ni hablar de sus familiares directos, que ni siquiera asoman la nariz en la trama.
También pesa la rutinaria dirección de Eli Craig, quien nunca se anima a romper el molde ni a proponer algo diferente. Las escenas de sangre no salen de la mediocridad, al igual que el suspenso y el terror, que están prácticamente ausentes.
No hay mucho más para contar: El payaso del maizal, en vez de miedo, da gracia. Esto se debe a un guion con poco vuelo y sin demasiadas pretensiones, pero especialmente al intento de reflotar la figura del payaso asesino (que aquí no es uno, sino varios) después de que Art el Payaso, en la saga Terrifier de Damien Leone, lograra posicionarse en el Olimpo de los psicópatas maquillados.
Conclusión

En definitiva, El payaso del maizal es un producto deslucido que no logra capitalizar ni el carisma de sus villanos ni la atmósfera opresiva del entorno rural. Lo que podría haber sido un ejercicio de terror visceral o una sátira afilada, se queda en un drama adolescente con gotas de sangre que llegan demasiado tarde. Si buscan un payaso que de verdad te quite el sueño, mejor vuelvan a los clásicos o esperen la próxima carnicería de Art.
Disponible: HBO Max
