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Anatema: Horror religioso desperdiciado

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Anatema

Bienvenidxs a una nueva nota de Revista Sincericidio. Uno podría pensar que un filme cuya trama principal gira en torno a una iglesia condenada por Dios y que guarda bajo sus cimientos un oscuro secreto, cuya liberación podría significar la verdadera perdición de la religión católica, es, al menos, una película interesante. Nada de eso sucede con Anatema, filme español de terror dirigido por Jimina Sabadú, quien debuta en el largometraje con esta película cuyo guion está escrito por la propia directora y Elio Quiroga, además de estar producida nada menos que por Álex de la Iglesia.

Por César Arturo Humberto Heil

Durante unas refacciones en la iglesia de San Simeón, en Madrid, la cripta subterránea del santo que lleva su nombre es abierta y varias personas involucradas en los arreglos, incluyendo al sacerdote a cargo de la iglesia, el padre Ciro (Mariano Llorente), fallecen. La versión oficial indica que las muertes se produjeron por una fuga de gas, pero en realidad algo oscuro, ancestral y maligno ha sido liberado.

El obispo Rocco (Manuel de Blas) envía a su sobrino, el padre Ángel (Pablo Derqui), a buscar a la hermana Juana (Leonor Watling), quien además es arquitecta y se encuentra recluida en un convento, para que, junto con el padre Cuiña (Jaime Ordóñez), desciendan a las profundidades de la iglesia en busca del sello de San Simeón, una reliquia de la que siempre se ha hablado, aunque nadie sabe con certeza si realmente existe. A la expedición se suma la hermana y antropóloga Mara (Keren Hapuc), compañera de Juana en el convento.

Juana y su hermano Miguel fueron testigos, de niños, de hechos sobrenaturales ocurridos en la iglesia. Aquellos sucesos los marcaron profundamente, sobre todo a Miguel, quien desde entonces vive entre la posesión demoníaca y la bilocación, la supuesta capacidad de estar en dos lugares al mismo tiempo.

Hasta aquí, la historia se presenta más o menos interesante, pero nada resulta como uno podría imaginar.

Comienzan los problemas

Desde el inicio las cosas no se ven muy bien. El comienzo es confuso, visualmente poco atractivo y lleno de jumpscares innecesarios. Nunca terminamos de entender qué sucede realmente en esa iglesia ni por qué Juana y Miguel, siendo apenas niños, quedan involucrados con los eventos paranormales.

Cuando la acción se traslada al presente, las cosas continúan igual de confusas. Una sucesión de escenas muy breves, entrelazadas mediante un montaje espasmódico, da pie a una serie de apariciones demoníacas dentro de la iglesia. Criaturas similares a momias, a las que llaman “los niños secos”, marcan el inicio de las muertes de quienes trabajan en las catacumbas y del propio padre Ciro.

A toda esta confusión generada por un guion que parece haber perdido el rumbo, se le suman una muy floja dirección de Jimina Sabadú y unas actuaciones, en líneas generales, al borde del ridículo. El problema no es solamente narrativo; también hay una evidente incapacidad para construir climas de terror genuino. Todo queda reducido a golpes de efecto, sonidos estridentes y sobresaltos previsibles.

La directora Subadú deberá ejercitarse más en sus próximos trabajos, ya que se nota su falta de experiencia a la hora de resolver escenas complejas y especialmente en el manejo de los actores.

Mitología lovecraftiana desaprovechada

La historia en Anatema hace referencia a que allí abajo habita el dios gusano Vaélico, un ser primitivo y dios del mundo de los muertos de los primeros pobladores de la península. Aquí, los guionistas hacen una mezcla con The Vermis Mysteries porque, en realidad, Vaélico fue un dios hispano de la Edad del Hierro, adorado por la antigua tribu de los vetones en el oeste de la península ibérica. Representa el inframundo y el más allá, pero también es protector de la naturaleza, los bosques y las montañas.

Es evidente que quisieron vincular esta figura con la literatura de H. P. Lovecraft y Stephen King, intentando acercarse al horror cósmico. Sin embargo, aquello que podría haber resultado verdaderamente interesante termina siendo apenas una referencia verbal y nunca algo concreto desde lo visual o conceptual.

El título Anatema remite a una condena o maldición atribuida a Dios. Si bien esto se relaciona con la historia, la necesidad de explicarlo constantemente hace que todo quede reducido a largos parlamentos explicativos, especialmente en boca de Juana, como si la película desconfiara de su propia capacidad para sugerir o construir misterio.

Conclusión

Anatema tenía entre manos elementos atractivos: horror religioso, mitología ancestral, referencias lovecraftianas y secretos ocultos bajo una iglesia maldita. Sin embargo, nunca logra articular esas ideas en una narración sólida ni en una propuesta visual inquietante. Lo que podría haber sido una interesante combinación entre terror sobrenatural y horror cósmico termina convertido en un relato caótico, saturado de explicaciones y sustos fáciles, incapaz de aprovechar el potencial de su propia premisa.

Disponible: HBO Max

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