Poseída en el desierto: Un western entre el racionalismo y lo inexplicable
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Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. El género western es uno de mis favoritos. Me encantan las películas de vaqueros en donde la acción se combina con personajes al límite que lo han perdido todo y que, conscientes de que ya no les queda nada por conservar, se embarcan en una peligrosa aventura por las vastas llanuras del viejo Oeste norteamericano. Y si a eso le sumamos un toque sobrenatural, mejor todavía. Es el caso de Poseída en el desierto (Killing Faith, 2025), segundo largometraje del director Ned Crowley.
Por César Arturo Humberto Heil
La historia nos traslada a 1859, donde Sarah (DeWanda Wise), una esclava recién liberada, está convencida de que su misteriosa hija caucásica (Emily Katherine Ford) está poseída, ya que todo aquello que toca parece marchitarse o morir, además de provocar extrañas enfermedades. Con la esperanza de encontrar una solución, convence a cambio de dinero a Bender (Guy Pearce), un médico viudo y alcohólico, para que las acompañe en un viaje en busca del reverendo Ross (Bill Pullman), un hombre al que se le atribuyen curaciones milagrosas.
El filme se presenta inicialmente como una road movie de espíritu western, con elementos de terror y thriller sobrenatural, pero con el correr de los minutos va revelando una historia más ambiciosa, en la que la fe y las creencias de sus personajes serán puestas a prueba.
Bender es un hombre marcado por la tragedia: su esposa y su hija han muerto, y su reputación como médico está siendo cuestionada, ya que pasa más tiempo en una celda por borracho que atendiendo pacientes. Además, debe dinero al banco, por lo que cuando Sarah le propone el viaje no lo piensa dos veces y acepta el trato.
Lo que comienza como un viaje por encargo termina convirtiéndose en algo mucho más personal para Bender, quien no cree que la niña esté poseída, como sostienen su madre y los habitantes del pueblo. Para este médico que lo ha perdido todo, determinar la verdadera naturaleza de la niña, a la que muchos consideran una amenaza demoníaca, supone una forma de reafirmar la visión racional del mundo en la que fue formado. Lo que podría haberse convertido en una simple confrontación entre ciencia y religión acaba derivando en una exploración mucho más humana sobre la pérdida, el dolor y la necesidad de creer en algo.
La película evita ofrecer respuestas definitivas y encuentra una de sus principales fortalezas en esa ambigüedad. La verdadera incógnita nunca es quién o qué es la niña, sino qué está dispuesto a sacrificar cada personaje para preservar sus convicciones.
Un western que utiliza lo sobrenatural
Lo interesante es que el filme utiliza el elemento sobrenatural como una fuente de incertidumbre moral y espiritual, más que como un mecanismo destinado a provocar sustos. A diferencia de películas como Abigail, donde el poder extraordinario de la niña es el motor de la violencia, el espectáculo y el horror, en Poseída en el desierto el don o la maldición funciona como una pregunta abierta: ¿es un demonio?, ¿una santa?, ¿una enferma o simplemente una víctima?
Por eso la película permanece siempre anclada en el western y nunca se entrega por completo a lo sobrenatural, manteniendo el relato dentro de un marco verosímil. Lo que importa no es la capacidad de la niña para causar daño, sino la manera en que los demás personajes reaccionan ante ella. El centro dramático sigue siendo el viaje, el cruce de territorios hostiles, los encuentros con figuras ambiguas, la violencia de frontera y el choque entre la fe y la razón. Incluso cuando aparecen elementos fantásticos, el filme nunca abandona la estructura clásica del western de carretera.

De hecho, se podría argumentar que la niña es casi un McGuffin espiritual: el supuesto mal sobrenatural sirve para revelar la verdadera naturaleza de quienes la rodean. El médico Bender, Sarah, el reverendo Ross y cada personaje que encuentran en el camino terminan exponiendo sus miedos, prejuicios o intereses. La película parece mucho más interesada en ellos que en explicar los poderes de la niña.
Esa decisión también evita que el filme caiga en algo más convencional. Si en el tercer acto hubiese revelado que la niña era efectivamente un demonio y hubiera desatado una masacre sobrenatural, probablemente se habría convertido en una película de horror bastante común. En cambio, mantiene la contención hasta el final y conserva el tono seco, melancólico y crepuscular del western.
Ross y la máscara de la santidad
Uno de los personajes más interesantes de Poseída en el desierto es el reverendo Ross, interpretado por Bill Pullman. Durante buena parte del relato, su figura adquiere una dimensión casi mítica. Los rumores sobre sus curaciones milagrosas y la imagen de un hombre aparentemente frágil, condenado a una silla de ruedas, lo convierten en una especie de última esperanza para quienes buscan respuestas.
Sin embargo, cuando finalmente aparece en escena, la película desmonta esa imagen idealizada. Ross no es el santo que muchos imaginaban ni el mártir que aparenta ser. Tampoco es el hombre inválido que proyecta hacia el exterior. Por el contrario, detrás de esa fachada se esconde un individuo manipulador, violento y profundamente despiadado.

Su presencia resulta fundamental porque refuerza una de las ideas centrales del filme: las apariencias engañan y la fe depositada ciegamente en una figura de autoridad puede convertirse en una forma de autoengaño. Si Bender representa el exceso de racionalismo y Sarah la necesidad desesperada de creer, Ross encarna el peligro del fanatismo y de quienes utilizan la fe como herramienta de poder.
Un hombre y la pérdida de la fe
Aunque el conflicto aparente gira alrededor de la niña y sus poderes, el verdadero centro dramático de la historia es Bender. La muerte de su esposa y su hija lo ha convertido en un hombre emocionalmente devastado, aferrado a la lógica y a la evidencia como último refugio frente a un mundo que dejó de tener sentido para él.
A lo largo del viaje, Bender enfrenta una serie de situaciones que desafían constantemente sus convicciones. Sin embargo, la película tiene el acierto de no plantear una conversión religiosa convencional. Lo que cambia en él no es necesariamente su posición frente a la fe, sino su necesidad de encontrar explicaciones absolutas. El personaje descubre que algunas preguntas pueden permanecer abiertas y que aceptar la incertidumbre no equivale a una derrota.
En ese sentido, la interpretación de Guy Pearce sostiene gran parte del peso emocional de la película y permite que el relato conserve humanidad incluso cuando se adentra en terrenos más simbólicos o metafísicos.
La verdadera tesis de la película

El título original, traducido al castellano como “Matar la fe”, podría sugerir una confrontación directa contra la religión, pero la película parece apuntar hacia otro lugar. Lo que está en juego no es la destrucción de la fe, sino el derrumbe de las certezas.
Cada personaje intenta invalidar la visión del mundo del otro. Los creyentes buscan eliminar la duda; los escépticos intentan destruir aquello que desafía la razón; los fanáticos recurren a la violencia para defender sus convicciones. Sin embargo, al final nadie logra imponer una verdad definitiva.
La escena culminante, cuando Bender debe decidir qué hacer frente a la niña, sintetiza esta idea. El conflicto deja de ser una cuestión de pruebas o creencias para convertirse en una elección profundamente humana: aceptar que no todo puede ser comprendido ni controlado.
Un guion imperfecto que igualmente funciona
Poseída en el desierto no tiene un guion impecable y recurre a algunas resoluciones demasiado convenientes, pero compensa esos tropiezos con una atmósfera excepcional, un excelente uso de los códigos del western y la inteligencia de no convertir su premisa sobrenatural en una película de terror convencional.

También es una de esas obras que funcionan mejor por su atmósfera, sus personajes y su identidad que por la perfección de su trama. La estructura episódica del viaje permite que cada encuentro aporte algo al universo moral del relato, aunque no siempre impulse la historia de manera impecable.
Es muy común que el cine de género independiente se quede atrapado entre la pretensión artística y la solemnidad, pero Poseída en el desierto mantiene un componente aventurero muy visible. Tiene violencia, personajes excéntricos, diálogos ásperos, paisajes imponentes y suficientes misterios como para sostener el interés durante casi dos horas.
Conclusión
Poseída en el desierto es una película imperfecta pero sugerente, que encuentra mayor interés en las preguntas que plantea que en las respuestas que ofrece. Su mezcla de drama, thriller sobrenatural y reflexión filosófica puede resultar frustrante para quienes buscan explicaciones claras, pero también constituye su principal virtud.
Más que una historia sobre milagros o posesiones es el retrato de un hombre obligado a reconstruirse después de la pérdida. Y si el título promete la muerte de la fe, el desenlace parece sugerir exactamente lo contrario: que la fe auténtica no consiste en poseer certezas, sino en aprender a convivir con la duda.
Disponible: HBO Max
